Tempestades del Trópico
13.05.09 @ 22:07:19. Archivado en Personal, Panamá
Ha comenzado la temporada de lluvias en el trópico. En Panamá, los días son calurosos y soleados en su primera etapa. Después del mediodía, por esta época, se tornan plomizos, pesados, esmaltados por la rudeza de un cielo gris, con un aire de malevolencia atmosférica que sobrecoge y delata las intenciones de la naturaleza.
Ya será de otra forma. Amanecerá y los goterones tamborilearán sobre las ondulaciones del tejado. Correrá el agua por sus valles y caerá como un estruendoso chorro sobre el piso. Desde cierto lugar de la sala observaremos el rostro de las nubes y en silencio el pasado y el presente se enredarán en nuestros pensamientos.
Aquí un chaparrón de quince minutos lo complica todo. Los congestionamientos vehiculares atormentan a cualquiera. El viaje en los autobuses es una versión extrema de la claustrofobia, con las ventanas cerradas, sin ventilación, abarrotados.
El viento a veces es cómplice y arremete contra los árboles, los tejados, las vallas comerciales. Revuelve los basureros y deshoja los jardines.
En los colegios, los alumnos aguardan un timbre de largo resonar. Si llega a sonar se escuchará un rugido de regocijo. Han de salir temprano de las aulas. Pero este anuncio debe darse antes de que la tormenta crucifique la ciudad con sus terrores.
Una tarde de hace ya muchos años, un tornado llegó desde los manglares y se deslizó por las calles, las veredas, los parques y dejó desnuda a cierta población de la periferia de la ciudad capital.
Recuerdo una hoja de zinc surcando el espacio con velocidad impensable para tal armatoste. En su recorrido cercenó la cabeza de una señora que intentaba alcanzar un cobertizo para protegerse de la lluvia.
Esa misma tarde colisionaron más de diez automóviles, uno tras otro, directos, sin rodeos, agobiados por la resbaladiza carretera, enjabonada y leve. Se dieron por la retaguardia y devastaron la forzada e inusitada fluidez de la circulación.
La corriente del agua traía consigo un espantajo de papeles, hierbas, desperdicios, envolturas de caramelos y galletas, tapaderas de botellas de refrescos, hierbas recién cortadas por el machete, pedazos de cajas de cartón, zapatillas, pedazos de camisetas y un montón de objetos dejados a la deriva por la desidia de la gente.
En este momento, al escribir estas letras, el manto grisáceo de las nubes ciñe la ciudad. Los altos edificios se coronan con el denso celaje. A lo lejos se ha podido escuchar el prolongado timbre de un colegio cercano. El alarido de los chiquillos le ha seguido. Se puede también escuchar el traqueteo de los pasos.
Ha comenzado un poco tarde este año a llover. Lo ansiábamos para atenuar un poco el calor. Las temperaturas se mantienen todo el año, durante el día, en más de treinta y cuatro grados. Sin embargo, se revuelve muy dentro de nosotros el temor por la posible violencia del temporal.
Toda esta reflexión, quizás absurda y banal, nos llega al recordar las advertencias sobre los cambios climáticos, estrafalarios y violentos. Un día nos abrasamos con las marcas en el termómetro y al otro nos persignamos atemorizados ante la presencia de la tempestad. La naturaleza sabe que estamos aquí y que le hemos hecho mucho daño.
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Roderick Guzmán Meza


