El Instinto de Muerte de Thomas De Quincey
05.02.09 @ 21:45:38. Archivado en Cultura, Literatura
Uno de los escritores más brillantes y raros, más insólitos y originales del siglo diecinueve, ha sido sin duda el inglés Thomas De Quincey, nacido en Manchester el 15 de agosto de 1785 y muerto el 8 de diciembre de 1859 en Edimburgo.
Sus experimentos creativos tomaron fueron estimulados en ocasiones por el consumo de sustancias alucinógenas. El opio y sus efluvios le proporcionaron ingentes dosis de imaginación y de estímulos para desarrollar una labor literaria, no muchas veces satisfactoria debido a las carencias de tipo económico que surgían al intentar mantener a una numerosa prole de ocho hijos y una esposa.
Tuvo el valor de romper paradigmas de elevarse sobre promontorios de indolencia para contemplar horizontes inmensos, donde titilaban esos argumentos algunas veces escandalosos. Para De Quincey, romper con lo tradicional, era una forma de representar su afán por la destrucción, su necesidad de acercarse a la muerte.
Su atracción por lo cruento, por lo salvaje e indómito del alma humana se refleja en sus trabajos, sobre todo en El Asesinato considerado como una de las bellas artes. Allí da rienda suelta a su necesidad de violencia, a su simpatía por el lado sádico de la naturaleza humana.
Beber la toxina de la enajenación le producía un extremo deleite. Se consagraba a disfrutar con fruición esas versiones de la realidad donde todo concluye con un inesperado arrebato, con un fatídico encontronazo entre dos fuerzas antagónicas, pero con la certeza de la eliminación física de una de ellas bajo un poder inexplicable adormecido en la mayoría de los seres humanos.
De Quincey alcanza ese nivel de lucidez y comprende que escondido en el corazón humano hiberna un monstruo a la espera de su primavera de sangre. Algunas condiciones sirven de motivación para su despertar y muchas son encontradas en su propio entorno y hasta en su identidad biológica.
Utiliza una forma de expresión grandilocuente para no crear sospechas. Solo los impensablemente grande, lo majestuosamente colosal, de manera evidente y abierta, puede tornarse invisible. De cerca no puede apreciarse la verdadera dimensión de una montaña, cuesta trabajo la magnificencia de un macizo si no guardamos cierta distancia.
Así, escuchar hablar sobre un crimen cualquiera o un asesinato, pierde la perspectiva que se recupera cuando uno se convierte en testigo o al menos en observador de sus consecuencias. Esto se transforma en un arte exquisito, en un movimiento próximo a la excelsitud y a la grandiosa divinidad, para el escritor inglés.
Para alcanzar este nivel de frialdad y de lucidez perversa, De Quincey ha debido comprender que las murallas biológicas pueden ser anuladas con una eficiencia casi artística, desatando la oculta y frágil contención de un aparato psicológico hambriento de brutalidad y muerte. Es decir, más que el asesinato propiamente dicho, importa la forma de llevarlo a cabo, el ingenio del trasgresor, la creatividad e imaginación del malvado.
Logró sumergirse en un tétrico universo, laqueado por tribulaciones y espantos, donde se retuercen ilustres exponentes del homicidio y del crimen. Allí debió, primero, levantar un censo. En un retroactivo efecto, el homicidio inicia la larga lista de ofensas contra la sociedad que puede ser concluida por la negación del saludo, las palabrotas o groserías domésticas como derramar el bote de desperdicios.
De Quincey dejó salir de su alma atribulada, toda la fuerza de su frustración, toda la desolación instalada en su mansión emocional. Sin embargo, no podía, por principios, por valores, por creencia o por civilidad, dejar escapar al monstruo. A pesar de mantenerlo encadenado, le permitió asomarse a los ventanales de su cárcel, mirar de lejos el movimiento cotidiano de la vida.
Allí debió paladear el delicado manjar del silencio después del último instante de la vida, contaminado por la violenta presencia del homicida, del rústico creador de la nada, de esos innombrables vacíos, de esas magistrales ausencias.
Utilizó sustancias enervantes como el opio, accesibles y poco combatidas en su época con una curiosidad intelectual, con una motivación racional para intentar descubrir la sórdida intención escondida en su alma e impedirle ver la luz, para no ser él un animal de presa, para aherrojar en la más oscura mazmorra a la entidad sacrílega oculta en su interior.
Como ocurre en no pocas ocasiones con quienes desarrollan alguna labor de naturaleza creativa, en este caso escritores, De Quincey debió enfrentarse a jornadas de espantosa esterilidad, de monumental aridez. Nada más aterrador para estas personalidades que enfrentarse al vacío, así que el opio, tal vez el láudano y el licor, estuvieron en su torrente sanguíneo estimulando misterios, desgranando terrores.
En su obra Del Asesinato considerado como una de las Bellas Artes, De Quincey eleva el homicidio a un nivel supremo, a un plano sutil donde pueden encontrarse las más asombrosas variables de la imaginación humana.
Una lírica estremecedora se vierte en sus páginas y en los espacios entre letras y palabras, un hilo de sangre que se desliza cual víbora que avanza hacia la víctima desprevenida. Ecos de los pérfidos personajes de Shakespeare, de los malévolos héroes de Homero y de aquellos malditos condenados al infierno de Dante resuenan en esos párrafos con la armonía del claviórgano de un monasterio y la vorágine del citadino bullicio de Londres.
De Quincey evoca la epopeya bíblica de Caín, la exalta a categoría de arte sublime, de epopeya del espíritu. El primer homicida es convertido en imaginativo poeta que tan solo con un pedazo de roca construye una catedral de inconmensurable belleza, una torre de grandioso barroquismo. Alaba su finura, su ímpetu, su corazón desmedido consumido por el fuego.
Caín al asesinar a su hermano desahoga una de las pasiones más esplendorosas, se sacude uno de los movimientos más terribles del alma humana espeluznada ante su inesperada aparición en unas coordenadas desconocidas donde la materia abunda y donde es posible revertir el proceso con algo de voluntad y de libertad de pensamiento y de acción. El logra demostrar la posibilidad de regresar a la nada idílica, al vacío de la bienaventuranza.
El Asesinato Considerado como una de las Bellas Artes es la defensa de un arte desconocido, de un oficio oscuro, el de eliminar a otro ser humano como si fuese un acto de creación a la inversa, no de destrucción, si no de la reversión de lo creado.
En esta obra, De Quincey alaba la belleza del acto criminal. Le ofrece valores cercanos a la grandeza de una escultura o una pintura, le concede una dimensión inherente a eventos cosmogónicos.
Es una belleza seductora, fascinante la de la efusión de sangre, entiendo en De Quincey, la del golpe certero, la de la entrada del puñal en la carne indefensa, la de la bala que ingresa entre los resquicios de la piel y los huesos hasta encontrar la bóveda sombría donde se ocultan los procesos vitales.
Sobrepasa este acto homicida la medianía de la masa, lo rupestre de su anodina existencia. Se introduce entre los crespones del parnaso fantástico de las realizaciones mágicas. Abel borrado para siempre del código material por su propio hermano, se inunda de sangre debajo del cielo abonado por el silencio de las nubes y la irascible mirada de un sol implacable.
De Quincey ha sabido hacer bromas en medio del más sobrecogedor sufrimiento, del más espantoso caos que destaca en su obra capital; ha tenido frases crepitantes ante la pena y la angustia al describir asesinatos cometidos por oscuros personajes en su Londres dieciochesco. ¿Habrá visto dentro de si demonios espeluznantes en una jornada de consumo de opio, mientras los vapores aspirados se convertían en macabras escenas de heridas abiertas y habitaciones revueltas o era en realidad un latente homicida ansioso por matar?
Deplora que la simpatía en los casos de asesinatos, se encuentre del lado de la víctima. Lo considera una vulgaridad, porque el instinto con que nos aferramos a la vida no pudo ser cumplido por haberse impuesto algo superior, porque esa necesidad de permanencia pudo ser destruida por una instancia suma, por una fuerza atroz, capaz de deslizarse entre canales, avenidas, pueblos, zaguanes, jardines y naciones, hasta alcanzar la palpitante huella de una arteria en el cuello por donde ha de penetrar el filo homicida.
Pero asesinar, para De Quincey, no es un instinto, es una motivación para los espíritus sensibles, para las almas de los poetas. Virtuosos son aquellos que superan las reglas, que denuestan la fe y las alegrías para consumir una vibración incontenible que surge de algún rincón lejano del universo y viene a materializarse en una decadente criatura como la humana.
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Roderick Guzmán Meza


