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Tedio Existencial

Permalink 18.11.08 @ 20:25:45. Archivado en Personal

De repente el hastío, el cansancio por las cosas cotidianas. El peso de la vida abruma y aplasta. La existencia es una suerte de millones de corpúsculos que bullen en un caldo demasiado denso donde los dioses son frías sabandijas que chupan la sangre.

Un libro en las manos se torna un animal muerto, una criatura drogada que ha tenido la suerte de no ser tasajeada por los bisturís de la vergüenza. Las ideas se quedan sin palabras y sin imágenes hasta ser parte de una salpicadura de fango seco aferrada a la pared de la habitación.

La televisión transmite un programa sobre animales salvajes. Los leones atacan a los búfalos y después, sorpresivamente, los búfalos revierten la escena y le ofrecen a los felinos una receta de cachos y coces. Esto es lo habitual en esos entornos, pero a nosotros nos parece fantástico.

Afuera, las nubes ensombrecen la tarde, dejan sobre las cosas un nimbo de azúcar y unos hilos de sangre. Las plantas en los maceteros pasan de un matiz grisáceo a un agujero vacío capaz de engullirlo todo; las rosas y los crisantemos se han desmayado sobre sus tallos, descabezadas como las víctimas de un accidente.

La sala es una especie de claustro intrauterino donde los nacimientos han sido frustrados. Por doquier el rastro del tedio: una taza con café frío es observada por un cristo de palo colgado de una pared desconchada por la humedad, un pedazo de pan mordisqueado por la sombra de una cortina empujada por el viento, un par de zapatos en una sospechosa actitud de vigilancia de los caminos secretos de las hormigas que se introducen por grietas muy similares a las redes arteriales por donde fluye la sangre.

El perro está tumbado en una esquina, su hocico deja ver los agudos colmillos deformando los belfos, los párpados aletean y la nariz brilla bajo la luz de un foco de mercurio. Mientras sueña, una de sus patas golpea contra la baldosa en rítmica inconsciencia.

Por allí mismo, se ha deslizado una figura inestable algo raudo y transparente como una medusa o un charco. Puedo verla mientras desciende por la cuadriculada red que cubre la ventana e impide la aparición de los fenómenos desconocidos de una hora hecha de vapor y aleteos de lechuzas.

Puede uno verse las manos, lánguidas, entregadas a la disolución, a la lenta extinción, a la corrupción de la materia bajo el disfraz de las arrugas y las manchas parecidas a lunares, abiertas como estrellas de mar sobre arena humedecida por el líquido amniótico de una nube cuyo vientre ha sido rasgado por la mirada de una mujer iracunda.

Puede uno ver sus pies con su tonta apariencia, puede percibirse su resignada insatisfacción, soportando el sobrepeso, la erosión de las articulaciones, la secreción de ácido láctico o tal vez el tropezón que dejó una marca sobre la falange superior del dedo pulgar.

Cantan a lo lejos una melodía en ruinas, alguien dice que es una canción de moda, parece el alarido de quien ha sido herido por el filo del tungsteno de una bombilla convertida en ripios por un deseo insatisfecho.

De pronto la realidad vuelve a ser sensorial. Escuchamos al locutor del programa de televisión declararse sorprendido por la hilaridad de un mono que trepado sobre un matorral anuncia, en un idioma desconocido, sin letras ni acentos, la presencia del depredador.

La melodía ha cesado y ha dado paso a una especie de cumbia que intercepta las armonías de una balada y deja huellas de arañazos sobre los vitrales del atardecer, ya casi convertido en oscuridad.

Poco a poco, la noche lanza su mortaja sobre esta parte del planeta, dibujada con lápices de cuarzo y salpicada con chispas de esmeraldas. Nos rascamos la barriga como si no hubiera más nada que hacer en el mundo, como si este fuese un acto de disolución que contradice las leyes del universo.

Pensamos en alguien que hace mucho no vemos y dejamos vagar su imagen, un tanto distorsionada por la galopante contaminación de olvido de la que es objeto, vagar por las avenidas de la masa encefálica.

Nos movemos un poco en el sillón. No hay elegancia en limpiarse las legañas con los dedos, así como tampoco en bostezar sin cubrirnos la boda con la mano. En la parte posterior de la cabeza se han adherido algunas telarañas. Gracias al control remoto, evitamos la fatiga de ponernos de pie para cambiar el canal de televisión y buscar un programa donde no sea necesario pensar ni imaginar nada.

El perro, allá en su lugar, ha levantado la cabeza y ve que todo está bien, que continúan las cosas tal como la ha concebido su instinto. Nos ha visto desde su gris unicidad y demuestra su tranquilidad meneando la cola que hace revolotear una brizna de hierba que se ha colado por la ventana abierta.

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Yo habría terminado este sensacional relato de abulia con puntos suspensivos, pues aún podría continuar indefinidamente, ya que, cuando atrapa este "tedio existencial" suele ser difícil encontrarle un final.
Queda reflejado perfectamente por Roderick esa especie de laberinto de impotencia en el que a veces entramos sin saber cómo ni por qué. Como cuando pasa el "ángel exterminador" que no nos deja movernos de nuestro absurdo posicionamiento.
Increiblemente relatado en detalles que denotan una tremenda y perspicaz agudeza rayando en la expresión poética, me parece un excelente escrito con un doble efecto, el de hacernos salir de nosostros al invitarnos a la observación y el de la introspección, haciéndonos reconocer en el personaje que se ha dejado atrapar por el tedio.

Te felicito por este texto!!
Enlace permanente Comentario por solariana 21.11.08 @ 05:03

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