Oscar De la Hoya masacrado por Manny Pacquiao.
10.12.08 @ 20:22:15. Archivado en Cultura, Deportes
Somos aficionados al boxeo. Tal vez es una forma de catarsis para diluir la densidad del estrés, los embates de la angustia existencial o quizás porque en el fondo, somos todavía bárbaros trogloditas con un fondo de sadismo.
En Panamá es un deporte de masas, tal vez solo superado por el béisbol. Nada como una cartelera boxística internacional presentada en la televisión, para destinar algunas horas a la contemplación de dos individuos con afán de destruirse por dinero y fama.
El pasado sábado se presentó una ocasión más para departir con los amigos en un evento de magnitud, como fue la que presentaba como pleito estelar el combate entre Oscar De la Hoya y Emmanuel Manny Pacquiao.
Durante varias semanas se habló sobre la dimensión épica que representaba esta pelea para Pacquiao, un boxeador filipino que ha logrado ceñirse cuatro cinturones de campeón mundial en igual número de categorías, pero que en esa oportunidad subiría al cuadrilátero cargando un peso nunca antes incorporado a su masa corporal para realizar un combate.
Enfrentaba el tagalo a un hombre de trayectoria monumental, a una leyenda viva, a un rey Midas del boxeo: Oscar De la Hoya, campeón olímpico y diez veces titular en seis pesos diferentes, algo inédito en la historia del deporte de las narices chatas y los coliflores detrás de las orejas.
Los argumentos eran contundentes y parecían irrebatibles: Pacquiao había comenzado su carrera en la categoría mosca con 112 libras (50.90 kilogramos) y había escalado con el tiempo hasta llegar a las 135 (61.36), peso en el que recientemente había vapuleado en nueve giros al campeón, David Díaz, un sólido peleador, con resistencia y fuerte pegada.
Pacquiao lo destruyó, lo golpeó sin casi resistencia, con impunidad y después, sin previo aviso aceptó una pelea con De la Hoya, un peso welter natural, a quien le quedan cómodas las 147 libras (66.81) pactadas para realizar el pleito, categoría donde había demostrado una sólida pegada y una exquisita velocidad.
El filipino parecía haberse enredado en una maraña de la cual no saldría inmune. Todo parecía apuntar a una debacle, a una masacre en cuestión de minutos. Los golpes de Oscar De la Hoya deberían resonar en la estratósfera, al aterrizar sobre la humanidad de Paquiao.
Las casas de apuestas daban una gabela de 4 a 1 a favor del peleador californiano, De la Hoya. A Pacquiao apenas se le concedía el factor sorpresa para alzarse con la victoria. Sin embargo, la noche del 6 de diciembre, la historia se escribió de manera sorprendentemente inesperada.
Desde el primer campanazo, el filipino demostró no tener el mínimo temor a los diez centímetros de altura que le llevaba el peleador latinoamericano, así como tampoco a la desventaja que en alcance mantenía el ex olímpico.
Fue rápido, muy rápido, relampagueante diría; fue feroz, si me permiten la analogía, un perro de presa, un depredador frío y calculador; fue certero, atinado, sin espacio ni motivo para el error. El rostro de De la Hoya fue el blanco específico desde ese inicio y sobre él cayeron de forma rotunda e irrevocable de los golpes de derecha e izquierda del astro asiático. Para el cuarto asalto, el pómulo izquierdo del hombre de California presentaba una creciente tumefacción y una amenaza de corte sobre la piel debajo del ojo de ese mismo sector de su rostro.
No había vestigios de aquel De la Hoya de veloces movimientos, de violentos ataques, de imponente fortaleza, aquel hombre que destruyó de forma inmisericorde al guerrero mexicano Julio César Chávez y pulverizó a hombres como Ike Quartey y Obah Karr.
De la Hoya era apenas un mecanismo desarticulado, una organización biológica sin coherencia, asaltada por las telúricas manos de un hombre más pequeño pero cuya capacidad de encajar sus manos fue demostrada con eficiencia.
Llegados al séptimo giro, el mexicano-estadounidense recibió fuertes cuerazos y comenzó a sangrar por la nariz y la boca. Su respiración era anhelante, jadeaba porque sus pulmones ya no podían retener aire suficiente y sus piernas comenzaban a temblar, incapaces de sostener el peso de su cuerpo lastimado.
En el octavo round, Pacquiao se mostró más decidido y golpeó arriba y abajo al Chico Dorado. Lanzaba sus arpones a la región media donde se encuentra la serpiente intestinal, donde el hígado y el páncrear se esconden tras la curvatura de las costillas.
Al sonar la campana, De la Hoya caminó trastabillando hasta su esquina. Del lado opuesto, Pacquiao observaba su obra, se derrumbaba una sólida arquitectura, el trabajo de demolición era eficiente. Sabía que sería cuestión de tiempo, al menos un minuto y medio ó más, antes de que la leyenda y futuro integrante del Salón de la Fama de Canastota, Nueva York, cayera destruido por el fuego de Manny.
De la Hoya, sin embargo, tiene mucha experiencia y supo que el final estaba allí, cerca de él, el KO estaba dibujado en los guantes de su adversario con las letras de su nombre surcidas en colores inéditos y dijo “basta”. El árbitro se acercó para corroborar el bisílabo y recibió la confirmación del entrenador.
Se devolvió entonces mientras señalaba con su índice derecho a Pacquiao que deslumbraba el estadio con una de sus contagiosas sonrisas de hombre humilde pero triunfador.
Al final, Pacquiao le dedicó unas nobles palabras a su derrotado rival: “Sigues siendo mi ídolo”. De la Hoya respondió con un caballeroso: “No, tú eres mi ídolo”.
Más de la mitad del público no podía creer que la leyenda cayera de manera tan estrepitosa, pero era tan solo asunto de esperar. Los tiempos de gloria terminaron y el organismo de De la Hoya se lo ratificó el sábado por la noche.
Comentarios:
Fue mas boca que accion, nadamas que aqui hay algo incomodo, hablo por los Mexicanos, el es mexicano cuando le conviene, no es posible que Pacquiao sea invencible "$", o mas bien que la mafia del boxeo en las Vegas, comandada por Bob Arum, sea quien decida las peleas en las Vegas, a decir verdad creo que Manny Pacquiao se burlo del espiritu mexicano del boxeo una vez mas, siempre que lo hizo con boxeadores que estaban por retirarase (morales, barrera), la derrota que le dieron a Marquez esta de pensarse, creo que esta pelea de De la Hoya vs Pacquiao es lo que siempre fue, un negocio. Pacquiao no tenia que demostrar nada, el tomo la pelea enserio, de la Hoya no! pobre Pacquiao tuvieron que comprar su inmortalidad, de la Hoya solo dijo: aki estoy golpenme aguanto hasta el noveno round denme mi dinero y me voy!!
En mexico esta por incubarse la proxima generacion de boxeadores, a los cuales surgira ...
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Roderick Guzmán Meza


