Veinticinco años de eternidad de Cortázar
12.02.09 @ 20:25:24. Archivado en Cultura, Literatura, Biografías
Julio Cortázar amaba la soledad. Era un hombre que había aprendido a aceptarse a si mismo, de allí que estar solo fuera para él una de las experiencias más gratificantes y como pocos hacía de ese autoimpuesto aislamiento una jornada de creatividad, un período de productividad.
Podía pasar largos períodos en su cuadrante de silencio, ausente, con la vista sobre un ángulo de la pared o en la delicada sombra de una nube sobre la tierra.
Estar a solas era un proceso de iluminación para este escritor argentino nacido en Bélgica, era como estar ante un santuario donde esas voces que trascienden el tiempo y el espacio le insinuaban las formas de su universo personal. Pero no era un ser insociable, no.
Se identificaba con la tertulia, con la charla amena y despreocupada o con el diálogo complejo e intrincado. Cortázar también sabía disfrutar de la compañía de sus interlocutores. Les saludaba con su profunda voz, sonido peculiar parecido a las campanas en la plaza movidas por el recio viento antes de la caída de los rayos durante la tormenta.
Pero llegaba un momento en que el numen íntimo le rescataba. Entonces se sumergía en un ensimismamiento tenaz, con una copa en una mano y un cigarrillo consumiéndose en la otra. Se había lanzado a la oscuridad interior para encontrarse, porque a punto de estaba de quedarse anclado en la realidad material.
Nació Julio Florencio Cortázar en Bruselas, el 26 de agosto de 1914. Era hijo de Julio Cortázar y María Herminia Descotte. Vivió en Ginebra y en Zurich. Después de finalizada la Primera Guerra Mundial, se trasladó al barrio de Banfield en Buenos Aires.
Cortázar padre, pronto prescinde de Cortázar hijo y de la madre del futuro escritor. Les abandona a su suerte, les deja en la puerta, con la mano ensayando un saludo, con la mirada salpicada de dudas. Julio queda entonces insertado en un universo femenino, conformado por la madre, la abuela y la tía.
Cuando cumplió nueve años, Julio escribe su primera novela, de la que no tenemos más que la información general, no su título ni su argumento. Además, desarrolla su condición de naciente poeta. En 1932 obtiene el título de maestro normal y tres años después el de normal en letras.
Este autor de talla universal, comparable a Borges, Chejov y Poe, vivió experiencias literarias gratificantes y estremecedoras. Los libros fueron sus primeros compañeros, en la estancia, en la habitación o en la terraza, Cortázar se abandonaba a sus travesías fantásticas, mientras la casa bullía en movimientos domésticos.
Las experiencias de su vida eran convertidas en literatura. Su vida era una fuente esencial de argumentos y de tramas. Alguna vez bromeó con la idea de que no había vivido la vida, sino una suerte de ficción en la que la materia y los sueños muchas veces se fusionaban y le confundían.
Pero la vida está hecha de una sustancia multiforme y maleable. De sus avatares surgen fenómenos y rarezas que conducen por transparentes pasadizos hasta La Casa Tomada o la cinta asfaltada de El Perseguido, dos de sus cuentos más representativos, según algunos estudiosos de su obra.
Solía hablar solo en su alcoba. Caminaba de un lado a otro mientras pensaba o mejor, mientras llegaban a él desde universos alternos, los protagonistas de sus cuentos. Interpretaba a sus personajes, vivía como ellos en una cabina de transparentes cristales, desde donde podía mantener el contacto con el mundo verdadero. En el espejo transfiguraba su barbado rostro para sentir la vivencia imaginaria de quienes formaban parte de sí, pero que adquirían existencia independiente tan pronto concluía el relato.
Más cercano a la realidad, a la insinuación tangible de la voluntad cósmica, Cortázar percibió con estupor y hasta con dolor sus limitaciones en lo social y lo político.
Llegó a considerarse una especie de inútil animal en materia política. Para él era superior un humanismo más allá de los debates ideológicos. No encasillarse en determinada corriente era la forma más solvente de contemplar el mundo y de servirle.
No pocas veces los ingresos proporcionados por la venta de sus libros o la remuneración que por derechos de autor recibía, eran destinados a la ayuda de los detenidos políticos de Argentina y de varios países de América Latina.
El estilo de Julio Cortázar no compromete al lector con una sola expresión de la realidad o de la ficción. Cada historia imaginada por este argentino universal abre varios senderos hacia la realidad o la ficción, porque entre una cosa y otra no existen diferencias para las personalidades creadoras.
Su imaginación se esparcía con singular pericia y sutileza por muy diversos planos. Desde el descubrimiento de un planeta donde sus habitantes tienen formas de insectos gigantes hasta la fantasmagoría de una casa ocupada por fuerzas invisibles y amenazantes, Cortázar era un prestidigitador de la realidad.
De relaciones tradicionales como lo es el matrimonio, Cortázar substrae una furiosa desolación, un tenaz deseo de subsistir a los embates de la apatía y el aburrimiento como es el caso de No se culpe a nadie. En este paisaje de corte aparentemente sereno se traduce una angustia incorpórea, la agitación del espíritu por los amagos del azul duende de la ausencia.
En Instrucciones para subir una escalera nos lleva hasta el frío renglón del cálculo. El espacio es abierto e infinito, las estructuras que lo ocupan provienen de la ficción humana y como tal circunscrita a esas innombrables aperturas de la fantasía, cambiable y evanescente.
Después, no en orden cronológico, como si efectivamente se tratara de saltar sobre ella, Rayuela marca un hito y una trascendencia en la literatura hispanoamericana. Ese ir y venir sobre las páginas, esa irreverencia por la ortodoxia y la linealidad, crea de forma incontenible dimensiones y ámbitos que aún no han concluido sus posibilidades de cambiar.
Rayuela brinca un espacio hacia delante y retrocede tres. No importa la dirección ni el orden, siempre derivarán hacia planos de la realidad concatenados a través de una áurea urdimbre sin nudos visibles ni protuberancias que señalen el inicio o el fin.
Cortázar viajó por muchas partes. Encontró en cada región, en cada país símbolos para desarrollar la trémula esperanza de un perseguido o la alegre y aparentemente despreocupada ingerencia de los cronopios y las famas. Una suerte de retrato surrealista surge de esta visión. El mundo tangible es para él un laberinto de donde es preciso optar por el escape, por la evasión antes de extraviarse.
Julio Cortázar falleció el 12 de febrero de 1984 a causa de la leucemia. Su cuerpo yace en el cementerio de Montparnasse junto a su amada Carol. La tradición dice que al visitar el monumento fúnebre de este autor debe dejarse sobre él una copa de vino y una rayuela dibujada sobre una hoja de papel.
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Roderick Guzmán Meza


