Menonitas y violaciones masivas
25.06.09 @ 22:07:20. Archivado en Cultura, Relatos, Noticias
En ciertos lugares de Sudamérica habitan sendas colonias de menonitas. Los menonitas son descendientes directos de los anabaptistas del siglo XVI. Se someten a la autoridad de la Biblia sin subversiones, sin inquisiciones ni reflexiones.
Los hombres de estas colonias observan una conducta rígida hasta en las vestiduras. De negro cerrado, se afanan en el campo mientras el sol carbura cristales de electricidad sobre sus cabezas.
Viven en una especie de patriarcado. El consejo de ancianos dicta las normas de sus vidas, siempre sobre la base de la interpretación de las Escrituras.
Por su parte, las mujeres deben inobjetable obediencia a los hombres. En su infancia y primera juventud, la voz gobernante es la del padre. Los hermanos ocupan un lugar de preponderante en la jerarquía familiar.
En varias de sus colonias siete de los pundonorosos menonitas rompieron con sus costumbres y se dedicaron durante poco más de dos años, a violar a unas sesenta mujeres.
Mujeres de su propia comunidad, entregadas a la obediencia y la humildad. A ellas las sometían por el imperio de fuerzas incontenibles que fluyen de interpretaciones antojadizas de la palabra sagrada.
Utilizaban un aerosol para drogar a sus víctimas. El narcótico les había sido suministrado por el dueño de un negocio local, ahora en la cárcel.
Los hombres llegaban hasta las casas donde las mujeres dormían junto a sus maridos. Sin duda son osados estos sujetos. Hasta las habitaciones llegaban y rociaban la sustancia narcótica para asegurarse que no despertaran y poder así completar su nefasta labor.
Luego las desnudaban y procedían a violarlas una y otra vez, mientras el cuerpo de la fémina languidecía bajo el peso de los jadeantes criminales.
Fueron ultrajadas mujeres desde los once hasta los sesenta años. Una de ellas estaba embarazada y fue quebrantado su pudor varias veces, al punto de forzar un parto prematuro.
Los maridos también habían sido anestesiados y fluían por un mar de extrema blandura justo al lado, allí junto, percibiendo en su dulce inconsciencia otros ámbitos de la galaxia. A su lado se consumaba una faena malévola. Vencidos y sumergidos en una dimensión paralela de ensoñaciones, sus mujeres eran poseídas por frenéticos depredadores.
Los siete se repartían las víctimas de manera equitativa. En el sopor producido por el hipnótico, las mujeres apenas tenían algún tipo de percepción táctil de lo que les ocurría. Alguna intentó abrir los ojos y solo pudo ver sombras borrosas y unas manos rústicas y llenas de callos sobre sus pechos.
Era una banda bien organizada. Conocían el itinerario de la mayoría de los hombres, el interior de las casas, la forma de escapar ante cualquier contingencia. No les era extraño el sendero hacia la montaña ni hacia la llanura y por él escapaban al amparo de la más alta noche.
En esas poblaciones que mantendremos en el anonimato, existen hasta 30 mil menonitas que viven en unas 16 comunidades. Muchos de ellos provienen de otros países y se dedican a la agricultura.
Esta es una sociedad cerrada. Su orden interno obedece los preceptos bíblicos más rígidos. Es el hombre el que gobierna, pero también el que provee. No se les permite contraer matrimonio con individuos de culturas ajenas.
Hablan sus idiomas natales o las variantes regionales respectivas, según el lugar de procedencia de sus mayores. La religión para ellos es un elemento primordial. Creen en un Dios poderoso y castigador. Al parecer, esta divinidad es más una especie de juez y verdugo en la mente de los menonitas.
Agobiadas por el tóxico inoculado, las mujeres eran abandonadas desnudas, en posiciones indecorosas, manchadas por la viscosidad del pecado genésico.
Al despertar los hombres para comenzar sus jornadas veían a sus mujeres desnudas y desvencijadas, como si hubieran sido acometidas por la fuerza de mil vientos. Marcas de arañazos y de succiones violáceas en la piel configuraban el cuadro.
Pero algo pasó cierta noche. Varios de los hombres se habían reunido para celebrar un encuentro tradicional. Se habían tardado hasta un poco más de la medianoche. Regresaban entonces envueltos en un manto de silencio.
Entonces ocurrió el escándalo, los gritos rasgaron el terciopelo de la noche. Una estrella estalló en innumerables pedazos incandescentes y tachonaron una vasta extensión de oscuridad.
Rotas las puertas, los cuerpos de varios individuos fueron lanzados como trapos sucios hacia la calle. Alguno cayó sobre su rostro, otro fue vapuleado con un madero y tal vez un tercero era sacudido por el filo de un cuchillo de una longitud escalofriante.
Tal fue el barullo que toda la comunidad despertó. Lograron alcanzar a los violadores y los condujeron atados hasta la plaza central. Allí los continuaron golpeando hasta que por fin, como ocurre en muchos lugares, la policía apareció tarde.
Por su parte, los defensores alegan maltrato contra sus clientes. Fueron humillados y escarnecidos. Les fueron aplicados choques eléctricos, entre otras cosas.
También se dijo que los presuntos violadores fueron introducidos en un túnel por veinticuatro horas y luego en un contenedor por otro período similar. Después fueron conducidos a la fiscalía.
Los hombres han sido más afectados, al parecer, por estas violaciones masivas. Ellos apelan siempre a una especie de orgullo muy emparentada con la soberbia.
Para los menonitas, las mujeres deben llegar vírgenes al matrimonio. La violación las ha manchado, no solo en su cuerpo, su mente y su alma, sino también dentro de su grupo social y familiar. Ahora están muertas en vida.
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Roderick Guzmán Meza


