Asesinos en serie y Tiburones Blancos
22.06.09 @ 21:47:15. Archivado en Ciencia, Medicina, Tecnología
Hace algunos meses publicábamos en esta bitácora historia de asesinos en serie, de psicópatas malvados, sin pizca de humanidad, extasiados en la contemplación de sangre y ávidos por ocasionar sufrimiento.
Personajes tétricos hicieron su aparición en esa galería que enumeraba desde monstruos prehispánicos, criminales medioevales, hasta depredadores contemporáneos.
Sin embargo, a quien delinearemos en esta ocasión no pertenece del todo a este grupo. Es más bien una máquina perfecta, una estructura poderosa con algunas similitudes con los inicuos especimenes de aquel museo del miedo.
Hablamos del tiburón blanco o Carcharodon Carcharias. Estos grandes escualos no dejan de tener puntos de comunión con los asesinos en serie. Son metódicos, no atacan al azar ni por casualidad.
Merodean bajo la superficie del mar. Las vibraciones les llegan sobre la línea de las olas, roza su sentido del olfato y hace vibrar todo el mecanismo de fiera que su corazón alienta.
Decíamos que para ellos no existe azar ni casualidad. Sus víctimas son elegidas con cuidado. Observan su entorno con esos ojos fríos y sin vida hasta definir el momento en que caerán como una tromba sobre la desprevenida víctima.
Se esconden en las sombras, tras bancos de coral o entre los filamentos de las algas que oscilan como odaliscas marinas entre los monumentos de sal y el incontenible movimiento de la vida submarina.
Así lo ha detallado un estudio reciente. Los especialistas se han percatado de que el Gran Blanco espera desde un punto no muy lejano. Allí acechan cada movimiento, cada chapoteo o aceleración del nado o permanencia de la inmovilidad.
Utilizan estrategias de ataque y toman en cuenta el espacio del que disponen, la distancia, la velocidad y la fuerza. Son capaces de aprender de ataques anteriores. Si algo ha salido mal, su cerebro logra definir dónde ha estado la falla.
Como los asesinos seriales, el tiburón blanco es un depredador mortífero. En su elemento es capaz de un elevadísimo porcentaje de éxito. Sus ataques son una especie de cálculo, un movimiento perfecto para elaborar el mayo daño posible.
Al parecer, estos animales no merodean esperando golpes de suerte. Según se ha descubierto, encuentran un punto desde donde lanzar sus asaltos. Algo como una base de operaciones donde observan y aguardan.
Pueden estar a unos 300 metros ó un poco más. Desde esa distancia son capaces de ver en detalle a sus víctimas. Se encuentran cerca, pero no tanto como para asustarlas. Allí se mantienen serenos, simuladamente ajenos al entorno, como si su atención estuviera en otra parte.
Entonces, cuando la luz reduce su intensidad, enfocan el perímetro, observan el entorno, realizan cálculos sobre movimientos, rango de velocidad y de poder necesarios para acometer con suficiente posibilidad de éxito.
Es importante destacar que el golpe no le llega al sacrificado ni de frente ni de espalda, si no que todo el poder mortífero de la magnífica bestia llega desde abajo, con todo el empuje que le permiten los cuatro ó siete metros que tiene el largo de su cuerpo fusiforme.
Llegan como una exhalación sin ser vistos y su poderosa mordida, 300 veces superior a la de una mandíbula humana desgarra, tritura. Engulle la carne arrancada, los huesos, músculos y cartílagos se deslizan por su oscura y cavernosa garganta.
Pero, una diferencia existe entre un asesino y otro. Los maniáticos viven alucinados en la búsqueda de una compensación secreta a faltas atávicas, el tiburón lo hace para alimentarse y sobrevivir.
Los dos van en busca de un objetivo, una presa, una meta, una víctima y en esto encuentran sus similitudes. Son merodeadores y para cumplir con el cometido de sus impulsos deben ser eficientes.
Comentarios:
¡Vaya que he terminado la lectura de este artículo asustada!
¿En qué aguas suelen merodear estos asesinos en serie? No me gustaría servir de alimento a ninguno de ellos.
Es interesante saber estos datos aunque me temo que aun conociendo su método, si nos pilla con uno a menos de 300 metros, difícil sería ya poderlo contar.
Un saludo
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Roderick Guzmán Meza


