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Romeo y Julieta en la India

Permalink 23.06.09 @ 22:43:39. Archivado en Cultura, Historia, Relatos

Lokesh es un hombre como cualquier otro en la India. Trabaja como todos y se enfrenta a los avatares de la existencia diaria. Vive en un barrio pobre de casas aplastadas por la pobreza, una junto a otra, separadas por estrechas veredas, húmedas, sucias y con olores característicos.

Amreen es una hermosa joven con el color de la canela y los ojos como un fuego oscuro que flamea bajo dos cejas que parecen alas de pájaros. Ella vive con sus padres y trabaja en el negocio familiar, una tienda de abarrotes.

El hombre es hindú, es politeísta, reza a muchas entidades y deja ofrendas en diversos altares. Rizos de incienso ascienden con su olor a frutas secas, como cobras vaporizadas que se deslizan entre las raídas cortinas.

Ella es monoteísta. Dios es único e indivisible. Habló alguna vez a través de su profeta Mahoma y desde lo alto de los minaretes, llega la voz que llama a su padre y sus hermanos a la hora de la oración.

Cierta tarde, Lokesh llega a casa. Ha trabajado en el campo, segado arroz, sembrado tubérculos o regado las hortalizas o acaso ha estado en el mercado vendiendo baratijas, alfombras o sábanas.

Se da cuenta de que hace falta algo de sal y levadura. Introduce la mano en el bolsillo y extrae algunas monedas, suficientes para comprar lo que hace falta. Sale de casa con su siempre serio semblante de nocturnidad.

Llega hasta la abarrotería. Hay varias personas ante el mostrador. Del otro lado tres personas atienden. Un hombre viejo y dos mujeres. Una es muy joven, tal vez dieciocho años, la otra es de una edad imprecisa. Lleva la joven un vestido color rosa viejo, un anillo en el dedo anular de la mano izquierda y en la frente una cinta.

Lokesh está detrás de un grupo de personas. No es muy alto por lo que no puede todavía ser visto en propiedad. Amree se inclina para recoger una moneda que ha rodado por el piso y a través del vidrio del aparador, logra ver a Lokesh ensimismado en la contemplación de una menudencia.

De pronto sus miradas se cruzan. Amree intenta endurecer el rostro y Lokesh mira hacia la puerta en pésima actitud de simulación. Le toca el momento y hace su pedido. Dos estrellas brillan en lo alto más allá del techo, en la sombra última de la eternidad.

Ella le mira, no puede despegar sus ojos de los de Lokesh que por dentro tiembla. Extiende la mano para tomar su mercancía mientras tintinean en su concavidad un par de monedas.

Dos días después volvieron a verse en la plaza. Ella iba detrás de su shador y él caminaba en vía contraria. Reconoció el fulgor de los ojos, la textura de la mirada, el fuego de las pupilas ensombrecidas por las magníficas cejas.

Impulsados por el subconsciente, tropezó el uno con el otro. Siguieron las disculpas, los gestos de resarcimiento. Pero algo habían comenzado, una forma de encuentro se había establecido, más allá de las diferencias culturales y religiosas y de las restricciones familiares.

Ahora, Lokesh va más seguido a la tienda y a veces permanece en la parte exterior como parroquiano descuidado que espera de nada. Cierta tarde, ella le dirige la palabra, le consulta cualquier cosa, tal vez el calor que abrasa, la proverbial pregunta sobre la hora o el precio del arroz.

Él le dice cualquier cosa y la mira, la convierte en una imagen en sus pupilas y la instala en el pabellón de su memoria. Lo que sigue es exceso narrativo. Se han enamorado y se citan para un encuentro furtivo.

Pero alguien ha comenzado a sospechar. “Es inadmisible. No es posible. Es una ofensa”, dice la familia de Amree, musulmana, monoteísta, conservadora e intolerante.

“¿Cómo se le ocurre a Lokesh fijarse en una mujer como esa, flor inaccesible, mar profundo, ciudad de corales? De un lado los dioses, del otro el Dios. Frente a frente, se miran con creciente tensión y las aristas de fuego saltan.

Pero Amree y Lokesh se han olvidado de los credos y de los dogmas. No hay templo que pueda suscribir sus sentimientos porque son libres. No existe fórmula teológica capaz de explicar el trepidante pulso de sus emociones.

Ante la desfachatez de los enamorados se reúne el panchayat o consejo de ancianos de la localidad y declara la ofensa. Ejerce presión para que se separen, exigen distancia. Más allá del amor humano se encuentra el divino.

Les han dicho que no pueden seguirse viendo, que son agua y aceite, que son fuego y tierra. Nada bueno ha de salir de esta unión, agregan, el mar no se funde con la roca, la horada.

Pero ellos se han casado en sus corazones. No les ha hecho falta un altar ni un templo porque sus almas se elevaron sobre los tabernáculos y las palabras y volaron hacia el mítico punto de confluencia de la eternidad y el tiempo.

Ambas familias ejercieron entonces una presión intolerable. Amree y Lekosh intentaron escapar hacia la ciudad pero fueron acorralados. No les permitirían evadir su responsabilidad ante sus respectivos grupos de parientes.

Sabían los dos que lo único que resultaría de obedecer sería la separación, no verse más, no escucharse, así que decidieron marcharse, pero no a un centro urbano sino a la república de las tinieblas.

Ambos desheredados, en una sociedad intolerante la una y en una de castas insuperables el otro, estaban inmersos en un laberinto.

Él compró el veneno y lo bebió mientras ella temblaba. Ella bebió la pócima mientras lo veía desvanecerse como una hilacha de humo. Después se hizo el silencio.


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