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Jean Marie Gustave Le Clezio y Elvira la cuenta cuentos.

Permalink 09.12.08 @ 20:40:28. Archivado en Cultura, Literatura

Quiso ser marinero, pero sus ojos no enfocaban el horizonte, no podían diferenciar entre las nubes y los pájaros. Desprevenido sobre la proa, su miopía le hacía tropezar con las jarcias e irse de bruces contra la cubierta, mientras las gaviotas reían y los remolinos de agua y arena mecían el barco. Jean Marie Gustave Le Clezio no pudo hacerse a la mar porque su incapacidad visual no favorecía su afán de levantar las anclas y navegar.

Le Clezio lejos de sentirse incapaz para la aventura, se dedicó entonces a la literatura. No podía desarrollar labor de mar pero otro tipo de viajes le permitió conocer un mundo que primero le llegó por el estudio de la conquista de México.

Ahora se prepara para recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo. La helada capital sueca ha servido de escenario para que el autor francés de origen mauritano le dedicara su discurso previo a la entrega del galardón a Elvira, una indígena del pueblo emberá, que habita las selvas panameñas de Darién.

Le Clezio ha destacado la influencia en su obra de América Latina. Lo que él supuso la desaparición de las culturas indígenas le sirvió de estimulante, de movilizador del ingenio y el pensamiento para desarrollar una obra multicolor, llena de sonidos, de formas y también de sombras.

El ataque a las culturas indígenas de América ha sido uno de los dramas más grandes en la historia de la humanidad, ha dicho el Nobel al referirse a la inspiración producida por esa epopeya.

Con estupor y decepción, Le Clezio afirma que “los conquistadores llegan a México en el siglo XVI y se encuentran con una sociedad perfecta que funciona de manera absolutamente ejemplar, que tiene una filosofía, una literatura, una moral muy fuerte y esa sociedad es abolida en el espacio de menos de cien años. Desaparece con un tercio de la población”.

Este marinero malogrado también se imaginó como arquitecto, pero las matemáticas no eran su fuerte, nada de números, ni de ecuaciones ni de cálculos, ni de dimensiones ni espacios. Su mundo estaba ligado a los mensurable, sino a uno mucho más rico, menos riguroso, menos tangible, pero con más variables, con más colores y formas, el de la literatura.

Ser marinero significa viajar, recorrer el orbe, ver amaneceres y ocasos, estar en un puerto hoy y mañana recrearse con otros paisajes. Le Clezio debió ver los barcos zarpar desde los fondeaderos y sentir que quedaría anclado, pero su afán por demoler murallas y saltar hasta territorios lejanos lo envolvió en la aventura de las letras.

Desde su escritorio viajó en su imaginación a parajes exóticos, como después se lo permitió la vida y los recursos y en esas tierras de selvas espesas y lujuriosas pudo encontrar el oro sagrado, el rico matiz de los minerales de la imaginación.

Vivió entre los emberás en el denso macizo selvático de Darién, una provincia que sirve de barrera natural al flujo humano y animal que proviene del sur. Allí escuchó el aullido del mono, el grito del loro, pudo ver el aleteo del tucán y contemplar el sinuoso movimiento de ls boa.

También estuvo entre los indígenas mexicanos y se maravilló con su historia. Supo de los demonios y de los dioses, supo de la dignidad de los emperadores y de la riqueza aurífera de sus naciones. Conoció el valor de los guerreros y colocó sobre su testa el penacho multicromado de los sacerdotes.

Ahora reside en la ciudad de Albuquerque en Nuevo México, territorial y legalmente unida a los Estados Unidos, pero muy arraigada a la cultura del vecino del sur.

“Al vivir en Estados Unidos, uno tiene la extraña sensación de estar rodeado por amenazas en todas partes’’, dijo, no sin parecernos una comparación con el paraíso que se levanta del otro lado del muro discriminador.

Ahora, el marinero frustrado viajará a la capital de Suecia, la gélida Estocolmo, donde ha de recibir el premio que le reconoce para la posteridad como uno de los más destacados literatos de este siglo veintiuno.

Desde el estrado donde estarán junto a él los demás galardonados y ante un salón repleto de personajes elegantes con ricos vestidos y sombríos entrecejos, Jean Marie Gustave Le Clezio, seguro pensará en Elvira, la cuenta cuentos emberá que narra historias de la selva para poder alimentarse.


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