En busca de Jesús
06.04.09 @ 22:27:13. Archivado en Religión, Herejías
Al iniciarse la Semana Santa no somos pocos los que motivados por los misterios, pretendemos encontrar explicaciones a fenómenos proclamados como de procedencia divina. Los Evangelios canónicos nos entregan algunas pistas y los apócrifos ofrecen la versión menos sacra.
Cuando surgieron las primeras comunidades cristianas las personas tenían un creciente interés por conocer los detalles de la vida de Jesús. Aparecieron algunos relatos que pretendían decir la verdad del hombre muerto en la cruz. Sin embargo, estaban llenos de tendencias ajenas al entorno judío.
No obstante, dos mil años de reciedumbre dogmática, de rígidas tradiciones, no pueden contener para siempre la imaginación, sobre todo si se trata de sucesos casi mágicos, inundados de misticismo y de mucha fantasía, en algunos casos
En algunos de los textos apócrifos consultados hemos podido percatarnos de que el Jesús niño, era descrito como caprichoso y malhumorado. Travieso e hiperactivo, también era proclive a la venganza.
Cuenta uno de estos escritos, el llamado Evangelio de la Infancia, que en cierta ocasión, Jesús jugaba en la corriente de un arroyo. Deslizaba sobre el flujo de agua piezas de madera, a guisa de pequeñas embarcaciones cuando de pronto, otro niño, rodó una roca y la obstruyó.
La corriente pareció secarse de pronto ante los ojos de Jesús y los diminutos barcos encallaron entre guijarros desnudos, raíces y grietas del lecho del riachuelo. Entonces Jesús, al darse cuenta del origen de la repentina resequedad, furioso hasta el estremecimiento, maldijo a su vecino y el chico murió en el acto, seco como una rama calcinada por el sol.
Fue reprendido por José, pero el futuro Mesías hizo caso omiso de su padre y se refugió entre las faldas de la madre. El hombre miró en silencio la escena, dio media vuelta y salió de la casa. Se sentó sobre un pedazo de mármol que labraba y prefirió mirar la distancia.
Los padres del chico muerto intentaron tomar venganza, pero los hermanos de Jesús los sometieron a golpes de mazo. José, hombre piadoso y temeroso de Dios, deploraba el consentimiento con que era tratado el menor de sus hijos.
Según esta historia, María se había encargado de inocular en la mente de su hijo, la idea de que procedía de vastas regiones cósmicas, ajenas a los comunes humanos. “Los ángeles del Señor me lo han comunicado”, decía.
Otro de los textos apócrifos señala que al crecer Jesús trabajaba con José en el negocio familiar. Según se dice, el padre no era carpintero sino una especie de maestro de obra o constructor. A las órdenes de judíos ricos edificaban lujosas residencias de roca y maderas finas negocio que producía interesantes gratificaciones económicas a la familia.
El llamado Evangelio de David lo calificaba como heredero de la dinastía de este legendario rey, algo que José no contradecía porque disfrutaba íntimamente, a pesar de lo inútil que eso podía considerarse con la ocupación romana, de saberse de real linaje. Jesús también adoptó esta idea y en no pocas ocasiones se tocaba con una corona y aferraba entre sus manos un báculo de cedro mientras asumía una postura real delante de sus hermanos y hermanas.
Los vecinos lo tomaban a broma, por lo que Jesús no dejaba de proferir admoniciones a quienes se burlasen de su supuesto linaje. A las fiestas asistía con una túnica blanca, ceñida con un cordón púrpura y se ubicaba en el lugar principal de la casa, aunque no fuera la suya.
Pero, María, la madre, era hija de Joaquín, un sacerdote del templo y de Ana, mujer compasiva también relacionada con la casta clerical. Cuenta el Protoevangelio de Tiago que ella también jugaba con la imaginación y cedía a la tentación de suponerse aristócrata y su hijo un heredero real.
También cuenta el texto del Centurión que cierta tarde llegaron hasta la casa de Jesús para contratar sus servicios. Era necesaria la construcción de cruces para el cuartel del Cónsul. Contrataron al hijo de José y María y le pagaron por adelantado una cantidad importante. Entregó de manera puntual los artefactos.
La cruz era un objeto de tortura y ajusticiamiento fenicio que los romanos habían adoptado. Cuando sofocaban una rebelión, nada raro en estos parajes, sembraban los caminos con los sediciosos clavados a este objeto de suplicio hasta que morían y sus restos eran devorados por los animales de rapiña.
Un desconocido Evangelio del Leproso describe a un Jesús en contacto con fuerzas desconocidas, más mago que profeta, más alquimista que prodigioso maestro.
Una mañana al descender de una de las barcazas que pescaban en el lago, se encontró con un enfermo del terrible mal de Hansen. El hombre cayó de hinojos ante el maestro. Pocos segundos después, el lacerado escuchó la voz del nazareno al invocar ciertas fuerzas para él desconocidas, en un idioma ignoto.
Tomó un poco de fango y lo mezcló con hierbas y saliva. Lo aplicó en las úlceras del rostro y al desaparecer el escozor y el ardor, el hombre se imaginó curado y así lo proclamaba entre las tumbas y los hierbajos del cementerio. CONTINUARÁ
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Roderick Guzmán Meza


