En la línea del Nobel: Amos Oz
03.10.08 @ 21:55:38. Archivado en Literatura
Estamos en la última semana antes del anuncio del ganador del Premio Nobel de Literatura. La literatura deberá conocer a la nueva estrella mediática de las letras, posiblemente, el día nueve. En concordancia con ello presentamos, de acuerdo a un criterio muy personal, algunos de los que podrían alcanzar el galardón este año.
Amos Oz nació en Jerusalén poco después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, todavía estaba el territorio bajo el control británico, aún bajo la mirada atenta de los gendarmes occidentales, en medio de una vorágine apenas contenida por el poder imperial de aquellos tiempos.
En un idioma para nosotros desconocido como lo es el hebreo, Oz se ha convertido en un maestro. Nos llegan traducciones de sus obras como Tocar el agua, Tocar el Viento, Donde aúllan los chacales y otros cuentos, Una paz perfecta, Las mujeres de Yoel, La Caja Negra entre las que pueden ser recordadas por el suscrito.
Allí analiza, disecciona con meticulosidad la cultura de su país. Incursiona en territorios familiares, se asienta ante la infinitud del desierto para definir su realidad social y política, en una nación acosada por estremecimientos bélicos, que jamás ha encontrado el oasis donde posar sus plantas después de un viaje de más de tres mil quinientos años.
Oz ha encontrado bastiones inconmovibles dentro de su alma, donde se han acorazado sus sentimientos fraternales, donde ha levantado su tienda para desde allí ser juez y crítico de una sociedad a medio camino entre el cosmpolitismo occidental y el legado tribal de sus antepasados.
Dentro de poco, menos de doce días según la tradición octubrina de la Academia Sueca, antes de ser conocido el escritor galardonado con el Nobel de Literatura, volveremos a escuchar esa exigua palabra que es su identidad, que es su apellido, ese Oz que suena también a mago y a fantasía, pero que en la expresión de su pensamiento, de sus reflexiones, nos acerca a una realidad densa, porosa por donde se trasluce el fulgor de la razón y la nebulosidad de las emociones más intensas.
Amos Oz no es un escritor de masas, ya traducirlo ha de resultar una proeza de proporciones épicas. Sus obras llegan a manos conocedoras de su trayectoria, sus páginas son vislumbradas como desde un tabernáculo erigido en una calva cima tormentosa. Sus descripciones y sus argumentos son acuciantes, su prosa es hermosa y poética aunque menos terrible que los versos de un Pentateuco cincelado con los chispazos del eterno fuego.
Para el escritor israelí, no todo es tema, argumento, ni todo es forma. Su imaginación logra establecer equidistancia entre la razón y la sensibilidad, manifestada con el sabio dominio y manejo de las herramientas lingüísticas para describir un mundo que fue creado por la palabra, por el verbo. Es eco de esas resonancias, de esos estertores neumáticos arrasando las estrellas y delineando los abismos siderales y las rústicas planicies, entre las nervaduras de los azahares y la canícula desértica.
Su compromiso es con la cultura de su país para nutrir la armonía y robustecerla. Crear esa igualdad entre los israelíes y los judíos es quizás su más perseguido norte. Unos seculares tal vez, identidad nacional de por medio y los otros dogmáticos y cercanos al mensaje eterno, ambos grupos son ceñidos por el cordón de lino de la tradición tantas veces milenaria.
Su trabajo literario nos presenta esas improntas de las personas que le acompañan durante todo el lapso de la vida, esos manchones de luces y sombras que son las ilusiones, el amor y los sentimientos, incluidos en paréntesis de barahúndas y silencios, de sangre y lágrimas, de dolor y de sosiego.
Se ha adentrado en la exploración de los aprietos y las ansiedades de la sociedad israelí contemporánea, sobre todo las ocasionadas por las ideologías, las delimitaciones del territorio y el pasado histórico, brutal y sangriento.
Alos quince años se mudó a un kibbutz, esas aldeas granjas que conforman una unidad social y económica en las que las decisiones son tomadas por la asamblea general de sus miembros; allí la propiedad y los medios de producción pertenecen a todos, en una especie de paraíso comunista adaptado a la visión de un país en una de las encrucijadas más tenebrosas y de más lúcidas honduras.
Para Amos Oz la creación de una lengua no cambia de forma sustancial en pocas décadas, así lo ha dicho en varias entrevistas. Considera la lengua hebrea como una manifestación de la fuerza telúrica de un volcán en erupción, llena de música, de inefables sonidos desgajados de un eterno pentagrama, pero también de intensidad subterránea, con enormes posibilidades de expresión donde se pueden percibir los ecos antiguos. No obstante, una palabra equivocada podría desatar la fiereza del torrente con sus atronadores gritos y sus angustiosas convulsiones.
Nacido como Amos Klausner, un 4 de mayo de 1939, ha sido también periodista y es considerado uno de los más importantes escritores contemporáneos en su lengua natal. Ha obtenido numerosos reconocimientos y laureles, entre ellos, el Premio Israel de Literatura, el Goethe y ha enriquecido durante varios años la lista de candidatos al Nobel de Literatura.
Ha sido además, fundador del movimiento pacifista conocido como Shalom Aishav y es profesor de Literatura en la Universidad Ben Gurión de Be´er Sheva en el Néguev.
En su opinión, Israel es en los medios de comunicación una mezcla dispar de un 80 por ciento de soldados y colonos, un 19 por ciento de judíos de la ultra ortodoxia y de un punto porcentual de maravillosos intelectuales que critican al país.
Amos Oz está considerado como uno de los favoritos para obtener el Nóbel de Literatura del año 2008. No sé si lo ganará algún día. Lo que sí creo es que su obra merece todos los premios y no necesita ninguno para engalanarla.
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Roderick Guzmán Meza


