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El Ludópata (Parte I)

Permalink 16.12.08 @ 22:31:00. Archivado en Cultura, Ficción

X entra a un casino. En sus ojos se refleja el titilar de cientos de luces de colores. Son incesantes los fulgores amarillos, rojos, azules y verdes; de vez en cuando algún destello blanquecino se pierde en los rostros de los jugadores.

No está seguro de adonde ha de dirigirse. Es conducido por la inercia, por una especie de canto de sirena. A mano derecha una mesa donde una decena de sujetos, absortos en la contemplación de sus cartas, ignoran su entorno, mira con cierta duda. Decide continar.

A la izquierda, una ruleta gira como planeta en descontrol, como la rueda del tiempo, mientras una dama empuja unas fichas hasta ubicarlas sobre un número en un recuadro de color verde. Se escucha música ligera de fondo, el tintineo de monedas al chocar y el sibilante lenguaje de las máquinas.

Con las manos en la bolsa, X camina por un pasillo alfombrado. Repasa la circunferencia de varias monedas con sus dedos, perfectas, rayadas en los bordes, duras y frías.

Le sale al frente un individuo que se acaba de levantar del sitio donde jugaban a las carreras de caballos que recorren una imitación de pista de hipódromo y movidos por un poderoso magneto, controlado por una computadora. El hombre lleva consigo una bandeja con una incontable cantidad de fichas. En el rostro le ha sido esculpida un sonrisa inestable muy próxima al delirio.

Ofrece una disculpa que es ignorada. La frase se desvanece con el ulular de una bocina. Viene de la mesa de póker, donde alguien parece haberse llenado la bolsa porque recibe palmadas de los compañeros, un tanto resignados a tener que saludar a un ganador,siendo ellos perdedores. X siente en el aire el olor del terciopelo de las mesas, el corrosivo silencio de las aleaciones de las monedas, el dulce olor de los tragos y de los platillos que se preparan en la cocina.

Pronto sus manos se elevan en un acto de levitación y la derecha se lanza en picada sobre la billetera, a buen recaudo hasta este instante en uno de los bolsillos traseros, allí donde un botón le impide deslizarse al mundo exterior.

Con agilidad, con ligereza, varios dedos de su mano se mueven sobre un perímetro casi sin dimensión, allí donde el botón soltará el ojal y dejará en libertad los recursos de X, expuestos a la especulación y a la desconexión de los circuitos del razonamiento.

Se acerca X con un billete, la moneda de curso corriente en su país, bien pudieron ser pesos o colones o euros o dólares, el nombre es un asunto secundario. Se dirige a una ventanilla, donde una muchacha de aspecto pulcro, con chaleco negro, camisa blanca y corbata, con el cabello recogido en un moño sobre la hermosa cabeza y con un llamativo escote, le dedica la luz de su sonrisa.

Algunas breves y olvidadas palabras se han dicho. Las sonrisas persisten sobre el cortinaje de las penumbras, quebrantado por relámpagos de colores reflejados en los espejos que cubren algunos sectores de las paredes.

Una hilera de máquinas tragamonedas se encuentran en fila, serias, en equilibrio, majestuosas. Toda suerte de imágenes salta y se mueven sobre sus pantallas. Animales salvajes, inofensivas criaturas, pingüinos, pájaros, gatos o perros giran con celeridad, faraones, reyes, vaqueros, pieles rojas, números, arcones rebosantes de monedas y quién sabe cuántas imágenes más se mueven en una danza de seducción hipnótica.

X toma asiento en la que le parece más distante. Cuida su suerte, protege su perímetro de las miradas saladas, de los ojos pesados de los curiosos, de la baja magia de las entidades carbonizadas.

En la ranura de la máquina, a la derecha, inserta dos billetes. No alcanzamos a ver su denominación. Bien pueden ser de uno, cinco ó diez dólares que son casi arrastrados por un poderoso mecanismo de succión.

Al perderse el billete, comienza el movimiento de rotación de las figuras a las que deja su suerte X. Se mueven de forma vertical. Tres son las imágenes que deben repetirse en cualquier dirección, consecutivas.

Pero este día la suerte se ha sentado lejos de X. Probablemente se encuentre junto al señor muy delgado, de anteojos, algo seco de carnes, con ropas un tanto desordenadas y ajadas, que se levanta y busca entre los pasillos al encargado para que le convierta en valor accesible al cambio las fichas que ha ganado.

X tan solo miró de soslayo. Su atención estaba concentrada en unos ocho botones que se encendían y al ser pulsados entonaban un himno cibernético. No se ha dado por enterado de que ya tan solo están en sus manos dos billetes de un dólar, arrugados y sudados, entre los dedos.

Se da cuenta de que la máquina no le acepta estos harapos e intenta plancharlo con la palma de sus manos, pero es en vano. Entonces vuelve a la ventanilla donde hay otra joven. No es la misma sonriente, no es la misma de cabello teñido de castaño, sino una un poco más rolliza, igual de agradable, pero menos comunicativa.

Entiende que no todos son iguales y mucho menos se aventuran similitudes entre las mujeres, mucho más prolíficas de personalidad, mucho más virtuosas del espíritu, mucho más versátiles para las sutilezas.

Vuelve a su máquina, a su territorio, marcado con un diario que llevaba al entrar, es la marca de su propiedad, es la confirmación de que esa silla y la máquina poseen su señal. Los demás pasan de largo, no sin antes dedicarle alguna mirada sin mayores intenciones.

Miran la pantalla y notan la aproximación de una jornada de lamentos y de reproches, pero son incapaces de decir nada porque ese no es su segmento de universo, no es su terreno y deberán tan solo pasar de largo.

X vuelve a su lugar. Sabe que ha caído derrotado, que la suerte ahora se ha mudado al sito exacto donde la ruleta, en ese preciso momento, gira a una velocidad de vértigo si hubiese sido algún aparato de feria.

Los dos últimos billetes desaparecen dentro de la máquina. La boca oscura, con una abertura apenas insinuada, se ha engullido la materia prima del progreso y del intercambio comercial, del bienestar y el cambio. Sabe X que después de haberse perdido en las entrañas del aparato, esos dos pedazos de papel no volverán a su billetera. Pero, no importa, todavía puede enfrentar esta pérdida...CONTINUARÁ...


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