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El Encuentro o la Pesadilla

Permalink 10.02.09 @ 22:14:51. Archivado en Ficción, Relatos

Cierto día llegó a mi puerta un hombre muy viejo. Su edad era incalculable. Tenía el pelo revuelto y entrecano, lo mismo que la poblada barba que sobre su pecho se derramaba como un arroyo.

Vestía una camisa que antaño debió ser verde, sin bolsillos, raída sobre la pechera y en algunos puntos donde el cuello había sido remendado sin mucho cuidado ni éxito; las mangas eran ya hilachas. El pantalón pudo haber sido negro y ahora era gris parduzco.

Calzaba unas alpargatas desvencijadas de material sintético. Pese a su apariencia paupérrima y a los desajustes de su rostro, extrañamente sin arrugas, observaba un atisbo de innegable dignidad en su postura.
Su voz era bastante grave y potente a pesar de los años que debían haber erosionado su aparato de fonación. En sus ojos brillaba un punto de entusiasmo y cada gesto que hacía levantaba invisibles criaturas de polvo y aire que revoloteaban por la estancia.

Traía en sus manos un cartapacio, manchado y raído en los bordes. Lo desastrado de la carpeta me hizo recordar cierto clóset que no había puesto en orden la semana anterior, a pesar de haber tenido toda la intención. Le hice pasar y después le guíe hasta la sala.

“Tengo que decirle algo, mi buen amigo”, me dijo mientras se sentaba en el sofá con insolvencia y evidente dificultad. “Usted ha sido el único que me ha atendido y me ha permitido pasar a la sala de su casa. Soy viejo y algunos piensan que mis palabras son meras necedades”.

Sintió comezón en la parte posterior de una de sus orejas y se rascó. Me pareció ver un halo de electricidad estática circuir su cabeza y parpadear en algunas variantes del ámbar en la punta de sus cabellos. Después se inclinó hacia delante para decirme casi en susurro que había descubierto el secreto y terrible nombre de Dios.

Me incomodé ante esta salida y por haber permitido al anciano que entrara a mi casa con semejante patraña. "Sería una descortesía lanzarle a la calle, deshacerme de él", pensé. Eran las cuatro y treinta de la tarde y todavía quedaba mucho, para que el día fuera desaprovechado escuchando los desvaríos de un sujeto poseído por la senilidad”, refunfuñé.

“Fue fácil, me dijo, le hemos otorgado a Dios tantos nombres como se nos han ocurrido, pero hemos ignorado el hecho de que el Creador se conoce a si mismo por uno que ha elegido Él mismo. No puede darlo a conocer porque sería como dominarlo, como servirnos de su esencia. Ahora, con este conocimiento, puedo decir que casi soy como Dios”.

Acto seguido enumeró todos los sustantivos y nombres por los cuales, recuerdo, he conocido a la divinidad del universo monoteísta. La lista fue larga y en un punto llegó a rozar ciertas voces un tanto desfachatadas en idiomas desconocidos y secretos.

“Si usted supiera, amigo mío, que la eternidad puede ser conocida por una delicada aspiración del aire, combinada con la conjunción de determinados burbujeos producidos por el encuentro de ciertos gases, algunos elementos y el silencio cósmico convertido en sílaba átona. Le digo que una burbuja de saliva en su boca, al ser reventada por el aire pronunciaría el terrible secreto. También puede hacerlo el crepitar de una célula hepática agobiada por la impiedad del licor o el canto de la oquedad más íntima y remota del músculo cardíaco cuando le estimule el deseo, la alegría o la rabia”.

Después de esto, comprenderán bien que comencé a deplorarme a mi mismo por haber cedido a mis buenas costumbres, a mi civismo, al respeto, a la solidaridad y la empatía, a las virtudes, al respeto y la consideración para con el provecto personaje.

Le pedí que me permitiera continuar con mis asuntos, pero no me prestó atención. Seguía hablando con incoherencia. Traté de hacerle callar al alzar la voz, pero continuó con su ininteligible perorata, como si ya no fuera yo más que una traslúcida figura sin sustancia ni peso ni gravitación.

Intenté despojarme del horror sagrado que me produce la idea de la muerte e imaginar al anciano en un féretro, como un pedazo inútil de carne magra y huesos quebradizos, como una amasijo de arterias resecas y músculos destruidos, como si fuera un animal traspasado por los dardos del tiempo.

Habló de historia. Rebuscó en el archivo de su memoria situaciones, en las que destacaban la existencia de fuerzas hostiles al descubrimiento del espantoso nombre de Dios. Ni la cruz, ni la corona, ni el cáliz, ni las nubes, ni las estrellas, Dios no está en ningún lugar de esos porque está hecho de nada y de vacíos. Nada lo representa, entiéndalo bien, ni la luz ni las tinieblas”. En este instante, ya no le comprendía. Comenzó a balbucear como vencido por una especie de ataque.

Entonces, comenzó a llover. No hacía frío, pero el viento golpeaba el cristal de la ventana con una fuerza un tanto peculiar. “Escuchas ese aullido”, me añadió mientras miraba hacia la ventana cruzada por el reflejo de un relámpago. “Esa es una voz, pero no es la voz de Dios, es la de todos los muertos, la de todos los que se han ido ya y ahora reclaman la presencia de Aquel a quien tanto esperaron y no ha aparecido por ninguna parte y al que tampoco encontraron cuando se marcharon de este mundo”.

Habló de réprobos, de impíos, también de santos, de discretos, de bondadosos y de indiferentes, de feroces y dementes, de monarcas y asesinos, de dictadores y de traficantes, de jornaleros y bebedores. Todos, a su manera, reclamaban la presencia de Quien no había sido jamás criatura evidente.

De pronto, se levantó, me miró como si no comprendiera mi presencia y dio dos pasos hacia la puerta, antes de entregarme una hoja que se encontraba dentro del portafolio. Me pidió no verla hasta que se hubiese marchado. Mientras esto hacía, pude observar que se desprendía de su desordenada cabellera una incongruencia de chispas oscuras.

Cuando traspasó la puerta, cerré tras él. Después miré la página que tenía en la mano. No había nada escrito en ella, ni un solo signo, nada de símbolos ni siquiera garabatos o huellas. Era una superficie inmaculadamente blanca y supremamente lisa. No era de esas hojas que han pasado de mano en mano o que se han ensuciado con humedad o el tiempo.

Absolutamente nada había escrito, dibujado o marcado en ella. La coloqué sobre la mesa y me asomé a la ventana. Pude ver al viejo a varios metros conversando animadamente con un árbol. Sin duda un loco, pensé, pero entonces, la hoja cayó sobre el piso y sin quererlo posé sobre ella una amplia pisada.

Cuando levanté el pie, el rostro del viejo se había dibujado sobre la yerma blancura. Sonreía y detrás de su cabeza, se levantaba una especie de ave oscura con una mirada helada y amarilla.


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Comentarios:
O quizás el encuentro y la pesadilla. Cuando viajamos en las alas de la fantasía todo es posible. Pero ojalá que el viejo que habla con los árboles no llegue a tocar a mi puerta.
Enlace permanente Comentario por More 11.02.09 @ 00:28

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