En la línea del Nobel: Mario Vargas Lllosa
01.10.08 @ 21:29:23. Archivado en Cultura, Literatura
Al estar próximos los anuncios de los ganadores de los Premios Nóbel (el segundo jueves de octubre el de literatura), queremos volver a reproducir un artículo que el año pasado, escribimos en una ocasión similar.
Es entonces propicia la oportunidad para hacer un breve recorrido por la obra de un escritor que ha trascendido las fronteras de su natal Perú, hasta convertirse en uno de los autores más importantes en lengua española en todo el mundo de las últimas décadas.
Mario Vargas Llosa es uno de los más grandes escritores latinoamericanos. Nació en Arequip, Perú el 28 de marzo de 1936. Sus trabajos literarios le han hecho merecedor a un sitio de honor en el Parnaso universal de las letras.
En alguna de sus conversaciones, Vargas Llosa dijo que sus antecedentes literarios tienen orígenes familiares, muy cercanos a la sangre, al cálido recinto hogareño. El autor afirma que su abuelo escribía poesías, era un artista a su estilo, artesanal, doméstico, elaborando con sutileza el verso, la rima y la armonía de las palabras desgajadas del silencio de su estudio. Lo consideraba también, con el mejor recuerdo del maestro Borges, un buen lector.
Pero Mario también sentía orgullo por el talento de su padre, cuya creatividad le permitió publicar una novela. En esas páginas bullía esa genética insondable de la inspiración de la cual ya era anfitrión el cerebro del niño criado en la boliviana ciudad de Cochabamba.
Vargas Llosa también recuerda que su bisabuelo de la rama paterna, compuso con un consagrado fervor cada página de una novela romántica, una dimensión tal vez distante del futuro creador, más próximo a las vicisitudes del espíritu humano en entornos disímiles como la selva o la ciudad, como el palacio o la catedral (caricatura de una taberna.
En casa, escuchaba los versos festivos, leídos a su vez por su madre, de quien adoraba su voz, el acento, las inflexiones, el gesto histriónico y el sentimiento con el que delineaba los versos. La casa del escritor no era de literatos, pero si de personas amantes de la literatura.
La obra de este “escribidor” se encuentra en determinados escenarios. Palacios donde las telarañas comienzan a tejerse en los más lejanos ángulos, como evidencia de la decadencia de sus ocupantes y sus tragedias personales. Nos expone el declive del sátrapa, su mano temblorosa sobre el báculo en el que apoya su humanidad corroída, allá en una isla caribeña cuyas palmeras son mecidas por vientos de cambio, pero también de sangre, dolor y luto.
Nos lleva también al mundo del bisoño escritor, adolescente todavía, sentado ante la vieja máquina de escribir picoteando los pensamientos, pulsando las ideas en cada una de las duras y oxidadas teclas, como estimulando la creación a pesar de la obsolescencia del objeto.
Pertenece a la generación del llamado “boom” literario latinoamericano, galaxia intelectual de la cual también forman parte estrellas de la envergadura de Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Julio Cortázar y tantos otros quienes rescataron para la narrativa urbana las ciudades y costumbres del mestizo subcontinente y sus sórdidos demonios y fatídicos ángeles.
De esta región dibujó con solvencia y luz, personajes excéntricos, fatídicos, perversos, demenciales, torpes y pendenciero. Sus creaciones son extraídas todavía oscurecidas por el polvo de la leyenda y el tiznado de la historia. A medio camino entre el heroísmo y la ineptitud, entre la magia y la locura, entre la fe y el escepticismo, las criaturas cinceladas por su pluma no carecen de esa realidad fantástica que refulge por debajo del Río Grande.
Sus reflexiones abarcan diversos escenarios y líneas temporales. En La Ciudad y los Perros recrea un hecho contundente acaecido en las interioridades de una academia militar en Perú. Allí, detrás de los muros del colegio Leoncio Prado, son cocinados inconfesables pecados, odios frenéticos tan solo contenidos por la pesada carga que representan los galones en el hombro de un cadete.
Esa dura vida, esa férrea disciplina castrense forjadora de atalayas o simas, es deslizada en esas páginas con la meticulosidad del testimonio. Allí apuntan al cielo los penachos de los herbazales de la selva y sus cruentas tendencias de matar para no ser matado, de destruir para no ser destruido.
En Conversación en la Catedral, Vargas Llosa entra en el análisis de ciertos mecanismos de orden moral de quienes conducen los destinos de un poder inmarcesible y transferible. La lejanía de quienes son a veces fantasmas dentro de su propia existencia, ausentes ante los clamores de quienes les cantan desde los promontorios donde se levantan sus emplazamientos en paridad con sus propias vidas ya lo suficientemente insulsas y desmotivadas por la costumbre y la pereza, por la indiferencia y el hastío.
Pantaleón y las Visitadoras vuelven a llevarnos por el cerrado mundo del ejército. Las conductas de quienes obsequiosamente portan el uniforme son cuestionadas, como salvajes chupadores de sangre. Pantaleón Pantoja, es ascendido a capitán y se le encomienda la misión de establecer y regir, en medio de la selva peruana, un lupanar. Imagínese el antro, los tablones chirriantes y podridos, las húmedas paredes, las obscenas fotografías de mujeres desnudas en posiciones de abierta y tendenciosa concupiscencia, las frases soeces escritas con faltas de ortografía, el dulzón olor del orine en los callejones, las pálidas meretrices que se abanican con revistas desfasadas, mientras los soldados inundan su organismo con licor barato al compás de una deplorable cumbia o un frenético mambo.
Hay similitudes y diferencias. La ciudad y la selva, el edificio saturado por la impudicia erguido en callejuelas bulliciosas, el prostíbulo en un campo desmontado de una calurosa jungla. Parentescos entre catedrales y mancebías, Vargas Llosa logra establecerlos con la precisión del matemático y la sensibilidad del poeta.
Variantes habrán entre La Tía Julia y el Escribidor, La Guerra del Fin del Mundo, Lituma en los Andes y tantas otras que conforman el portafolio de este escritor, criticado por sus inclinaciones políticas, sus posiciones emparentadas con ese flanco que algunos llaman la derecha infame. Como político, tal vez no nos apure simpatías, pero como artista su trabajo merece nuestro respeto y admiración.
"Yo quisiera que mis libros fueran buenos libros, desde luego. No es que esté jugando a modesto, pero yo no sé lo que realmente valen mis libros. Tengo indicios que son muy halagadores en muchos sentidos, pero también sé que muchas veces la suerte determina el éxito, y no el talento. Se sabrá lo que valen mis libros cuando ya no estemos aquí".
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Roderick Guzmán Meza


