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Asesinos Psicóticos Prehispánicos (Final)

Permalink 06.10.08 @ 18:42:47. Archivado en Cultura, Ficción, Relatos

Nadie supo cómo reaccionar al enterarse de las dos nuevas muertes, de las doncellas sacrificadas por manos profanas. El sacerdote y el guerrero se acercaron con cautela al lugar donde se encontraban los cuerpos y nada pudieron descubrir.

El pueblo en pleno, toda la ciudad, todos sus habitantes comenzaron a temer un castigo de los dioses. La cosecha de maíz, sin embargo, había sido abundante. Había agua en las cisternas y en el río. Los animales estaban robustos y no escaseaba tampoco la chicha.

Alguien dijo haber visto a Yolcaut en las cercanías del cauce el día en que fueron encontrados los cuerpos, pero como su reputación era la de un tonto, no se tomó como prueba suficiente para someterlo al veredicto del sacerdote. Sus manos era débiles y frías, sus brazos flacos y deformes, por lo que no tendría la fortaleza para asesinar a nadie.

Cierta noche, cuando algunas viejas terminaban de recoger las cacerolas y los demás utensilios de la faena diaria, vieron a Yolcaut caer sobre la tierra y convulsionar. De su boca salía espuma y sus ojos se habían tornado blancos y sin expresión.

Lo condujeron a una de las chozas donde se adormeció. Pero cuando la luna mediaba su recorrido por el cielo, una de sus cuidadoras despertó por una necesidad urgente y se percató que Yolcaut no estaba en su litera. Escuchó el rumor de las hojas de matas de plátano, creyó oír el crepitar de unos pasos sobre tierra húmeda. Se asomó a la puerta pero no pudo ver nada.

Serpiente de Cascabel había llegado hasta las laderas de un monte. La sombra del macizo parecía una pirámide. Cuando sus pies se posaron sobre la mancha oscura, volvió a sufrir el escalofrío del desvanecimiento. Rodó por el suelo humedecido y volvió a lanzar espumarajos por la boca. La inconsciencia lo acogió en su seno y estaba en la dimensión del sueño cuando Mictecacíhuatl, la diosa de la muerte, se sentó a su lado con su manto de niebla.

Las primeras vislumbres del día permitieron a dos de los jefes del grupo de cosechadores ver un cuerpo tumbado boca abajo al pie de un arbusto. Estaba sobre un festival de vísceras y sangre. Era una mujer de mediana edad. El cuello le había sido cercenado igual que sus pechos. Presas del miedo huyeron y dieron cuenta del hallazgo.

La vieja que custodiaba a Yolcaut dijo que éste se había ido durante la noche, pero nadie lo había visto por ninguna parte. El sacerdote ordenó al guerrero organizar su búsqueda. Si lo encontraba debía matarlo en el mismo lugar.

Pero la situación cambió de dirección cuando los hombres encontraron a Yolcaut tirado sobre un montón de hierba seca, con la cabeza partid por un hachazo y el rostro desfigurado. La incertidumbre se apoderó de todos, cuando alguien sugirió que algún demonio se había apoderado de Serpiente de Cascabel y que ahora, al no necesitarlo, había terminado con él.

Sin embargo, para que la acción ocurriera de esa manera, añadió el pontífice, ese demonio debería haberse apoderado de otro cuerpo para consumar su apetito de sangre, su necesidad de muerte.

Todo se había complicado. No existían sospechosos. Varios muertos en menos de una semana trastocaba la idílica paz del pueblo. Guerreros y sacerdotes ocultaban al rey todo lo sucedido y trataban de aplacar al pueblo diciendo que la ira del ser ultraterreno había sido aplacada al verter la sangre de un toro y de un gallo sobre el altar de la luz.

Inútil y patética fue esta excusa cuando se encontró otro cadáver mutilado en el sendero que conducía hacia el templo dorado, donde el vicario oficiaba un ritual en el que invocaba la comparecencia de las fuerzas celestes a favor del pueblo.

El guerrero elaboró una complicada sospecha en su pensamiento. Pensó en los dioses y los demonios, pensó en quién era la persona en todo el reino que tenía trato con entidades fantasmales y con no poca estupefacción imaginó al sacerdote de rodillas sobre un cuerpo inerte, las manos y la cara llena de sangre.

Pensó también en el monarca, tocado con su penacho de plumas y su pectoral de oro. Imaginó el hacha de pedernal en la mano del amo y señor de todas las cosas, cayendo una y otra vez sobre una cabeza destrozada. Pero, tan solo eran dramáticas especulaciones. El sacerdote y el rey eran individualidades excelsas, por encima de las flaquezas humanas.

Pero su instinto le inclinaba a mantener vigentes sus sospechas. Convocó a sus principales hombres, a los más astutos y fuertes, a los más hábiles en el uso de la cerbatana, el arco y el puñal. Les comunicó, entre exclamaciones de incredulidad y hasta de ira, que el monstruo que había destripado a las mujeres y a Yolcaut podría estar tras las paredes del templo o del palacio.

Argumentó sin emociones sus recelos. No sin oposición, proclamó que era su deber y también su decisión iniciar las pesquisas para descubrir al criminal, aunque fuera entre quienes deberían ser guías y adalides del pueblo.

Ceyaotl sabía que tendría oposición entre sus soldados. Todos eran fieles súbditos del rey y piadosos obedecedores de los dogmas del sacerdote. Cierta tarde caminaba por la parte central de la ciudad. Esquivó la plaza y las fuentes, se introdujo por las callejuelas del mercado y se deslizó con sutileza entre los parroquianos para no llamar la atención.

Llegó hasta la casa del sacerdote. En el umbral de la puerta, dos jóvenes custodiaban. Con su jerarquía, Ceyaotl tenía todo el derecho a removerlos, pero prefirió hacerlos acudir en busca de algo de comida mientras él les aguardaba. Así lo hicieron.

Ceyaotl entró en el aposento. Vio el altar, las figuras de los diferentes dioses, una bandeja repleta de maíz y otra de trigo. Más allá, en una esquina, un objeto de forma irregular recibía un hálito de luz vespertina. Era un hacha. La tomó entre sus manos y pudo ver las manchas amarillentas de la sangre seca. Un vestigio de masa encefálica estaba adherido a la hoja de piedra.

Los guardianes no habían ido al sitio dónde les había indicado el general de los ejércitos. Acudieron en búsqueda del sacerdote. Sin su tocado de plumas, ni sus abalorios, ni sus cadenas de oro, como el hombre común que era, el clérigo entró en la pieza y sorprendió al soldado.

“Sabía que terminaría por enfrentarle finalmente. Su corazón es sabio y ha seguido un camino correcto. Pero, a pesar de ello, no está frente al infame criminal”.

El general no dijo nada. Levantó el hacha y en ese momento reparó también en un puñal colocado sobre un taburete. Lo tomó entre sus manos y también pudo distinguir la sangre reseca.

“Esto te inculpa. Has quitado la vida en un ritual sacrílego. Ningún dios o demonio te ha pedido sacrificios y tú has matado. Tu locura no tiene límites y te ha de costar la vida”, dijo el soldado.

“Una vez más giras por el camino equivocado. Estos instrumentos de muerte están bajo mi custodia, sí; pero no son míos ni de ninguno de mis acólitos. No pertenecen tampoco a ninguno del pueblo. No obstante, si te digo la verdad en este momento, tu corazón deberá aplacarse, porque de nada te servirá tu necesidad de justicia ni de venganza”, argumentó el sacerdote.

Caminó hasta el guerrero. Le quitó el hacha y el puñal. Una luz rosada se desvanecía sobre su rostro de bronce. Fue entonces cuando el sacerdote divulgó el terrible secreto. “El rey es padre del pueblo. Su palabra no tiene discusión y aunque el delirio se apodere de su juicio, son los dioses los que le han permitido portar el cetro y sentarse en el trono.

Su nombre no ha de ser ofendido ni injuriado. La culpa ha de ser mía y a ti me someto, amigo mío. La tradición debe continuar y la monarquía ha de preservarse por encima de nosotros, meras criaturas hechas de lodo y viento”.

El guerrero comprendió en toda su magnitud las palabras del vicario. El rey había sido el asesino y él nada podía hacer.


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