El Taxista Asesinado
17.02.09 @ 21:51:39. Archivado en Panamá, Relatos, Noticias
Nicolás es conductor de taxi. Lleva poco más de cinco años en este oficio. Prefiere trabajar por las noches para evitar el pavoroso calor de la ciudad. A eso de las seis de la tarde se alista para comenzar la faena. Durante el día trabaja en una oficina pública, pero el sueldo obliga al esfuerzo extra.
Al salir da un beso a su mujer y a sus hijos. Vive en una barriada de las afueras de la ciudad y normalmente, sus recorridos se realizan en torno a la periferia.
Recoge pasajeros de todo tipo. Algunos un tanto estrafalarios y parlanchines que hablan de política porque es temporada o de deportes. La crítica asoma en sus palabras.
Otros, más circunspectos miran siempre de frente la calle. Por breves lapsos permiten salir alguna frase para después encerrar sus pensamientos tras la pared de huesos de su cráneo.
Cierta vez abordó su vehículo una mujer en labor de parto y Nicolás debió servir de obstetra. Asistió a la señora con pericia y control de la situación. Recordó cuando su pareja daba a luz al primer hijo en condiciones similares y él debió también servir de apoyo al nacimiento de su vástago.
Normalmente las jornadas son tranquilas después de los embotellamientos de tránsito. Entonces las calles son solventes vías de desahogo hacia todas partes. Son amplias las avenidas y leves las interrupciones, a no ser la de los semáforos.
Los fines de semana comenzaba la faena más temprano, después de las dos de la tarde, a pesar del calor. La gente está de compras o de paseo y los ingresos son estupendos.
Uno de esos días recogió a dos borrachos. Parecían controladores de los efluvios etílicos que recorrían su organismo. Pero el vaivén del vehículo, pronto les tornó en dos bromistas insolentes a los que Nicolás debió dejarlos varados cerca de una patrulla de policía.
Los recorridos hacia y desde el aeropuerto internacional eran provechosos. El viaje representaba unas diez carreteras regulares. A veces se enfrentaban al enojo de los colegas apostados en la Terminal aérea, pero nada serio que no se resolviera con un apretón de manos.
Nicolás había tenido también tentaciones. Una mujer muy guapa se le había insinuado. Con sus ojos como dos enormes estanques y sus labios carnosos, enrojecidos por el lápiz de carmín, se insinuaban mientras con delicadeza hacía oscilar sus cabellos sobre los hombros.
Pero nada. Nicolás era una entidad acorazada, resistente al flirteo y a los avances de los seductores acentos de la dama. No era inmune, pero conocía las consecuencias de un desliza. Ya las había experimentado hace varios años.
En no pocas ocasiones debió transportar a ancianos quejumbrosos y frágiles, a los que era necesario ayudar a entrar y salir del taxi. No siempre eran agradecidos porque reclamaban la solvencia de su movilidad y su vigencia como personas todavía útiles.
Señoras con varios chiquillos escandalosos e insolentes no escaseaban en esta tarea. El forro de la parte de atrás de los asientos confirmaba la impertinencia de estos pasajeros sin responsabilidad ciudadana.
Una vez, recordaba hace poco, debió conducir a un señor fulminado por un infarto. El acompañante del enferme le reclamaba mayor velocidad, pero a pesar de que llegaron a tiempo al centro hospitalario, el infartado murió durante el recorrido.
Hasta ahora han sido gajes del oficio. Una de cal y otra de arena puede decirse que es el balance. Con el incremento de los precios del combustible y el elevado precio de las piezas y las partes, las utilidades se ven quebrantadas.
Sin embargo, la vida es llevadera. Los alimentos todavía no han escaseado, la matrícula del colegio de los hijos no ha enfrentado prórrogas, algunos gustos y ocios han podidos ser complacidos.
En la oficina también puede lograr algunos recursos cuando los compañeros solicitan sus servicios. Esto no ocurre siempre, pero se puede decir que no le va tan mal.
Pero en cierta ocasión, el ave de mal agüero se posó en la ventana de Nicolás. Salió a la hora prevista. Se despidió como todos los días de la mujer y los hijos. Ese día sintió un deseo irrefrenable de abrazarlos a los tres. Hasta les tomó una fotografía con la cámara del móvil.
Ingresó en el vehículo, pero del lado del pasajero también abordó una presencia invisible. Circuló durante unas dos horas cuando dos individuos bien vestidos y con maletines le hicieron señas. Nicolás se detuvo y los recogió. Pidieron ir a un área concurrida del nuevo centro de la metrópoli, pero después cambiaron de opinión.
Presto, Nicolás torció el rumbo y se dirigió a un emplazamiento indeterminado hacia las afueras. Uno de los pasajeros señaló el sitio donde debería terminar la carrera. Ya en la calle, haciendo el gesto de buscar el dinero para pagar, el que iba sentado detrás del asiento del conductor sacó una pistola de 9 milímetros y le disparó a Nicolás en pleno rostro. La bala entró por el ojo derecho y salió por encima del arco de la oreja. El cuerpo del infortunado convulsionó unos breves momentos y después cayó hacia el lado derecho.
La invisible presencia rozó el rostro ya sin vida de Nicolás con sus manos traslúcidas. La sangre había salpicado el parabrisas, los asientos y la consola. Parte de la masa encefálica se había adherido a la ventanilla contraria. Los asesinos le sacaron del taxi y lo tiraron a unos matorrales. Se hicieron del automóvil para cometer otros delitos. No se supo quienes eran. Nicolás fue encontrado a la mañana siguiente por unos transeúntes que llamaron a la policía.
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Roderick Guzmán Meza


