En la línea del Nóbel: Philip Roth
26.09.08 @ 21:29:10. Archivado en Literatura
La Academia Sueca podría dar a conocer al ganador del premio Nóbel de Literatura el próximo jueves 9 de octubre. Es muy posible, aunque también podría hacerse el anuncio el 16. Ya veremos. Por tal razón, iniciamos la exposición de algunos textos sobre la vida y obra de aquellos que consideramos con posibilidad de recibir el galardón ecuménico de las letras, el 10 de diciembre en la gélida Estocolmo. Iniciamos esta serie de entregas con el escritor estadounidense Philip Roth.
Philip Roth, nació en Newark, Nueva Jersey en 1933. Representante de la escuela judía, se ha convertido en uno de los autores más leídos por su manera de enfrentar tanto lo personal, desde el satélite de lo autobiográfico e íntimo, hasta lo que se incluye en el terreno de la ficción.
Trabajos como Adiós, Colón, Huída, Cuando ella era buena, El Lamento de Portnoy, La Gran Novela Americana, El Escritor Fantasma, Pastoral Americana, Operación Shylock, La Mancha Humana, Zuckerman Encadenado, Me casé con una comunista, entre otras, le han granjeado la merecida reputación de ser uno de los mejores escritores vivos en idioma inglés.
Desánimo y quimera alientan una obra densa en la que los judíos estadounidenses se convierten en una medida, si se quiere cínica, en un modelo de la clase media de la nación norteamericana, con sus angustias, estremecimientos, regocijos y silencios, pero con la conciencia de llevar sobre sus hombros la responsabilidad de ser los garantes de una cultura milenaria.
Roth se ha acercado a esos movimientos históricos de su país, a esos personajes proclives a la anormalidad funcional, encendidos de polémica, escondidos tras un antifaz de dolor y recelos, provenientes de un ámbito histórico donde la alguna vez se impusó más la intolerancia que la verdad.
Ubica en la misma línea el rasgo íntimo y la esa idea de pertenencia a una cadena genética, a un hilvanado tejido de sombras y misterios que nace en remotos sitios donde apenas se aventura imaginarse como productos.
La realidad para Roth puede proceder de diversas direcciones. Las líneas que modelan la arquitectura de sus historias, en ocasiones son tenues, apenas visibles, proclives a los cambios inesperados; pero otra veces marcan un profundo surco que no borrará ni el tiempo ni la erosión de otros hechos.
El consagrado escritor nos ha otorgado varias piezas de fina construcción, hechas con el cincel de una exquisita imaginación, cercana casi a la alucinación, al espejismo, a lo fantasmagórico. Pero lo mejor de toda esta diagramación es que sus historias son reales, posibles, pueden ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar.
Tras lo palpable, tras esa densidad física, Roth fragmenta el cosmos y nos presenta aquello de “… y si hubiera sido de otra forma”,extrayendo personajes y lugares reales para trastocar sus historias, para empujarlos hacia un sendero retorcido.
Es esto lo que ocurre en La Conjura contra América, cuando se interroga sobre lo que hubiera podido ocurrir si Estados Unidos hubiera dejado sola a Europa frente a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y el aventurero Charles Lindbergh lograra acceder a la Casa Blanca y orquestado una cacería de judíos en América.
Según Roth, eligió a Lindbergh como punta del hilo de esta madeja porque el aviador era un ser aislado, buscaba nombradía en esa marginación, como si viera todo desde arriba cuando surcaba el aire ante los controles de El Espíritu de San Luis. El héroe por excelencia también vegetaba en los barrizales del fondo de la cisterna oscura de una mente tejida con prejuicios y rezumaba ese odio visceral de remota data contra los hijos de Abraham.
¿Habría mejor escenario para decir estas cosas, mejor época para instalarlas? ¿Qué mejor personaje para esta nueva encarnación del mal, que el héroe estadounidense? Para el galardonado autor y eterno candidato al Nóbel, los discursos y la correspondencia del adalid permitían conocer su posición sobre la supremacía blanca anglosajona sobre las demás etnias de su variopinta sociedad.
A este hombre que le gustaría ser, si existiera esa posibilidad, un sacerdote para deslizarse vestido con sotana por los amplios pabellones de un santuario para escuchar confesiones, al que no le arrebata el ascetismo ni el celibato, aunque sí llega a ser austero y hasta neutro cuando trabaja, no le quedaba otra salida que denunciar ese fantasma que intuía en las tinieblas del pasado como un escondido ente de terror para el pueblo al cual pertenece y al que tampoco le permite ciertas falencias cuando le describe.
En la vertiente contraria, de menos vuelos imaginativos pero de estremecedora realidad psicológica, El Lamento de Portnoy se convierte en una apología del sexo, de ese movimiento de la carne dispuesta al placer, al encuentro con lo tangible de su expresión existencial.
Con esos movimientos anárquicos de la década de los sesenta del pasado siglo, tomando como justificación elementos reivindicativos contrarios a la guerra, a la discriminación racial y sexual, esta obra rompía con el último eslabón que representaban los jóvenes cordiales y educados, de cabello engominado y muchachas de las que se podía conocer el color real de sus cabellos.
Era el escenerio de la guerra fría, de la imagen apocalíptica del hongo atómico en el horizonte. La amenaza de enfrentamientos bélicos sin precedentes en la historia de la humanidad, en medio de disonancias ideolótgicas.
Con todos estos puntos remarcados, abren los cortinajes de una nueva era de viajes espaciales, de adelantos en la tecnología y la comunicación, Portnoy causa revuelo e indigna a los acólitos del puritanismo de la sociedad estadounidense.
Las obras de Roth desnudan con rigor y no pocas veces con humor la historia de lo que ha sido la inocencia de un país sometido por el sistema inconmovible, frío y feroz de la libre empresa, del capitalismo salvaje, sustentado por la fuerza de los ejércitos, expansivo y mercantil en su versión más extrema y abyecta.
Devela la desilusión de las generaciones frustradas, en cuyo corazón palpita siempre el temor de una guerra, de una hecatombe. Todas estas experiencias colectivas de una masa saturada hasta el vértigo con las estridencias del espectáculo, son expresadas en un lenguaje puro, con sensibilidad y fuerza moral.
Seguro está Roth de que el pasado de estos anales no pertenece a la memoria de los sucesos propiamente ocurridos, sino de los que alberga la imaginación como reservorio y filtro, como aparato de interpretación.
Pasan por ese tamiz todas las posibilidades; al final salen entremezcladas, hirviendo de variables que transforman lo determinado.
Desde el joven Alexander Portnoy, el Zuckerman de El Escritor Fantasma, hasta Everyman de su última novela, Roth ha dibujado con delicadeza y furia cada movimiento de ese contexto sujetado por la ortodoxia y la escolástica, donde no asoman para los cómodos y ociosos, las sombras de los sueños.
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En fin, ya veremos. Un saludo.
Confieso que he leído
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Roderick Guzmán Meza








