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Leyendas Panameñas: Los Duendes

Permalink 19.02.09 @ 22:12:32. Archivado en Cultura, Panamá

Las historias sobre criaturas extrañas no cesan de atormentar la imaginación. Cada región tiene su muy particular manera de relatar acontecimientos supuestamente sobrenaturales. A pesar de que se consideren meras fantasías, en algunas ocasiones se levantan de la fosa aterradores endriagos, capaces de helar la sangre.

En Panamá, hasta la década de los setenta, según recuerdo, en las escuelas de educación primaria ubicadas en las afueras de la ciudad, era fama que aparecían los llamados duendes.

No sé si eran esos diminutos y malhumorados personajes que nos han llegado desde Irlanda, a través de la tradición ibérica o eran más bien de la mezcla con el magín popular autóctono. Estas escurridizas criaturas solían aparecerse a niños desprevenidos que se hubiesen quedado rezagados en las correrías habituales.

Regularmente, el sitio era semi boscoso, un tanto apartado del centro educativo y de las casas. En lo personal, no conozco a nadie que les haya visto, pero sí a muchos que afirman que en su momento tuvieron contacto casi físico, como hoy se diría con los extraterrestres, del tercer tipo.

En mi barrio había una escuela, todavía está allí, en la que casi todos estudiamos. Era el mayor plantel de la zona y el que contaba con las estructuras para solventar cualquier vicisitud que se presentara.

En su parte trasera se había allanado un terreno para utilizarlo como campo de juegos. Un poco más lejos se encontraba el bosquecillo grisáceo, salpicado con el verde, rojo y amarillo de frondosos arbustos.

Era una especie de laberinto. Árboles de tronco delgado como un tubo que se expandía en un frágil ramaje donde se posaban unos perversos pájaros conocidos como talingos.

Por una vereda sombreada por estas arboledas se llegaba hasta un riachuelo que en silencio se deslizaba hacia un estanque que se perdía entre la base de las colinas.

Eran tiempos de inocencia, ingenuidad y asombro. Cualquier cosa podía convertirse en forma amenazante, en bruja o demonio. La sombra de una nube, el inesperado movimiento de la hierba, calaban hasta los huesos el miedo que flotaba sobre la tierra polvorienta.

Una especie de reptiles conocida como “borrigueros” eran raudos transeúntes de este emplazamiento. Hacían sacudirse los matojos y tan veloces eran que apenas podían verse sus colas puntiagudas oscilando entre los tallos secos.

En este escenario se insinuaban los duendes. Aparecían, como se ha dicho, a niños descuidados, embebidos en la contemplación de algún insecto o confundido en su búsqueda del claro del campo de juegos.

La primera vez que supe de estos engendros, tendría unos nueve años, hace ya mucho, así que apelo a lo mejor de mi memoria para describir los hechos.

Jugábamos al fútbol y el balón se introdujo por un inesperado corredor hacia los matorrales. Alguien fue en su búsqueda y ante su demora, acudimos en su búsqueda. Nos preocupó no verlo enseguida así que nos internamos en la espesura.

Le vimos parado junto a una piedra que parecía una tortuga. Estaba petrificado, temblaba, pálido y sudoroso balbuceaba palabras inexpresivas.

El día estaba nublado, sería el inefablemente lluvioso mes de octubre, así que no tardaron los relámpagos en rugir. Nos acercamos y le acribillamos con preguntas. No contestó. El labio superior le temblaba, los ojos estaban desmesuradamente abiertos y los puños apretados se balanceaban a la altura de su cintura.

Logramos removerlo de su inmovilidad. Estaba tieso como un palo. Cuando salimos de la maleza, corrió despavorido hacia la puerta trasera del colegio y se perdió entre una maraña de sillas y pupitres en reparación.

Fuimos tras él y cuando llegamos al plantel, la directora y las maestras le abanicaban con un cuaderno y le daban a tomar agua. Jadeaba y decía de manera entrecortada que los duendes habían intentado llevárselo.

Le intentaron atraer con dulces, juguetes y otros objetos. Dentro de una bolsa se entrechocaban canicas y hasta monedas, según afirmó el asustado chico.

Como siempre he sido un tanto incrédulo de estas situaciones estrafalarias, aún desde mi más remota edad, me dije a mi mismo que ese niño era un llorón consentido. Me coloqué un tanto más cerca para escuchar mejor.

Alegó que eran pequeños y feos. La cara era arrugada y los ojos rojos. Vestían una ropa extraña y tenían las uñas de las manos muy largas y sucias. Las maestras nos hicieron entrar al plantel y nos prohibieron volver al campo de juegos.

Yo no vi nunca a esos duendes, ni siquiera su silueta evaporada por la luz del ardiente sol, pero sí hubo muchos que ahora son tan adultos como su servidor que afirman haber tenido algún tipo de acercamiento con estas apariciones.


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