Aproximación a una catástrofe
25.11.08 @ 20:50:31. Archivado en Relatos, Noticias
La primera nube llegó de algún lugar distante en el mar, donde los barcos se mecían indiferentes sobre las las ciudades de algas y corales. Todavía tenía residuos de sal en sus bordes cuando se posó sobre los sembradíos de cebolla de Boquete. Su sombra adquirió la forma de un animal fantástico, un monstruo bicorne que se posaba sobre los jornaleros que recogían la hortaliza durante su faena diaria.
Después llegaron los nubarrones en tropel y ciñeron las copas de los grandes árboles. Algunas se deslizaron con elegancia y sutileza hasta convertir a los individuos formas difusas y movibles que formaban una bitácora de líneas invisibles sobre la tierra.
Luego cayeron algunos goterones sobre los tejados de las casas, de esos pequeños chalet con aspiraciones a ser semejantes a las edificaciones suizas, pero con una elegancia pueblerina y un tanto rústica. Golpeaban tan fuerte sobre las láminas de zinc que los niños, a esa hora de la tarde, no podían escuchar la televisión.
Pocos minutos después el viento irrumpió en un callejón por donde el río iniciaba un declive desde la montaña y se expandía como una cinta transparente entre dos riberas de hierbas nuevas que se mecían como odaliscas en miniatura.
El paisaje se tornó gris, el verde brillante de los pastos se deshizo en pequeños corpúsculos del color del tungsteno. Una alfombra de rosas, magnolias y azucenas surcidas con delicada previsión, desapareció entre la niebla que se levantó de pronto, como han de levantarse los muertos. Nadie supo de donde llegó la turbiedad, nadie estaba preparado para resistir su locura.
Hubo un silencio denso, como cuando nos hemos sumergido en los abismos del sueño. Todo se detuvo poco antes del primer relámpago que incrustó su aguja entre las raíces de una hilera de zanahorias.
Entonces se vino el mundo encima. La tempestad demostró toda su ira, toda su dislocada perversión, se lanzó sobre la tierra con las garras abiertas, con las fauces exhalando un vaho de miedo.
Los peones recogieron sus bolsas, sus chuzos y subieron a los vehículos con la mitad de la cosecha de verduras. Bajaron por la vieja carretera que tras de ellos comenzaba a cimbrear como una serpiente.
La corriente apareció entre dos laderas. Bajaba con un ensordecedor griterío de burbujas que, en creciente vociferación, se tornó en la sinfonía de una inundación no esperada, de una riada impensable cuando el año declinaba.
Arrasó todo a su paso, animales, casas, puentes, carreteras, iglesias, graneros, abrevaderos y todo el equipo de la cosecha. Flotaban sobre sus aguas los cuerpos inertes de las vacas, las cabras, las ovejas y los perros. Entre ellos surgió el rostro silencioso y aterrado de un viejo.
Quienes lo vieron se dieron cuenta de que era ya un cadáver y lo dejaron ir solo, entre las bestias, como un pastor de macabro rebaño. Lo último que distinguieron fue su perfil deformado por la maleza y el lodo.
El río Caldera se había despertado de su letargo, se sacudió las hombreras de su chaqueta de odio y se lanzó sobre la pendiente para desbarrancar los cerros y arrasar con las estructuras consideradas imposibles de derrumbar.
En el techo de una casa, unos niños se aferraban a las vigas que habían quedado expuestas por la fuerza del vendaval. Alguno cayó dentro de un establo, sobre un montón de paja y estiércol. Otro fue lanzado contra la maquinaria que todavía permanecía intacta y un tercero resbaló hasta desaparecer en la apoteosis de fango y agua.
A unos metros, unos indígenas trataban de rescatar sus artesanías, pero la riada los alcanzó cuando pretendían subir a unas rocas en lo alto de un promontorio. Fueron desarraigados de su relación centenaria con la tierra y convertidos en muñecos de alambre sin cohesión, sacudidos por el furibundo odio de la naturaleza.
Pasaron las horas y la lluvia no cedía, las fuerzas huracanadas del ecosistema. Voces de ira se podían escuchar en el zumbido del viento y en crepitar de las rocas impulsadas por la corriente. Palabras en idiomas ignotos, verbos de ira, sustantivos de odio eran lanzados por la biosfera en todas direcciones.
Cuando llegó la noche todavía caía una tenaz llovizna. Las nubes habían formado catedrales de puertas cerradas. El sol se había convertido en un tenue chispazo poco antes de las cuatro de la tarde y el humo de su despedida se acercaba a las órbitas de la luna.
Siguió lloviendo durante toda la noche y la madrugada. Cuando el sol regresó fue apresado en un retén de nubarrones de rangos intermedios que no dejaban filtrarse la luz ni siquiera en la peripecia del agua que comenzaba a caer de nuevo con fuerza sobre la tierra.
Cuando la ayuda llegó era tarde. Siempre es tarde, siempre se pierden cosas, desaparecen personas y la vida depende de la celeridad y el juicio de quienes conducen los hilos de la torpe marioneta que extiende de manera torpe sus manos.
En estos momentos, sigue el estupor del cielo. Se nota su rostro triste e iracundo, sus manos se mueven en todas direcciones y levantan ventarrones. Hasta el momento, han muerto siete personas, dos de ellas niños, vencidos por la descomunal fuerza de una voluntad impía, sacrílega y demencial.
Miramos en la distancia la faz de la nada cuando se aproxima en una racha de viento, con su penacho de sombras. Los fusilazos de electricidad han dejado su rúbrica sobre la piel de una vaca muerta picoteada por los gallinazos. En este momento, no termina aún la tormenta.
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Roderick Guzmán Meza








