Sancho Panza y la máscara
02.04.09 @ 21:53:28. Archivado en Literatura, Vidas Imaginarias
Quisimos dedicar el espacio de hoy a algunos comentarios políticos, tal vez a reflexiones sobre la economía, ahora que los veinte países más ricos del mundo se encuentran juntos en Londres, preparando fórmulas para salvarse del despeñadero o más bien para rescatar de las oscuras profundidades a sus respectivos mercados.
Pero no nos acompañó el numen que para esos menesteres invocamos, no notamos el reflejo de su lámpara, ni escuchamos el siseo de su capa al viento. En la distancia se desvaneció el resplandor, lejos de nosotros.
Vino en cambio a mi la figura rechoncha de un personaje inolvidable, de un sujeto clavado en los tablones de la realidad, a pesar de deslizarse peligrosamente por los laberintos del delirio, mientras seguía a su desquiciado patrón, guía y amigo.
Sancho Panza era el báculo del Caballero de la Triste Figura, era su resorte y su refugio. Es el otro platillo de la balanza. No había plática entre Don Quijote y su escudero en la que dos versiones de la realidad no se vieran enfrentadas, a veces una como sombra de la otra.
Alonso Quijano se descubre a si mismo un día como caballero y en su neblinosa visión, percibe a este gordo, simple y torpe labriego como la muy noble manifestación de un proyecto de aventuras en el que se funden la ilusión con la implacable rigurosidad de la materia.
Panza acompañaría a este hombre tocado por la fantasía y no se transformaría, porque él también está loco. No le cuecen el cerebro las historia de los libros de caballería, sino las ambiciones, el egoísmo, así como un ego apabullado por la realidad.
Sancho es elemental, piensa más en comida y en caudales. No puede ver los fantasmas que sí percibe el Quijote porque su locura es rupestre, mezquina, insidiosa y egoísta.
El Quijote quiere que el mundo sea el de antes, cuando el interés por los demás imperaba. Requiere escapar de la naciente individualidad para poder subsistir en la búsqueda de su interioridad.
De la neblina de su aberración brotan enemigos colosales, magos, brujos, doncellas, gentilhombres, reyes y nobles de toda estirpe. Está manchado por la enfermedad, por el vacío invadido por el desvarío. Algo de rechazo a si mismo levanta murallas. Abandona su propia identidad para tratar de encontrarse.
Don Quijote defiende su ego vulnerado y por eso quiere cambiar el mundo para ajustarlos a ambos. Su autoestima ha sido incinerada. Levanta un mundo sin fronteras, un entorno sin relación con el que intenta abandonar.
Quijano se convierte en un artista, crea, inventa, imagina. Sus sueños pertenecen al mundo del arte, están hechos con la misma sustancia; un arte fortalecido por fuerzas internas que se contradicen con el exterior.
Sancho por su parte, no es horadado por el viento de la estulticia. Ya viene aturdido. ha sido trasgredido por la delincuencia de la oscuridad.
No ve los gigantes ni las doncellas porque no le interesan, no ve a las doncellas porque no su erotismo ha sido sublimado en la búsqueda de intereses menos sedosos. Su amo le dice, allí están los monstruosos enemigos o ella es la hermosa doncella y él refunfuña y reniega. Sin embargo, es seducido por la turbia posibilidad de convertirse en el gobernador de una ínsula que nunca ha visto, un manchón de hierbas sobre una plácida llanura de mar.
¿Cómo logra Panza mantenerse junto al Quijote, a pesar de su materialismo y de su objetividad, si no fuera porque alimenta también el germen de la demencia en su interior, acosado por carencias y por un ego así mismo vulnerado, resquebrajado, defendido por su torpeza.
En el fondo Sancho quiere creer, toda la vida ha sentido la necesidad de que más allá existe algo, de que allende las fronteras terrestres, un país de música y oro le espera. No ha podido imaginarlo por si mismo, pero de la mano del caballero, sigue en su búsqueda.
Podemos notar que Sancho rechaza las visiones que le son propias al Quijote: los molinos, los galeotes, las doncellas, pero aquellas en las que sí tomará parte, aquellas en las que surge beneficiado, esas sí le merecen crédito.
Pero no puede contradecir por mucho tiempo a Don Quijote, sin el riesgo de sospechar su alejamiento. El amo es tozudo y recalcitrante ante sus amagos de cordura y buenos cascotazos recibe por su escepticismo.
Algo debe haber de real, debió decirse Sancho, algo que no conozco y que está más allá de mi comprensión cerrada. Observa a su camarada mientras cabalga a su lado y comienza a creer, a ver hasta en su perfil, la hidalguía del linaje.
Altamente perceptivo, Panza ha descubierto que para evadir el bestial mundo donde vive, debe realizar ajustes. No sabe cuáles han de ser las modificaciones, pero las lleva a cabo con el concurso de un subconsciente cómplice.
Tal vez Sancho estuvo siempre loco, pero su insania cabalgaba sobre otros ideales. Muy diferentes a los del Quijote, el escudero parece sano y realista, pero su comportamiento no es más que una máscara, porque él también ha querido siempre escapar.
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Roderick Guzmán Meza


