El Hombre del Petate
20.10.08 @ 21:29:40. Archivado en Relatos
En una calurosa noche del mes de marzo de 1971, un hombre caminaba desprevenido por la vereda que conducía al barrio conocido como La Loma, en las afueras de la ciudad de P. Situado en medio de un anillo de colinas, el lugar albergaba a familias de escasos recursos económicos.
Tal vez sumido en pensamientos de insolvencia financiera, el hombre tropieza con algo que sobresale entre recipientes de basura. Lanza una imprecación articulada con palabras de alto calibre. La última sílaba roza una lata vacía y la lanza contra un declive del sendero.
El tropezón le ha fastidiado y lanza un puntapié para despejar su camino de obstáculos. Pero ha sentido cierta resistencia al hacer contacto su pie con el objeto. No vuela por los aires, no rueda por la vereda, al contrario detiene la fuerza de la pierna que pretende patear. En medio de la oscuridad, afina su visión. Todavía es deforme antes de adaptarse a la ausencia de luz. Lleva fósforos en el bolsillo. Enciende uno de los cerillos y alumbra. Allí está el cuerpo sin vida de una mujer en medio de desperdicios.
Es un cuerpo desnudo, joven, de piel trigueña, no más allá de los treinta años. En el cuello lleva un hilo de nylon, de los utilizados para pescar, que ha cortado la carne. Tiene golpes en la cara, profundos arañazos y quizá mordiscos en los senos. A un lado la ropa de la occisa y algo de dinero.
El cabello parece un herbazal seco. Una película de sangre seca cubre el bajo vientre y los muslos. Tiene los ojos desmesuradamente abiertos, pero la nube de la muerte los ha cubierto. Alguien diría que el rostro de su asesino está grabado en sus pupilas, en el fondo sombrío donde se desvanecen las miradas.
El sujeto sale corriendo en busca de ayuda, mientras a lo lejos escucha el ladrido de un perro. Sobrecogida por el miedo la voz se le ha quedado aferrada a los pulmones, detrás de las celdas de aire donde se forman las palabras.
Varios minutos, tal vez demasiados, pasaron para que la policía llegara al lugar. El desconocido señaló a los agentes el sitio donde había encontrado el cadáver. Removieron la maleza y descubrieron el cuerpo.
Los expertos recogieron algunas pistas. Midieron las dimensiones del cadáver, buscaron vestigios de la presencia del agresor, cabellos, piel en las uñas de la occisa o pedazos de tela.
El caso hubiera sido un hecho aislado, una cifra más en las estadísticas de la policía y del censo, pero nadie imaginó que era el primer eslabón de una cadena de sangre que ceñiría la ciudad y sus alrededores.
Los agentes escribían sus informes con indiferencia. Sobre los renglones de las hojas habían anotado la descripción de la mujer y uno al menos, había dibujado una calavera y otro unas fauces caninas abiertas, alguno garrapateó la palabra “zorra”.
Tres días después otro cadáver fue encontrado. La víctima también había sido ultrajada sexualmente y golpeada con saña en el rostro, el pecho y la cabeza. El vientre presentaba una herida de unas seis pulgadas que dejaba expuestas las vísceras.
Una semana después en la parte trasera de una fábrica de ropa fue hallado otro cuerpo. Las mismas marcas mortales se notaban en este caso. Los golpes en el rostro, el vientre abierto y heridas en el cuello y senos. Estaba desnuda y cubierta parcialmente con desechos textiles. La mano izquierda, a un lado de la cabeza, sobresalía como una mariposa gigante de color gris verdoso. Un anillo de graduación de bachiller refulgía en uno de los dedos. Por uno de los muslos ensangrentados asecendía una hilera de hormigas.
Alguien, tal vez el conserje de la fábrica, dijo haber escuchado un grito. Fue solo un instante, como el alarido apagado de un pájaro o un animal de monte.
La cuarta víctima fue encontrada debajo de un puente de la carretera que conducía al norte. Estaba en cuclillas y presentaba un espantoso golpe en la parte trasera de la cabeza. El cráneo estaba abierto y algo parecido a materia encefálica florecía sobre una roca...CONTINUARÁ...
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Roderick Guzmán Meza








