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El bisabuelo africano de Pushkin

Permalink 27.02.09 @ 21:32:09. Archivado en Cultura, Literatura, Historia, Biografías

Un niño negro que jugaba con un trompo se enredó con los cordones de las cortinas del gran salón y cayó de bruces. Sobre la baldosa azul, el niño vio reflejado su rostro, oscuro como la pez y la noche. Tan sutil fue su caída que casi nadie se dio por enterado.

Pero el emperador sí. A pesar de estar concentrado en su charla diplomática, Pedro I, el Grande, escuchó el golpe del pequeño cuerpo contra el piso. Percibió el imperceptible llanto y de reojo vio a la doncella consolándole mientras le conducía a los aposentos.

El Zar no distrajo su atención del rosado escote de la sensual dama francesa que le extendía la mano enguantada. Del sensual abismo entre sus senos ascendió un aroma a rosas y canela. Una gema de brillos azules y plata resplandecía sobre la superficie de la piel blanquísima.

Llevaron al chico a los aposentos cercanos. Una mujer robusta, con el rostro concentrado en su punto central, pero suavizado por unos enormes ojos de res, le reprendía con palabras inaudibles, que el niño asimilaba con seriedad y en silencio.

Por aquella época era un asunto ordinario tener niños negros en los salones de los palacios monárquicos de Europa. Eran una especie de mascotas y de oscuros bufones que entretenían a la corte. Vestidos de forma estrafalaria crecían haciendo reír a los nobles con cabriolas y tonterías.

Pero las ideas de Pedro no reparaban en esos superficiales asuntos. Creía que el color de la piel no era impedimento para lanzar el pensamiento al vuelo, para acercarse a las estrellas e interpretar el universo. Para él era un reto, desvanecer los rastros de una cultura considerada salvaje e incivilizada en este chico africano.

Le llamó Petróvich (hijo de Pedro) y le concedió una educación esmerada. Le envió a academias militares porque consideraba que en su interior habitaba un guerrero. El niño africano se convirtió en un audaz general de división con el grado de ingeniero militar. Fue por este tiempo cuando adoptó el nombre de Aníbal, el famoso general cartaginés.

Algunos registros señalan que Petróvich Aníbal había nacido en 1696 en una aldea de lo que hoy es Etiopía. Era una ciudadela atrasada, sin edificaciones majestuosas ni colosales monumentos. Su filosofía era la guerra, una especie de expresión defensiva de la colectividad al estar rodeada por grupos antagónicos.

No lejos de las murallas de palos un lago resplandecía pacíficamente bajo el duro azul del cielo estival. Las siluetas de esporádicas nubes proporcionaban efímeras sombras a este escenario casi lunar. Allí se entretenía el futuro Petróvich con barquitos hechos de paja y varillas.

A veces se distraía en la contemplación del bajelito mecido por el viento que descendía de las montañas hasta que su madre lo extrañaba y enviaba por él, antes de que su padre, un señor de la guerra de mucho poder, se diera por enterado.

Hubo por aquellos tiempos enfrentamientos entre tribus enemigas. De la región norte llegaron fieros guerreros armados con lanzas, arcos y flechas, pero también con un arma terrorífica que sembró el espanto: el toro. Cayeron sobre la aldea una noche y mataron a muchos, con excepción de algunos jóvenes, niños y mujeres.

Los sobrevivientes fueron vendidos a soldados y nobles otomanos instalados en la costa cercana, que comerciaban con especias, tejidos, maderas finas y diamantes. El futuro Petróvich Aníbal tenía solo siete años.

En 1704, fue llevado al palacio de uno de los más representativos ayanes de la ciudad, pero poco después pasó a formar parte de una comitiva diplomática encabezada por el embajador de Rusia.

El representante de Moscú ante el sultán otomano regresó a Rusia y se llevó consigo a Petróvich. El Zar simpatizó con el chico y le sirvió como padrino en 1705. El muchacho lograba asimilar la cultura europea que el monarca había instaurado. Hablaba seis idiomas, era hábil para las matemáticas, la química, el álgebra y otras ciencias.

En 1717 fue enviado a París para continuar con su educación. Se destacó en las artes, en las ciencias y en estrategias de guerra. Hecho hombre combatió para el rey Luis XV, bajo cuyo mando alcanzó el rango de capitán. Adoptó el nombre de Aníbal en honor al general cartaginés del mismo nombre.

Al morir Pedro, Aníbal debió exiliarse en la remota Siberia. En 1730 recibió el indulto como consecuencia de sus habilidades como ingeniero militar. Luego ascendió al trono, Isabel, la hija de Pedro, quien lo instaló en su corte.

Aníbal se casó dos veces. La primera con Evdokia Dioper, de nacionalidad griega. Ella odiaba a su marido porque la habían obligado a casarse con él y le era infiel con un joven oficial. Al enterarse de la traición fue encarcelada durante once años en prisión.

Después, Aníbal mantuvo relaciones con una mujer llamada Cristina Siöberg con quien tuvo un hijo. Esta nueva pareja de Aníbal descendía de nobles familias nórdicas y alemanas y le dio diez hijos. Uno de ellos, Osip, tendría después una hija que vino a ser la madre de Alexander Pushkin, el mayor poeta de toda Rusia.

La sangre de guerrero bullía en las venas de Pushkin y el poeta sucumbió en un duelo con armas de fuego. Esta fue la única aventura bélica del vate ruso y le costó la vida. Todo lo demás lo dice su obra.

Algunos aristócratas británicos también descienden de este hombre africano.


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Comentarios:
Un Prisionero
Por Alejandro Pushkin

Estoy tras de las rejas en húmeda prisión.
Mi compañero triste, criado en cautiverio,
es un águila joven que sacude sus alas
y pica en mi ventana su sangrienta ración.
Luego arroja y mira a través de los cristales
como si tramara lo mismo que yo
y me llama con su mirada y con su grito
como diciendo: "Huyamos...echemos a volar...
Somos pájaros libres: es hora hermano, ya.
Volemos a las cumbres, más allá de las nubes;
allá donde se ve la ribera del mar
allá donde habitamos tan sólo el viento y yo".
Enlace permanente Comentario por More 03.03.09 @ 00:52

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