La luminosa oscuridad de Marguerite Yourcenar (r)
20.02.09 @ 21:04:20. Archivado en Literatura, Biografías
Marguerite Yourcenar fue poetisa, novelista, dramaturga y traductora. Nació en Bélgica en 1903, pero sus ojos pudieron haber visto la luz en otro país, en otra tierra y en otro tiempo porque sus palabras fueron gaviotas y palomas, su voz fue campana y flauta. Su obra pletórica de lírica, de chispazos incandescentes, alcanzaban a rivalizar con esos momentos idílicos que en intimidad hemos disfrutado solos o en compañía.
Algo de ella me hace pensar en Safo, en la injuriada vedette de las sombras, en la atormentada sacerdotisa de los amores imposibles, en sus versos perdidos, en la voluptuosidad de una Lesbos infinita, sin fronteras, sin demarcaciones, donde cada verso era un fruto maduro en la cavidad de la boca y cada palabra un relámpago entre los dedos.
La primera forma que tomó su inspiración se delineo en aquellos excelsos versos juveniles de El Jardín de las Quimeras, donde todo su exquisito arte, donde su estremecedor ingenio de escritora le llevó a la reinterpretación de los mitos griegos para darles forma en un mundo moderno, en un universo de máquinas y de ruido, un ámbito de sofocantes jornadas en laberínticas ciudades.
Después de esa orgía de versos, de esa lúbrica y vertiginosa expresión, llega su primera novela con Alexis o el tratado del inútil combate, donde la escritora inventa un artista, un colega, un cofrade del dolor cuya familia deplora su entrega a las veleidades y angustias de la creación.
Una mujer como Yourcenar, sacrificada para el equilibrio, sometida por el ríspido estremecimiento del amor incomprendido, de la emoción maltrecha, sacudida por un frenesí sin control, encuentra un chispazo de amor en alguien como ella, no en su calidad de entidad imaginativa y gentil, si no en una mujer, en una fémina.
Refinada hasta lo etéreo, traduce al francés la célebre novela de Virginia Wolf, Las Olas y después se sumergió en la interpretación a la lengua gala de Lo Que Maisie Sabía, del meticuloso Henry James.
Sin dudas la más alta cima de su genio es la unánimemente alabada Memorias de Adriano, donde en una autobiografía libre, el emperador romano permite el acercamiento de su alma a los pantanos del deseo y a los luminosos prados donde su amor retoza con el recuerdo del efebo favorito, el bello Antinoo, sacrificado por el furor y la desdicha en el altar del hedonismo más flagrante.
Yourcenar alienta en su obra un toque de dulce dolor, de meliflua angustia. Nada es más perturbador para ella que esconder en otros protagonistas su verdadero ego, trasladar hacia los establos del alma el martirio de abrir una flor con el pensamiento mientras una tormenta desagarra el campo y congela los capullos adormecidos.
Leer Cuentos Orientales, por ejemplo es acercarse a esas demarcaciones ignotas de un continente sacudido por violentos estremecimientos del alma, es regurgitar también sobre un lienzo blanco después de una ovípara ingesta de cenizas.
Fuegos nos rescata un universo casi perdido de las fauces insaciables y caníbales de un Cronos pervertido ya por la velocidad y el vértigo. Es caer de rodillas ante la más sideral fantasía devuelta al tosco universo de tierra, agua y viento, por su voz de Safo rediviva. Ella es Grecia y es Oriente, es sus paisajes, su cielo lácteo y azulado.
Margarita quiso en el fondo de su corazón alcanzar una vida sencilla, sosegada. Demasiado difícil en una civilización tecnológica, industrializada, pervertida por el cósmico dinero, nuevo dios, nuevo monstruos cíclope cegada por la ambición.
¿Quién puede ser tan insensato, como para morir sin haber dado, por lo menos una vuelta a su cárcel? Esto dijo ese espíritu grandilocuente, escapado de los Elíseos, envuelta en gasa y nieve, liberada del estupor del tiempo y del vacío. Dar una vuelta a su cárcel, a su interior fantasmagórico, porque todos alentamos dentro un fantasma, un espectro que perdurara si nutrimos nuestros actos con la belleza.
Ella recorrió, sí, cada rincón, visitó cada celda, se asomó a los abismos de esa ergástula donde su alma había sido aherrojada a la materia vil y deleznable; encontró allí diamantes y zafiros, encontró altares y cálices.
Fue admitida en la Academia Francesa de Letras. Cenáculo creado por el cardenal Richelieu en 1634 para acoger bajo una portentosa nave a todos los insignes letrados. Ella es la primera en tomar asiento en ese estrado destinado a los hombres.
Por ello, Jean d´Ormesson en el discurso de recepción pronunciado en ese mismo recinto que Yourcenar “continúa siendo una especie de misterio extremadamente célebre, una especie de oscuridad luminosa”.
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Roderick Guzmán Meza


