Ismaíl Kadaré, Esquilo y la Derrota (R)
29.06.09 @ 21:16:44. Archivado en Cultura, Literatura
Ismail Kadaré, en su obra Esquilo, reflexiona sobre las perdidas expresiones trágicas de la antigüedad, que hasta hoy no han podido ser encontradas en ninguna biblioteca, colección o museo, en particular aquellas atribuidas a este gran trágico griego.
Haciendo analogías entre las culturas griega y albanesa, durante varios siglos de presencia en la península balcánica, nos muestra cómo la tragedia, en cuanto a manifestación ética y artística, proviene, no de donde siempre se ha concebido, las celebraciones dionisiacas, sino de los rituales funerarios de estos dos pueblos o al menos de una fusión en ambos eventos. En esto difiere de Nietzche, quien la hace derivar de la efeverscencia apolínea, como la mirada serena y eterna del sol y los fervores de las francachelas que en nombre de Dionisos se llevaban a cabo.
En poco más de doscientas páginas, Kadaré, con erudición y lirismo, con una prosa rica y una voz diáfana, nos presenta un panorama que nos hace variar algunos conceptos sobre este bello género literario.
En opinión del maestro albanés, existen algunas similitudes ineludibles al momento de establecer juicios y opiniones, en ciertos modelos de conducta compartidos por los pueblos balcánicos, sobre todo los griegos, los albaneses y en menor medida los montenegrinos.
Importante es, sobre todo, el concepto de hospitalidad, de protección del huésped, de otorgarle una jornada satisfactoria y placentera mientras se encuentre bajo su techo. Es de la familia, se incorpora por esa consideración especial para los viajeros.
Esta condición de benefactor del visitante no es extraña a otros pueblos. Sin embargo, en lo que respecta a Esquilo, es utilizada para justificar algunos vuelos algo turbios de sus dramas, sobre todo en lo que manifiesta acerca de las internas pugnas griegas y las sostenidas con otras ciudades como por ejemplo Troya.
Sobre esta historia, Kadaré utiliza el rapto de Helena del palacio del rey Menelao para dar un ejemplo del abuso de confianza, de la falta de todos los respetos, de la desolación del anfitrión ante la transgresión del invitado a los preceptos de la hospitalidad.
El secuestro de Helena es la punta visible de una ciudad de fracturas sociales, más allá de las personales que puedan derivarse de este atropello en particular. Es haber ofrecido cicuta a quien te ha servido un opíparo banquete para saciar la necesidad de mantenerte vivo.
Naturalmente, el intelectual europeo no señala el rapto de la reina como el puntillazo de la confrontación entre dos grupos humanos, aqueos e iliotas. Eso es apenas una sombra. El verdadero motivo de esta guerra, como el de las confrontaciones modernas, tiene otros estímulos y otras vertientes.
Las rutas de comercio, el dinero, las tierras, los recursos, son las justificaciones por las que dos bandos se lanzan a la aventura de la guerra y no precisamente por robarse a una bella mujer. La ofensa que produce el rapto de la noble dama es consecuencia de ese abuso de confianza antes mencionado y reforzado por un conflicto ya existente entre los dos pueblos.
Esquilo o el Gran Perdedor (subtítulo más adelante plenamente justificado en la obra) revisa prácticas y usanzas de los pueblos balcánicos, como se ha dicho ya, pero no para intentar aportar algo nuevo a la obra homérica, sino para iluminar una realidad escurridiza sobre el origen de la tragedia y la desaparición de sus obras.
La venganza es una acción comprendida y aceptada si se desprende de un acto de elevada carga ofensiva, matizado por una cruenta acción en contra de un allegado, amigo o familiar. Es más, necesaria se presenta la acción para reparar la falta y para permitir el viaje expedito del alma liberada de las armaduras de la carne muerta.
Los muertos cuyos cuerpos yacen tendidos sobre el pasto con el gesto de eternidad marcado, bajo el cielo desnudo de las montañas albanesas o de las planicies griegas, esperan en ese silencio espectral, a donde han sido conducidos por la mano homicida, el acto vindicativo que les permita trascender hacia el azul empíreo o el terrible tártaro.
Estas versiones de la realidad, antigua y actual, evidencian siempre la íntima relación entre quienes conforman los diversos grupos protagonistas, vencidos por el duelo o por las juergas, pero cercanos en un sentido especial, en esa metafísica de insobornable densidad como lo es la muerte.
Kadaré también describe con minuciosidad el papel de las plañideras, elementos sustanciales de los ritos funerarios, así como el uso de las máscaras en los antiguos dramas, a las que no duda en comparar con el rostro de los muertos y su apariencia final.
Son en esencia actores o actrices, artistas del llanto, de la farsa. Detrás del cortejo o sobre el escenario, evidencian lo que no sienten, esconden lo que son y que nunca muestran. Sus estridencias son fantasmagóricas y espectaculares. Cumplen un propósito, tal cual como el coro de las antiguas tragedias oculto en las sombras o presente en el prosenio.
Esquilo, según Kadaré, rompe con ciertos patrones, intenta suscribir un acuerdo con la posteridad para declarar eterna a Grecia, para erigirla en la patria de las virtudes, del heroismo y el pundonor. Los concursos que ha ganado le han proporcionado la satisfacción para mantener vigente ese postulado.
Reflexiona sobre los modelos legados por Esquilo a autores que siglos después elevan otra vez la tragedia a un iluminado cenit. Se pregunta si hubiera existido Macbeht o Hamlet sin Orestes o Agamenón. Dilucida la asimilación de Shakespeare de la imaginación griega y considera dos milenios de lasitud, poco tiempo en la vida de un género literario.
Pero la edad le llega, el cansancio le aqueja, su imaginación se perturba con los desoladores síntomas de los años. La escena es casi tangible. El escenario es el anfiteatro montado en una colina. Allí se congregan miles de personas para presenciar el concurso de los grandes trágicos.
Esquilo está seguro de su trabajo, pero el tiempo ha pasado, el gusto de sus compatriotas ha variado. No sabe el gran autor que su fama ha encontrado una grieta por donde se escaparán su equilibrio y tolerancia.
Los jueces, agrega Kadaré, ya han tomado una decisión. El anunciador mira al público reunido y proyecta su voz. El ganador no es Esquilo. El hombre que otorgó un valor imperecedero a la guerra contra Los Persas, que dibujó con exquisita desolación la muerte de Agamenón y la culpa de Clitemnestra, ha sido derrotado.
Enfermo por el rechazo, por la degradación de su pensamiento y su sensibilidad a un peyorativo segundo lugar, maldice a su pueblo. Se marcha iracundo y recorre la ciudad con el furor del odio inyectándole los ojos de sangre.
Entra en su casa. Despide a todos. Pide soledad. En la pieza de trabajo mira con detenimiento todo en derredor. Exhibe entonces un arrebato no muy propio para un hombre cerca de los setenta años. Entonces, rompe todos los pliegos que sobre la mesa reposan. Los arroja al fuego, los hace trizas, serpentinas de desprecio que nunca más volverán a recuperarse.
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Roderick Guzmán Meza


