Autocensura de los medios
15.10.08 @ 22:07:01. Archivado en Cultura, Ciencia, Medicina, Tecnología
Los medios de comunicación realizan un proceso denominado autocensura. Han establecido ciertos límites a su trabajo de informar, entretener y educar. No se deben traspasar esas barreras. La población debe ser protegida de influencias negativas y de proyecciones que sean capaces de trastocar la actitud de los receptores. Al menos eso es descrito por la teoría.
Sin embargo, el principio de esta autocensura no es la filtración de información, imágenes o programas, sino la saturación con emisiones cada vez menos relevantes. Ahora se concatenan cientos o miles de situaciones que no permiten a la memoria ni a la capacidad cognitiva establecer un orden lógico sobre la importancia de lo percibido.
Esta estructura de la censura moderna tiene como fundamento la impregnación de múltiples elementos dispersos, sin aparente cohesión cuyo propósito es aturdir y fijar la atención en las dimensiones más relacionadas con las emociones.
Los contenidos han de tener similitud para poder controlar y manipular, para que la nueva modalidad de criterio adquiera toda la apariencia de pluralidad y democracia, para que cada sector de la población se sienta incluido y representado.
La televisión ofrece programas de discutible calidad. Insoportables dramas novelescos donde la “intriga, la traición, la envidia y la venganza” son los anti valores con que son anunciados. Semanas de enfrentamientos y malevolencia entre personajes no muy equilibrados o normales, que buscan dinero, bienes o “amores”, para diez minutos de resarcimiento y reivindicación al finalizar la trama.
Existen otros programas que buscan mantener vigente la benevolencia de la democracia, la libertad, el individualismo y el libre mercado al más puro estilo del sueño estadounidense. Pero es solo la visión sesgada del mundo, un solo atisbo a la realidad.
Como fuente primaria de información pública, los noticiarios ofrecen una muestra cotidiana de este sistema de saturación. El paquete viene también con alguna forma de entretenimiento para desviar la atención hacia sucesos sin peso específico sobre la realidad.
La televisión en general se ha convertido en un soporífero, en el inoculador de una sustancia hipnótica que obnubila el pensamiento y trastoca la razón. Los llamados reality shows sirven a estos propósitos.
Hace poco se ha llevado a cabo un evento en el que cantantes aficionados de Latinoamérica participaron en un espectáculo de varias semanas de duración. Para mantenerse en competencia el canal de televisión, por el cual se ha transmitido el evento, ha solicitado la participación del público a través de los llamados chats que estarían destinados a apoyar a su cantante favorito.
Un jurado se sienta delante del escenario y alguno se muestra amenazante, intolerante y poco amigable. Los otros dos son más consecuentes con los participantes y les muestran simpatía y apoyo. Esto hace que la atención no recaiga en algo en particular y no sea capaz de discernir la calidad interpretativa de los neófitos artistas.
La censura moderna no existe, porque ha sido reemplazada por las leyes de mercado, por la medición de audiencia o ratings. Al parecer las verdaderas investigaciones periodísticas no pueden ya ser sustentadas por los medios y recurren entonces a estrategias cuyo costo no sea demasiado elevado. Así se forman los reality y los sondeos callejeros donde el ciudadano común hace catarsis y después sigue consumiendo más de lo mismo.
Uno comienza a ver un telenoticiero y las imágenes que aparecen en el aparato receptor son las de los muertos, los acribillados a balazos, los accidentados, los asaltados, los suicidas. La sangre fluye por el cristal de la pantalla como si fuera una savia maldita que todo lo ensombrece.
Las noticias importantes son tratadas como si formaran parte de una transmisión aparte, como si se tratara de un programa de variedades o un reportaje en otro tipo de formato de transmisión.
Se insertan de pronto las notas del deporte. Eventos fuera del ámbito de observación del televidente, realizados en otros países son el plato fuerte del segmento. Un sujeto que levanta una copa por haber ganado una competencia de trineos sobre nieve, presentado en una nación tropical, no necesariamente han de servir de referencia para sus ciudadanos.
Recibir tanta información ha de terminar por neutralizar el juicio, por sumir en un oscuro rincón del pensamiento la capacidad de discernir sobre el real efecto de los acontecimientos.
Todo es un flujo constante y en desorden de informaciones, sin nexos ni filiaciones. Los expertos han dicho que la memorización de la información por parte del cerebro se hace de mejor manera si es estructurada y jerarquizada.
Un pelotazo ahora, un puñetazo después para posteriormente presenciar las vueltas de un vehículo sobre la carretera y el cuerpo inerte de un hombre asesinado por bandidos, hace saltar la mente de tumbo en tumbo en terreno escabroso para las habilidades mnemotécnicas.
Esto crea deficiencias al momento de ordenar los recuerdos. La banalidad de los temas son también recursos para aligerar la capacidad cognitiva del observador.
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Roderick Guzmán Meza








