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El Hombre del Petate (Final)

Permalink 12.11.08 @ 21:27:40. Archivado en Panamá, Relatos

Los medios de comunicación bautizaron al feroz asesino con el apodo de “el hombre del petate” porque una pieza de esta artesanía había sido encontrada en uno de los lugares donde se había cometido un homicidio.

Petate es una especie de alfombra tejida con filamentos vegetales con motivos generalmente autóctonos del país donde se confecciona. Proviene del vocablo náhuatl petatl.

Después de sus primeras incursiones, el ahora afamado hombre del petate, había sumido a la ciudad en una atmósfera de miedo. Las mujeres parecían ser sus blancos preferidos y no salían por las noches y si se veían obligadas a hacerlo era en compañía de algún varón de la familia.

Dos mujeres más se sumaron a la lista de descensos promovida por este degenerado personaje. Operaba con la misma fórmula, con el mismo desempeño violento derrochador de maldad e insania. Cortaba las gargantas con algún filoso instrumento, un cuchillo o un bisturí. Tasajeaba el vientre de las desgraciadas de lado a lado esparciendo las víseras alrededor del cuerpo y, según los facultativos, algunas de las mujeres mostraban signos de violación.

Sus logros criminales le habían dado una reputación de criatura diabólica, de engendro del infierno, de fuerza del averno. Poco menos que un íncubo que aparecía de pronto en las sombras, como si no tuviera cuerpo real y tan solo lograra materializarse para matar, para exterminar.

Tal era la notoriedad de esta figura que no había prácticamente un día en que los noticiarios no le mencionaran, aunque no hubiera pistas ni evidencias, su apodo era mencionado. A diario las pantallas de los televisores mostraban un dibujo realizado por la policía del supuesto rostro del asesino para procurar alguna pista que les llevara a su escondrijo.

Llamadas constantes daban cuenta de la presencia de sospechosos en las barriadas, en los parques, en las veredas y en todos los sitios imaginables. Voces histéricas clamaban por ayuda mientras los policías tomaban nota con cierto fastidio dibujado en el rostro. Las sombras acechaban la imaginación calenturienta de las personas y se transformaban en monstruos, las ramas de los árboles en las ventanas, los pasos de un gato en el tejado, la brisa que mecía las cortinas y el grito de los pájaros completaban el panorama de morbosa fantasía de terror que imperaba.

La última víctima estaba tendida boca abajo en una playa al oeste de la capital. Desnuda, mostraba varias heridas en la espalda y el pecho. Una de ellas parecía descender desde la base inferior de los senos hasta el ombligo, donde se ensanchaba hasta convertirse en una especie de punto final del macabro recorrido.

Esta fue una variante con relación a la costumbre del criminal que acostumbraba a acechar en los arrabales y los suburbios, donde la ciudad terminaba y comenzaba el monte.

Una noche había llovido. Detrás de una galera donde se guardaba todo tipo de objetos, en el preciso lugar donde una cerca de alambres de ciclón la separaba de un débil arroyo que serpenteaba como un reptil moribundo, un hombre estaba sentado lavándose los pies.

A su lado una camisa de color indefinido, manchada con fango; algo deformaba el planisferio de la hierba donde la lluvia se había deslizado como el hechizo de un hada. Era el petate que le serviría. Alguien hizo una llamada, varios agentes de policía rodearon el lugar y detuvieron sin resistencia al sujeto que misteriosamente se levantaba con cierta dignidad y prestancia.

Un individuo de color trigueño, de unos cuarenta ó cuarenta y cinco años, con el pelo alborotado, barba y bigotes hirsutos se rendía ante los gendarmes. No parecía tener idea de lo que ocurría y con una pasmosa tranquilidad caminó cojeando ligeramente hasta el vehículo policial.

Al día siguiente, todos los medios de información dieron cuenta de la captura del posible hombre del petate. Los diarios amarillistas mostraron una fotografía un tanto confusa con poca iluminación que mostraba a un hombre cabizbajo sentado ante unos detectives en el recinto de la comisaría.

Podía la ciudad estar en paz, imaginaron las autoridades, mientras conducían al sospechoso hacia las mazmorras ubicadas en el sótano de la penitenciaria, exactamente debajo de la oficina del director del centro.

Una semana después apareció otro cuerpo. El capitán encargado del caso del hombre del petate indicó que era un hecho aislado y el asesino estaba a buen recaudo en una celda de dos por dos en la profunda oscuridad del penal.

Más tarde, otra mujer apareció apuñalada en la banca de un parque y otra sepultada de forma parcial en un camino polvoriento en los límites de las provincias de Panamá y Colón.

No se dijo más nada. Oficialmente, el hombre del petate había sido capturado y enviado a la colonia penal de Coiba, en el pacífico panameño. Sin embargo, dos crímenes más fueron cometidos en los quince días subsiguientes. Después de eso, no se volvió a saber más nada de asesinatos ni del hombre del petate.

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