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El Mal de Alzheimer (Escenas Breves)

Permalink 03.02.09 @ 21:48:02. Archivado en Ficción, Ciencia, Medicina, Tecnología

Matías tiene 65 años y disfruta de su jubilación. Vive relativamente con holgura porque su pensión se lo permite. Ha logrado materializar sus más preciados sueños. Como hombre y ser humano se siente a gusto consigo mismo.

Su esposa, Sara, tiene 63 y goza de buena salud. Conserva aún cierta delicada lozanía, una elegancia majestuosa y serena en su andar y la alegría proveniente de la certeza de saberse amada.

Llevan casi cuarenta años de casados y se conocen en cada detalle. No hace falta la palabra para enterarse de los estados de ánimo o el quebranto. Nada les es ajeno, ni las miradas, ni los gestos, todo es un lenguaje decodificado.

Los dos hijos llevan sus vidas de manera normal. El varón es padre de dos y la mujer de uno. Viven a no mucha distancia de los viejos. Los fines de semana les visitan con la prole y sus respectivas parejas.

Cierta tarde, Sara ha terminado de cocinar y prepara la mesa para la cena. Ha sido ritual que a las seis, ella y Matías coman la última comida del día. De manera usual comentan los hechos noticiosos, los políticos también se encuentran en agenda. A Matías le ha gustado siempre el fútbol y Sara ha aprendido sus pormenores para no rezagarse en los diálogos.

Todo estaba dispuesto para dar inicio a la ingesta de los alimentos, en el marco de un crepúsculo color malva que se filtra por las ventanas abiertas. Sara coloca los cubiertos en esa curiosa forma de cuadrado que siempre le ha gustado a Matías.

Distraída en estos menesteres se encuentra y no ha reparado en el retraso de Matías. Le llama por el apodo íntimo, con edulcorada voz, con la cadencia de la mujer todavía no vencida por la rutina ni por el tedio de una larga vida junto a un hombre.

Va a la cocina a buscar el postre, tarta de piña con salpicadura de fresas. Sobre el plato parece un sol anaranjado rodeado de satélites color granate. Repite el llamado y sin esperar respuesta se dirige a la terraza trasera de la casa.

Matías está sentado con la boca abierta, con la mirada puesta en una hilera de hormigas que asciende por la balaustrada, quebradiza, oscura y ligera. Tiene los ojos abiertos como dos cisternas, la boca fruncida y los brazos colgados a cada lado del cuerpo que se encorva sobre el filamento de insectos que sube.

Sara le toca el hombro y Matías no responde. Un nubarrón atraviesa el horizonte. Los pájaros lanzan gritos en los árboles de almendras. A lo lejos, en un punto minúsculo, comienza a crecer la noche.
El hombre no ha respondido enseguida, parece estar petrificado, absorto en la contemplación, no ya de las hormigas y su interminable periplo, sino del núcleo mismo del vacío.

Después un inesperado y extraño movimiento de párpados le saca de su éxtasis y le devuelve a Sara que se ha mantenido a un paso de su marido, observando cada una de sus reacciones, el gesto impávido, la mirada imprecisa.

No hay antecedentes de esta conducta, por lo tanto Sara borra de su mente la bruma de la preocupación. Matías le sigue el paso hasta que se sientan a disfrutar su cena.

Ven la televisión, las telenovelas de siempre, alguna película que quedará inconclusa cuando les venza el sueño. Cada uno ha de cumplir sus protocolos de orden y aseo antes de ir a la cama. Él se empecinará en el cepillado de los dientes y el recorte de los vellos sobresalientes de la nariz y ella en la apertura de la ventana para la ventilación, la exacta colocación de las almohadas y las sábanas.

Con la placidez de los críos duermen, la noche pasa fugitiva y el día regresa con su luz tornasolada. Cuando Sara abre los ojos se percata de que Matías está de pie junto a la cama balanceándose sobre sus pies, hacia delante y hacia atrás. En su cabeza se ha atado una cinta elástica y entre sus manos reverbera el color mustio de una página del diario.

Balbucea y juega con la lengua detrás del labio inferior. Un hilo de saliva le cuelga de una de las comisuras, mientras sus ojos se hunden en las cuencas como si buscarán imágenes dentro de la cabeza. Matías intenta decir algo pero tropieza con una carcajada que le asciende desde la oscuridad de sus pulmones.

Sara le habla, le llama por el nombre íntimo, el apodo de alcoba, no surte efecto. Entonces recurre a la legalidad, al sustantivo escrito en la partida de nacimiento, a ese sonido duro, germánico, como una colisión de metales. Pero nada.

Llama entonces la mujer al médico de la familia que no se anima a un diagnóstico. En el hospital le someten a pruebas que tardarán en dar resultados. Al final, la contundencia del dictamen golpea en el rostro a Sara. Matías comienza a padecer la enfermedad degenerativa conocida como Alzheimer.

Ella piensa en el tiempo, en la soledad y siente miedo. Imagina como se irá desvaneciendo su imagen del pensamiento del hombre con el que ha compartido la vida. Piensa en la decadencia, en el dolor del silencio o de la incoherencia, en la insolvencia de una respuesta.

El proceso de decrepitud ha sido tan inesperado como feroz para Matías. Días hay en los que olvida dónde se encuentra, desconoce la voz y el rostro de Sara y le confunde con los muebles o fotografías. Silba como un pájaro cuando debería decir “buenas noches” y grita cuando la luna se asoma por la ventana con su rostro de humo.

Sara se sienta a llorar en la sala, en la soledad de las noches o en el hervor de la tarde. Mira viejas fotografías, recuerda canciones, sitios, momentos y sufre porque sabe que Matías ya no los podrá compartir con ella.

No hay manera de predecir o de conocer qué tipo de vida llevarán ahora, pero seguro será más que compleja. Los hijos sirven de apoyo, visitan a los padres, cargan con el viejo a todas partes, le llevan de paseo, pero él ha emprendido un recorrido del cual parece no habrá regreso.


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