El Silencio y el Vacío de la Muerte
11.12.08 @ 21:39:58. Archivado en Cultura, Religión
Hace poco vimos en una página de noticias de la red, la fotografía del Primer Ministro de Rusia, Vladimir Putin, mientras daba un beso en la frente al fallecido patriarca de la Iglesia Ortodoxa, Alexis II.
No reparamos en el ornamento de la catedral, ni en los innumerables cirios encendidos, ni en la policromía de los pétalos de las flores, ni en los rostros enrojecidos y tristes de los concurrentes al funeral de quien había sido el líder espiritual de los rusos durante tantos años.
No se nos ocurrió pensar en la historia de esta fe eslava, en sus avatares y sus luchas, para nada cavilamos en los rituales, en los incensarios ni en las interpretaciones bíblicas, ni en el frío peregrinar de los enlutados rusos hacia su profesión de fe; tampoco dimos cabida en la mente a las diferencias dogmáticas que existen con las demás religiones cristianas.
Impresionados por la imagen de un hombre muerto vencido por el tiempo, acribillado por la decrepitud del cuerpo, insultado por la decadencia, se adicionó entonces la del individuo creyente, la del personaje que dedicó su vida a la observancia de determinados patrones de conducta, basados en la fe, sea cualquiera su versión de la esperanza y sus ilusiones metafísicas.
Vino a nuestra memoria la angustiosa imagen del papa Juan Pablo II, tembloroso y maltratado por heridas del cuerpo y del espíritu, frustrado por la imposibilidad de expresarse a través de las palabras. También delineamos los marcos de ciertos ambientes un tanto difusos para nuestras experiencias, como lo son las mezquitas, las sinagogas, los minaretes y otros sitios sagrados de congregación.
Esos individuos de fe, esos hombres de espiritualidad ¿habrán verdaderamente entrado a una dimensión de beatitud, a un mundo donde el espíritu resplandece en torno a mundos de terciopelo y resplandores estelares?
Debemos reconocer que sentimos cierto temor por la posibilidad de que estos hombres, en su viaje hacia lo ignoto, hacia las anheladas praderas de descanso y de infinita felicidad, al amparo de las alas de la divinidad, no hubieran encontrado nada, solo oscuridad y silencio.
Les imaginamos al cerrar los ojos, luego de la angustia de la agonía, de la desesperación por tener sentir el desvanecimiento de la conciencia; después del último suspiro, el silencio, tal vez alguna sílaba retumbando hasta convertirse en susurro y luego en nada.
¿Qué imagen perduraría entonces en ese cerebro ya cerrado a los estímulos de la materia burda, mientras se deshacía de todo lo grabado en su lienzo, ahora convertido en vacío y en sombras?
El terror de haber dedicado una vida a predicar la bondad de un dios y encontrarse al final ante un precipicio sin fondo, debe ser la más espantosa de las visiones o si se me permite, de las no-visiones.
Estos varones encerrados en sus propias creencias han de morir como todos nosotros. La vida no es una posesión muy prolongada, pero ellos han de cifrar sus esperanzas o expectativas en una verdad acribillada y porosa que no puede sustentarse y mucho menos comprobarse.
Ha de ser, sin duda, verdaderamente, terrorífico irnos desvaneciendo y convertirnos en una masa fría e insensible mientras luchamos por aferrarnos a una quimera, a una ilusión improbable.
"MUERO HORACIO... EL RESTO ES SILENCIO"... WILLIAM SHAKESPEARE.
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Roderick Guzmán Meza


