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El Ludópata (Parte II)

Permalink 17.12.08 @ 22:02:59. Archivado en Cultura, Ficción

Ayer dejamos a X en los meandros de su actividad lúdica. Ha visto su dinero desvanecido, convertido en vagas formas sobre el lienzo de terciopelo verde de la mesa. Curioso efecto el de la merma este de crear más esperanzas, ante cada derrota aparece la ilusión de recuperarse.

Ha dejado firmados pagarés por no sabemos cuánto. Su desenvolvimiento ha sido considerado normal por la gerencia. “No es todavía un ludópata, todavía parece tener control”.

Ahora está sentado en una cafetería. Ante él una taza de humeante café le ha despabilado. Ha comprendido la dimensión de su derrota y reflexiona sobre la situación. “Muy bien, he perdido, pero tengo una idea que me hará recuperarme, sí”. Pero ni idea, ni cálculo ni nada, tan solo se avispa para enfrentar el cataclismo hacia el que se aproxima.

Dentro de si, asciende una oleada, un impulso muy parecido a la esperanza que le estimula una chispa de optimismo. Pocos minutos tarda en apoderarse de su espíritu una fe tan enclenque como falsa, pero X no es capaz de reconocerlo.

Toma el teléfono móvil y busca en su lista de contactos el nombre que se le ha ocurrido, mientras escribíamos el párrafo anterior. Detiene la pulsación de la tecla cuando encuentra el número de A. La conversación es breve y parece haberle complacido. Algunos minutos pasan, tal vez unos treinta o cuarenta, cuando A se presenta.

Las manos se estrechan y los parabienes se convierten en un ritual un tanto confuso. Enredados todavía están los deseos de bienestar mutuo, cuando X ha elaborado su próxima estrategia para intentar recuperar lo perdido ayer. Sin duda, el plan no tiene ni densidad ni peso.

Al parecer, todavía es un sujeto de confianza, su crédito y su palabra son buenos, los amigos creen en él, no tienen porque dejarlo de hacer, al menos todavía. Esta reputación le ha costado un esfuerzo que está a punto de hacerse humo.

Cuando llega al casino, un guardia le saluda y le revisa a la vez con un detector de metales. Vana rutina porque X es un hombre tranquilo, sin motivaciones explosivas, ni desequilibrios. Traspasa el umbral y se detiene a unos pocos pasos para mirar el entorno.

Alguien le saluda y responde de forma mecánica. Camina un poco hasta encontrar el sitio donde planea ejecutar su vindicta, allí donde ha decidido doblegar a la suerte y a las probabilidades. Hoy le ha llamado la atención la mesa donde se juega veintiuno o “black jack”.

Hagamos un salto temporal, no demos importancia a los tragos de ron con soda que ha bebido X, no reparemos en que su mente ha comenzado a soltar las amarras y a distraerse, no nos detengamos a contemplar cierto temblor en sus manos que han dejado caer varias veces las fichas; sería vano prestar atención a su corbata desanudada pero todavía colgada del cuello, un tanto inclinada sobre el lado izquierdo, donde su corazón late de forma violenta y le hace vibrar con cada pulsación.

Digamos de paso que las piezas que reemplazan al dinero son de diversos colores, azules, rojas, verdes, blancas, moradas y amarillas, según el valor que se le haya dado. Esta es una fórmula propicia para desvanecer el concepto del dinero, para borrar las denominaciones de los billetes de la mente, para retener tan solo un matiz, una tonalidad y perder la objetividad.

No cuesta nada imaginar que ha perdido, que se ha quedado sin recursos otra vez. No es tan difícil verle con los ojos desorbitados, mordiendo sus labios, estrujándose los dedos, jadeando de forma disimulada, mientras el sudor resbala por su frente a pesar del aire acondicionado.

Una joven de armoniosas formas, de rostro delicado y sonriente le ofrece otro trago. De casi un solo sorbo vacía el contenido mientras la joven se desvanece en las sombras. Tiene todavía unas fichas, no muchas, pero suficientes para arriesgar la última jugada con la que pretende recuperarse.

Pero el milagro no se materializa. La imagen sagrada más cercana se encuentra a unos dos kilómetros y X no la invoca porque no la recuerda la recuerda, por tanto se encuentra solo en el desarrollo de esta epopeya personal.

Y pierde hasta el último céntimo. Se queda mirando como la paleta en manos del tallador arrastra sus fichas. Se pierden en una distancia fantasmal, detrás de la lámina de fuego de una coordenada inaccesible.

En el puesto de la izquierda, a unos pocos metros, una mirada se posa sobre él. Es un hombre viejo barrido por la historia. Le nota escuálido de ideas y de apelaciones. Se nota que ha caído en un bache y que de allí le ha de costar levantarse y salir indemne. Pero los ojos que le observan se aburren y dirigen hacia otra parte la mirada.

X extrae del bolsillo de su camisa un bolígrafo y un pedazo de papel. Parece sacar cuentas, hacer operaciones, cálculos y su gesto demuestra contrariedad y miedo.

Digamos de una vez que X ha perdido todo su estipendio y lo que solicitó en calidad de préstamo al ya conocido A. Apenas cuenta con lo suficiente para pedir un taxi y regresar a casa. Piensa, piensa, piensa, pero nada viene a su mente, vacío y algunas distorsiones electroquímicas sin resultado surcan los hemisferios de su cerebro.

Rebusca en su memoria, sin embargo, nombres, direcciones, números de teléfonos: R, B, S, P, L. Hace las llamadas pertinentes, primero los rodeos, las ambigüedades, la diplomacia. Después, de manera un tanto torpe, argumenta sin elocuencia y recibe la respuesta que todos hemos anticipado: “no tengo dinero”, “ahora me es imposible”, “disculpa, pero no”.

Insiste hasta que por fin localiza a H que asiente a prestarle algo de dinero. X toma un taxi y se dirige al comercio de H. Logra lo propuesto y se marcha, pero ahora a casa para enfrentar sus obligaciones. Otro día llegará y está seguro de cobrar su revancha, pero no será hoy.


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