El Fantasma y las Obras de Arte
15.12.08 @ 22:03:20. Archivado en Cultura, Vidas Imaginarias
Es un tipo común, sin señas, marcas o cicatrices que sirvan de cabo al hilo del recuerdo. Ni muy alto ni muy bajo, ni grueso ni flaco. Silencioso y de caminar pausado, según afirman algunos que le han visto deslizarse entre la muchedumbre, no deja huellas, es una especie de fantasma. Es el hombre invisible, el agente que recupera obras de arte.
En un restaurante de Filadelfia se dieron cita una respetable cantidad de conocedores de arte, curadores, jefes de seguridad de museos y una cohorte de agentes federales, bajo cuyos trajes frías pistolas de 9 milímetros reposan en una cartuchera. Allí estaba esta evanescente entidad.
El hombre invisible se retira del servicio activo, deja atrás el cristal de la sagacidad hecho pedazos. Los espejos no reflejan su rostro. Su silueta no se delinea contra las paredes, su sombra no lo sigue y sus pasos no dejan huellas ni en la arena ni en el barro.
Mientras sirvió como agente federal especializado recuperó cientos de cuadros, estatuas y esculturas. Era capaz de hacerse humo y los escenarios de los delitos no retuvieron siquiera una molécula de su aroma.
A pesar de su eficiencia no puede ser famoso, ni ser objeto de homenajes ni reconocimientos. Lo que menos le conviene es darse a conocer, ser seducido por las pantallas y las cámaras. Por eso la neblina ha sido su campo más propicio para la acción. Es fantasma y pálido destello.
Quienes hayan escuchado alguna vez su voz, no han podido retener sus matices y los acentos por él utilizados han sido de lo más difusos.
Alguien dijo que parecía el sonido de piedras que chocan entre sí o el de los metales fatigados o tal vez la corrosión de la madera acometida por la humedad y el calor.
Han dicho que su nombre es Robert Wittman, pero bien podría llamarse Charles Martin, William Bedford o James Payne o acaso José Rodríguez. Sus tarjetas de identificación muestran a un sujeto barbado, calvo, greñudo, con ojos azules, verdes, grises o marrones. Como experto en arte, debe ser cuidadoso con los sitios donde posa sus manos para no dejar huellas que permitan su identificación.
Vestido impecablemente en las salas de subasta o en las galerías, en las recepciones o en las reuniones de negocio, pero al caminar por las calles, o los parques podría encajarse unos desteñidos “jeans” o tal vez unos caquis con zapatillas o botas. Franelas, T-shirts o polos también podrían servirle para despistar; una cojera, un tic o un gesto deforman su personalidad.
Una de las operaciones que se recuerda entre los pocos compañeros que le conocen fue la que le permitió la captura de un traficante de objetos de arte, que pretendía venderle un autorretrato de Rembrandt.
Estuvo a punto de ser atrapado por la policía de Dinamarca mientras interpretaba su papel de comerciante corrupto. Tuvo que huir entre la multitud y esconderse en el cielo raso de un sanitario, de donde salió por la ventana para caminar por una cornisa a cuatro pisos de la calle vestido como un potentado árabe.
Se estima que los robos de obras de arte representan un negocio de grandes ganancias. Anualmente se dice que las utilidades obtenidas en estas actividades ilícitas alcanzan sumas que oscilan entre los mil 500 y los 6 mil millones de dólares.
El robo de obras de arte ocupa el cuarto puesto en la lista de los delitos internacionales, tan solo superado por el narcotráfico, el trasiego de armas y el lavado de dinero.
Es una industria completamente globalizada con focos de trámite, movilización, contactos, compradores y vendedores. Cuadros robados en Europa podrían aparecer en Japón, Estados Unidos, Australia y otros países. Su pujanza se incrementa porque son fáciles de transportar a todas partes, convertidos en un rollo o en un paño.
En ocasiones, si un ladrón es atrapado por un agente, este puede argumentar que es una copia que lleva como regalo para su esposa. El personero de la ley, al no ser experto en arte muchas veces ha podido ser engañado. Esta carencia permitió a Wittman convertirse en el número uno de la actividad.
Entre los trofeos de este agente especial se pueden mencionar telas de Rembrandt, Goya, Brughel y Rothko, así como el penacho emplumado del jefe apache Jerónimo y un pedazo de oro sólido de una armadura inca.
Wittman o como quiera que se llame ha actuado solo la mayor parte de su carrera. Cualquier otro sería un bulto. Hoy día se necesitan al menos 12 agentes para poder llevar a cabo una labor de recuperación eficiente, similar a la de este traslúcido virus.
Parte del trabajo de Wittman consistía en hacer amistad con personas para después traicionarlas. Ganaba la confianza de los transgresores, se convertía en uno de sus más simpáticos camaradas y después clavaba la estocada fatal.
Caía sobre ellos con la rapidez de la tormenta y les enviaba a la cárcel. Sus nervios, tan templados como las cuerdas de un violín, no le traicionaron jamás. Su capacidad de seducir y para fingir era parte de su bagaje teatral.
La única frase que le han reconocido: “Se trata de salvar la propiedad cultural de la humanidad. En cada país hay una herencia cultural distinta y salvar estas obras nos acerca como humanos. Cuando se trata de arte, es visceral. Nos afecta de una manera profundamente emocional.”
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Roderick Guzmán Meza


