Hillary Clinton podría decidir suerte de General Noriega
15.01.09 @ 21:09:23. Archivado en Guerras, Invasiones, Panamá
El 3 de enero de 1990 en la ciudad de Panamá, cerca de las ocho de la noche, fue detenido el general Manuel Antonio Noriega, que se había escondido durante varios días en la Nunciatura Apostólica, a cargo del ya fallecido Monseñor Sebastián Laboa.
El palacete diplomático se encuentra todavía ubicado en la exclusiva zona residencial y comercial de Paitilla, en el centro de la urbe istmeña, ceñida por un cinturón de rascacielos y un gigantesco centro comercial.
El sitio se encuentra resguardado por altas murallas de cemento, rematadas en capiteles de estilo romanizado. El portón está formado por dos enormes rejas de hierro colado pintadas de negro, donde una cámara husmea los alrededores.
Allí había llegado el depuesto dictador panameño, luego dos semanas de haber sido invadido el país por fuerzas militares estadounidenses, cuyo propósito era capturarlo para que enfrentara un juicio federal por delitos relacionados con el narcotráfico.
Las masas iracundas se apostaban frente a las instalaciones diplomáticas de la Santa Sede y reclamaban al tirano. Alguien recordó a Mussolini y los partisanos, pero un denso nubarrón impulsado por el viento del Pacífico se llevó lejos la idea.
Había un ambiente de muerte, un tufo a sangre en el aire; un descuido, alguna voz altisonante o una frase que estimulara el frenesí pudieron motivar la incursión de la multitud en los aposentos del representante del Papa para capturar al general y lincharlo en plena vía pública.
Pero esto no fue así, tal vez por el temperamento de los panameños, más acostumbrados a los breves estallidos de ánimo y no a la rabia sostenida. Es un pueblo alegre, pero desordenado, efusivo pero sugestionable.
Después de las conversaciones y las negociaciones, Noriega decide que ha llegado el momento de claudicar, de saborear la hiel de la humillación y entregarse a las tropas estadounidenses para ser conducido al tribunal de Florida donde sería juzgado.
Vestido con su uniforme verde olivo y con los galones de general sobre sus hombros, el hombre que rigió con mano dura los destinos de Panamá, sale custodiado por los soldados gringos quienes le conducen hasta el helicóptero de la DEA que los conducirá ante sus jueces.
Noriega fue juzgado, encontrado culpable y condenado a treinta años de prisión. Su celda estaba ubicada en el Centro Correccional de Miami. Han pasado diecinueve años y ahora el ex militar continúa apelando su posible extradición a Francia, donde le esperan diez años por el delito de lavado de dinero.
Ayer, ante un tribunal abiertamente escéptico y con la evidente intención de frustrar una vez más su apelación, con razón o sin ella, Noriega compareció dos años después de haber cumplido la totalidad de su pena en los Estados Unidos.
Los abogados del ex dictador basaron su alegato una vez más en la tesis de que es un prisionero de guerra y debe ser repatriado a Panamá de inmediato.
La audiencia duró unos treinta minutos y los jueces del Tribunal Federal de Apelaciones demostraron su duda sobre el derecho de Noriega de apelar la extradición a París.
Jonathan May, uno de los principales juristas de la defensa de Noriega, reafirmó la posición de su cliente, quien aduce ser un prisionero de guerra, sujeto a la Convención de Ginebra que dispone que el destino del prisionero, luego de cumplir su tiempo de reclusión, debe ser su país de origen y no debe ser extraditado a una tercera nación.
Por su parte, el juez Ed Carne dijo a May que “usted está utilizando las Convenciones de Ginebra como una fuente de los derechos de su cliente y la ley dice que no debe hacerlo.
El jurisconsulto fue preguntado por Carnes varias veces si el Congreso de los Estados Unidos no había eliminado los argumentos por él esgrimidos, cuando en 2006 aprobó una ley que creó procedimientos judiciales para enemigos detenidos en combate en la Base Naval de Guantánamo.
Ahora, se abre otro compás de espera. Noriega puede recurrir a la Suprema Corte de Justicia o ante la próxima Secretaria de Estado, Hillary Clinton, quien deberá decidir si envía al ex autócrata a las mazmorras de París o le devuelve a su suelo patrio donde le esperan varias penas de veinte años.
Recordemos que el ex general tiene ya 74 años de edad y su reclusión en una celda común podría ser modificada en Panamá por una retención domiciliaria. Sin embargo, las propiedades de Noriega han sido puestas en subasta por el gobierno a lo que el antiguo militar ha respondido con una demanda.
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Roderick Guzmán Meza


