Asesinos Psicóticos Prehispánicos II
29.09.08 @ 17:31:03. Archivado en Cultura, Ficción, Relatos
Axayacatl (Rostro de Agua) fue acorralado por los guerreros cerca de un acantilado. Sin escapatoria, se dejó caer sobre la tierra. Un filoso pedrusco hirió su rodilla derecha. En el cielo, las nubes volaban junto a los alcatraces hacia un horizonte de lluvias.
Arrastrado, golpeado y sangrante, Axayacatl fue llevado ante el Sumo Sacerdote. Entretenido en la contemplación de una mariposa posada en la pared del recinto, definidos sus colores por un halo de luz que descendía por la ventana, hizo preguntas al detenido.
El reo quiso alegar algo en su defensa, pero el Pontífice ni siquiera le escuchó. La condena fue la muerte a mazazos y debía cumplirse esa misma tarde. Fue conducido a rastras a través de la plaza y cuando atravesaron el mercado iba ya fuera de sí, sin conciencia, atravesado por el rayo del miedo, había evacuado sus esfínteres y dejado un asqueroso rastro.
Lo lanzaron al interior de un calabozo, una suerte de pieza de dos metros por dos de roca húmeda, cubierta por musgos. Antes de encerrarlo, los guardias le volvieron a golpear con varas, con las manos y los pies. Su rostro estaba deforme y sangrante.
A cierta distancia, Malinaltzin, (hierbecita) regresaba de los maizales. Llevaba mazorcas en un cesto tejido con hojas secas de caña. Cantaba una canción dedicada a las flores, al campo y a la libertad: “En tus rojos pétalos dejo caer lágrimas de felicidad por el ser amado. Sobre los pastizales danzo como una libélula al recordar sus palabras. La libertad es permanecer a tu lado en la tormenta y el estío”.
El día era claro y la tierra podía ser divisada varios kilómetros a la redonda. La brisa traía leves gotas de una llovizna distante. Los pasos de Malinaltzin era como los de los cervatillos o los de las huidizas liebres, como si flotara sobre la alfombra de hierbas recién brotadas. Le encantaba pasear por el campo y dejaba el aroma a canela de su aliento impregnado por todas partes.
No muy lejos, una sombra se movía en medio del follaje. Se deslizaba en silencio atraído por los armoniosos acentos de la doncella. Tras unos matorrales observaba en el más cerrado silencio el rostro de luna, el cabello de noche cerrada, la mirada de perdiz de Malinaltzin absorta con los brincos de los saltamontes.
Nadie escuchó los gritos ni el llanto, nadie pudo ver a la bestia caer sobre la víctima. Todo ocurrió tan de prisa como cuando el rayo cae sobre la palmera, como cuando el ocelote se lanza sobre el conejo. Sangre por todas partes. La joven yacía sobre flores de azahar con las vísceras expuestas, el cuello cortado casi hasta la tráquea y los ojos vacíos contemplando las tinieblas de la eternidad.
Cuando descubrieron el cuerpo, ya los jabalíes lo habían hociqueado, los escarabajos ascendían por las carreteras de su carne abierta e hinchada y los gusanos pululaban en los cráteres ocasionados por la putrefacción. Axayacatl (Rostro de Agua) había sido ejecutado y su cuerpo yacía en el fondo de un precipicio pudriéndose al sol.
Yolcaut (Serpiente Cascabel) era el tonto del pueblo. Se adormecía recostado a los árboles o debajo de las mesas de piedra donde tasajeaban al cerdo de monte y hacía sus necesidades al pie de las murallas a la vista de todos. Era joven, apenas tendría unos veinte años. Era risueño y su corazón parecía no haber conocido la cólera ni el amor. Nunca se supo de alguna predisposición a la violencia, pero ahora…
Se celebraba la segunda luna del mes de Tozoztontli. Una bebida fermentada hecha con el residuo del maíz, animaba la festividad. Era como fuego en las arterias, como la lava de los volcanes debajo de la tiera. Los hombres danzaban en torno a icono esculpido en madera, mientras las mujeres molían el grano y recogían la fórmula líquida. En ocasiones, entre los más jóvenes y fuertes, había retos para pelear a bastonazos o a mano limpia. No pocas veces salían mal heridos o lisiados.
Yolcaut había sido llamado de esta manera, no por su astucia ni por su inteligencia ni su gracia. Tal vez fue más por considerar que un nombre como ese le protegería y le salvaría de los peligros y hasta de las burlas, porque el espíritu de la serpiente podría alguna vez llegar a integrarse a su defectuosa esencia. No era sinuoso y hábil como el reptil, ni astuto ni malévolo, pero había llegado la segunda luna del mes y los demonios celebraban también su festival de muerte.
Durante la lunación se podía apoderar de los más desprevenidos espíritus, Mictecacíhuatl, diosa de la muerte. Yolcaut no tenía conciencia de la influencia que sobre él había comenzado a ejercer esta divinidad. Sentía desconocidos impulsos, unas ansias de poseer, de lanzarse sobre un cuerpo desnudo para hincas en él sus dientes.
Los hombres habían sucumbido a los efluvios de la bebida fermentada y algunas mujeres se preparaban para recoger los utensilios. Irían hasta el arroyo a lavarlos y a charlar. Al concluir la faena, muchas regresaron a buscar a sus hombres y otras a sus respectivas casas. Unas pocas permanecían en la orilla del afluente entretenidas en sabrosos diálogos domésticos.
Acaualxochitl(flor arrojada por el agua) y Hiuhtonal(luz preciosa) eran dos vírgenes, a la que sus padres con no mucha discreción pretendían convertirlas en esposas del Sumo Sacerdote o al menos de uno de sus lugartenientes. La primera tenía doce años y confeccionaba preciosos tejidos con hilos y piedrecillas. La segunda declamaba con innegable talento dramático, la epopeya de su pueblo. Ambas estaban de espaldas al camino, mirando el movimiento tenue de las aguas plateadas por el atardecer.
Sin que mediaran palabras, ni gestos, ni amenazas, sendos golpes destrozaron los cráneos de las jóvenes. La sangre cayó sobre el agua y la espuma del torrente se tiñó de escarlata. El último halo de vida de Hiuhtonal le dio tiempo de ver el rostro de su asesino. Alcanzó a decir su nombre en un susurro antes de expirar. Acaualxochitl no tuvo la misma suerte. Su cabeza quedó sumergida en la corriente y los pececillos comenzaron a picotearle los ojos.
Una de las mujeres más viejas había olvidado un manto sobre unos arbustos y deshizo el camino de regreso al riachuelo. Llevaba colgada del hombro una cesta vacía. Cuando ingresó en la vereda para descender hasta el caudal pudo ver algo que se movía en la espesura. Iba muy aprisa. Era como un venado o un animal muy grande. No pudo precisarlo, pero en su corazón se instaló el miedo. Cuando llegó a la orilla del torrente pudo ver la macabra escena de las dos vírgenes sacrificadas. CONTINUARÁ…
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Roderick Guzmán Meza








