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Charles Darwin y la muerte de Dios

Permalink 13.02.09 @ 21:32:56. Archivado en Ciencia, Medicina, Tecnología, Biografías

Charles Robert Darwin estudió teología. No fue desde un principio un frío y calculador hombre de ciencia. Pero su configuración intelectual, su curiosidad y su visión se conjugaron para cuestionar las creencias establecidas.

Su idea de la creación del universo, sin embargo no escaparía de la influencia del dogma judeo-cristiano. Fue un apasionado de los viajes y el amor que profesaba a su esposa le creó una imagen de hombre bondadoso y fiel. A pesar de su colosal capacidad de análisis, era un hombre modesto. Este 12 de febrero se han conmemorado 200 años de su nacimiento.

¿Se habría sorprendido este tímido investigador inglés al ver el rosario mundial de homenajes que en su nombre se han llevado a cabo? Por supuesto, el hombre que nos hizo descender de criaturas inferiores, piojosas y salvajes y estremeció la grandiosidad de nuestro ego, hubiera preferido encerrarse en su biblioteca para continuar con sus estudios.

Darwin nos dijo que nuestros orígenes no son tan grandiosos como imaginábamos. Ni de las estrellas ni de los racimos de galaxias que adornan la noche. No tenemos origen en la inalcanzable región donde la divinidad esconde su esencia.

La idea de la creación a imagen y semejanza de Dios comenzó a erosionarse. Los mosaicos de ese mural comenzaron a caer hecho pedazos. En vez del edulcorado y colosal anciano imaginado por los artistas del Renacimiento, se asomaba entre los matorrales la faz oscura, de morro babeante de un mono.

El científico se atrevió a contradecir esta tradición. Nada de Dios, nada de ángeles ni potestades, nada de patrias celestiales, nuestro origen estaría en un bicho insignificante, en una criatura que se encaramaba en los árboles y que se alimentaba de escarabajos y cucarachas.

La investigación condujo a Darwin a un escenario donde bestias escamosas se solazaban en hediondos charcos de lodo y frágiles y ruidosos simios defecaban en lo alto de la arboleda. Abominable para la visión, los antepasados de la humanidad emergieron de espeluznantes fosas, de tétricas hendiduras en las rocas o en la tierra.

Nos hizo despertar de una ilusión. Dios no estaba por ninguna parte. Su manto de estrellas era un simple lienzo decorado por el azar y la casualidad. Los impulsos posteriores que fueron capaces de crear la vida, según otro erudito, Arthur Schopenhauer, han de haber sido estimulados por la inconsciente fuerza de la voluntad, ciego motor, imposible dinamismo que funciona tanto en los seres vivos como en las formas inanimadas.

Darwin nace el 12 de febrero de 1809, en Shrewbury, Inglaterra. Su familia era acomodada. Durante su infancia mantuvo contacto con científicos. Su padre fue médico y su abuelo Erasmus había sido naturalista.

La hipótesis mendeliana fue confirmada en estos dos eslabones de la misma familia. El abuelo confiaba en descifrar la ecuación de la creación en la misma naturaleza. Allí, según él, se encontraba escondido el código que revelaría el terrible secreto. No pudo Erasmus acercarse a su núcleo fundamental, pero el nieto retomaría el sendero.

Darwin pretendió complacer al padre y estudió medicina en Edimburgo. Al final, terminó aburrido como una ostra en las ascendentes tribunas del aula. Desde arriba veía al académico como un pequeño chimpancé vociferante. Adormecido justo en la esquina, al lado de la escalinata de salida, Charles debió soñar con una concatenación que conducía hacia el pasado terrestre más rústico y no hacia las lejanas nebulosas donde Dios se encontraba escondido desde hacía miles de años.

La educación de la época no estaba exenta de la influencia religiosa. La ciencia llegaba hasta el punto donde no contradecía a la iglesia. Trascender esa línea significaba el aislamiento, la condena y si se quiere el exilio intelectual.

Para Darwin era de difícil comprensión el hecho de que el cristianismo amenazara con un castigo eterno a quienes cometieran la osadía de cuestionar sus postulados. No creer en la teoría creacionista era acercarse al ígneo y fantasmagórico infierno. Consideraba esta posición como algo desleznable.

Toda la vida de Darwin dio un giro inesperado cuando conoció al capitán Robert FitzRoy, capitán del HMS Beagle, embarcación de la marina inglesa que tenía interés en ser acompañado en un viaje alrededor del mundo de alguien con conocimientos científicos.

En su camarote, Darwin escribiría que había descubierto un nuevo mundo. Sus reflexiones eran contundentes y atentaban contra la meliflua enseñanza de la religiosidad. En una noche austral, mientras recorría los mares sudamericanos, el científico señaló que “los monos hacen a los hombres”.

Todo el andamiaje del ego humano se vio erosionado. Desde lo alto de su torre de narcisismo, cayó estrepitosamente. Convencido de que era el resultado de una intervención divina, la criatura humana sintió en su costado una rasgadura. Las observaciones de Darwin argumentaban con contundencia que el hombre y la mujer habían sido creados a partir de animales.

Tal vez sin quererlo, Darwin expuso una teoría en la que no tenía cabida Dios. El lugar del ser magnificente inoculado en la mente de la humanidad como entidad creadora, comenzó a ser un sitio nebuloso, una dimensión donde se escuchaban ahora los aullidos de los monos.


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