En busca de Jesús II
07.04.09 @ 21:24:10. Archivado en Religión, Ficción, Herejías
La figura de Jesús ha sido trabajada con sutileza por copistas y traductores. Le han concedido matices de acuerdo a las necesidades del dogma. Su pensamiento y palabras han sido manipulados. Parte de su historia, a la luz de los descubrimientos actuales, puede ser interpretada sin recurrir al milagro y la fantasía.
Su anunciación es realizada por un ángel. Es Gabriel quien asume la responsabilidad de tal comunicación a María, todavía virgen, todavía sin conocer varón, impoluta, pétalo humedecido tan solo por el rocío de la mañana. Ella se asombra de las palabras de aquel mensajero.
Sabe que para tener un hijo debe entregarse a esos movimientos de la materia, de la carne enfurecida, manchados con el tizne de lo pecaminoso, de los cuales no puede hablarse con este extraño.
El ángel aparece con la buena nueva. La palabra ángel es griega y significa mensajero y Gabriel proviene, según los expertos, nos llega del hebreo litúrgico desde Gabar – El o héroe de Dios.
¿Quién sería el extraño personaje oculto tras el fulgor arcangélico? José no cree la historia de María. Siente celos y dolor al pensar en la perfidia de la que cree haber sido objeto.
Sufre en silencio la pesadumbre de creerse (¿o de saberse?) engañado. Se imagina la escena y decide en solitaria meditación, repudiar a su mujer.
Aparece otra vez el ángel (el mismo Gabriel) y le hace conocer la verdad a José. Esa verdad que le dio un espacio en la historia de la redención. Una historia que complicó un poco la leyenda de los orígenes de Jesús. El hijo de María es de Dios, nada menos.
Más adelante, cuando llegan los llamados magos, Herodes ordena la matanza de todos los niños de dos años. Hay cierto desplazamiento en el tiempo de la narración que ha declarado recién nacido al Cristo y relata la orden del rey de asesinar a los infantes.
José es advertido una vez más por el “ángel”, el mensajero. Recibe la notificación una noche, supuestamente durante el sueño.
Aquí nos cuesta entender cómo fue posible que José conociera los detalles del holocausto y no dijera nada a sus vecinos, ni siquiera tratara de advertirles sobre el horror que se aproximaba.
Reconocido como un individuo piadoso, parece no estar acorde a tal calificativo. Toma la mula, sus enseres y se marcha a mitad de la noche hacia el norte de África, por esos caminos oscuros y plagados de criminales.
Pasa el tiempo y el viejo Herodes muere carcomido por el cáncer o por alguna horrible enfermedad. Entre alaridos y alucinaciones, ve rondar por el palacio los espectros de sus hijos, Aristóbulo, Antípater y Alejandro y de su mujer, Mariamne.
De regreso en el hogar Jesús vuelve, junto a su familia, a sus asuntos habituales. Asiste a la Sinagoga a escuchar la palabra de los libros sagrados, juega con los chicos de su edad, tiene dudas, crece, se convierte en adolescente, siente la rebeldía propia de la edad, contradice al padre y posiblemente, tenga una mejor relación con la madre.
A los doce años viajan a Jerusalén para las fiestas del Pesaj. La familia lleva sus ofrendas. No cuesta nada imaginar a José regateando el precio de un cabrito o de unas palomas, a María mirando en derredor, un poco asustada al visitar la metrópoli.
Jesús por otra parte, vive el momento con intensidad. El mundo se ha expandido, ha obtenido otros colores y otras formas. Miles de personas deambulan por la ciudad y a él esto ha de parecerle maravilloso.
Pero también comprende las advertencias de los profetas que señalan la amenaza del pecado. Ve a los mercaderes en las escalinatas del majestuoso templo, escucha las vanas conversaciones a la sombra del pórtico principal, le perturba el intecambio comercial, la avaricia y el desenfreno.
Busca entonces a los sacerdotes para conocer la respuesta a sus interrogantes. Para el sistema que impera en Israel, a los doce años se adquieren responsabilidades ciudadanas. Esta era la edad de Jesús en ese momento. Por eso al regreso, sus padres no reparan en su ausencia hasta pasados tres días.
Pasa el tiempo, como siempre, voraz e insensible. Todo lo corroe, todo lo vuelve polvo y cenizas. José ha muerto. Una tarde, en su casa, sobre su litera, boqueando, perlado por un sudor frío, el padre de Jesús entra en la oscuridad. Llega el instante tan temido y tan esperado. Ahora conocerá por fin si todo lo que ha creído en su vida ha tenido algo de sentido… CONTINUARÁ…
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Roderick Guzmán Meza


