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Asesinos Psicóticos Prehispánicos

Permalink 23.09.08 @ 18:15:29. Archivado en Cultura, Ficción

Eran los tiempos de la serpiente y las nubes, del corazón quemado en una hoguera sobre fogones de piedra, de los pájaros sobre las ramas, de las ranas vestidas de musgo y oro, de los tapires y del lodo. Eran los tiempos del cervatillo y de la cerbatana, de la veloz carrera entre los matorrales, del espeso follaje y del canto de la lechuza y el mono. El aire olía a maíz molido, a masa cocida con cilantro y almendras.

Había lloviznado esa tarde y los insectos zumbaban en la plaza donde la fuente levantaba ciudades de burbujas que se desvanecían al rozar las agujas del crepúsculo que se acercaba.
Los habitantes de este sector de Abya Yala son poderosos y feroces, fuertes y hábiles, magníficos guerreros, gente de luz y de sombras. Un pueblo que ocupa todo el centro y el sur de la planicie y levanta estructuras colosales que emergen entre los árboles como monstruos antediluvianos.
Axayacatl (Rostro de Agua) está sentado fuera de su unidad habitacional: un amasijo de barro con forma de cubo, en cuyo frente, una puerta sirve de paso al interior de la estructura. Un perro duerme a su lado y él pasea su mano de alacrán sobre el peludo lomo del animal. Algo late en el interior de su cuerpo. Fuerzas imposibles recorren el torrente por el que viaja su sangre en ebullición.
Hace tiempo los enemigos fueron convertidos en vago recuerdo. Les dejaron tumbados en un recodo del camino del tiempo. En las riberas del Gran Lago, el último de sus guerreros cayó de bruces y dibujó sobre la arena humedecida las facciones de su rostro sin vida.
De rodillas ante una batea, Macuilxochitl (Cinco Flores) amasa el maíz. Malinaltzin, su amiga de la infancia, canta a la primavera, al amor, al perfume de las flores, al horizonte azul salpicado de gaviotas, a la montaña ceñida con una aureola de luz y guirnaldas de nubes.
Todo el pueblo se prepara para la celebración de la cosecha. Cuando se hayan segado ya los campos, cuando el grano haya sido depositado en las bodegas se danzará al compás de los címbalos y de las flautas. El dios Tezcatlipoca (Espejo Humeante) será agasajado con las primicias de la recolección del maíz en un festival que ha de durar varios soles y varias lunas.
Se beberá chicha, fermentado líquido escondido en el corazón del grano que hará que los sacerdotes vean el rostro de la divinidad al despojarse de su paño zurcido con estrellas y de su manto bordado con galaxias. Ingerirán ese licor y darán gracias mientras en algún sitio, la sangre ha de derramarse, pero no en un ritual religioso, sino como consecuencia de la presencia e influencia de los demonios.
Axayacatl se levanta y mira de soslayo a las dos mujeres. Es alto y fuerte. Sus ojos y sus cabellos son como las noches de invierno y su piel brilla como la luna sobre el agua. Deja un saludo revoloteando en el aire dedicado a las mujeres, mientras desaparece entre la espesura de la selva donde el jaguar caza y el jabalí huye.

Fueron palabras breves, casi suspiros, notas de un pentagrama de sueños y fantasías. Quedaron grabadas en las memorias de las jóvenes y sonreían cómplices al ver al mancebo escabullirse, seguido por su perro. Pero quizás haya sido una invitación, un convite al escarceo amoroso.

Macuilxochitl sintió debajo de su piel un zarpazo eléctrico que la hizo levantarse y seguir las huellas del hombre, cuyo aroma era el del relámpago. Pudo ver su penacho entre las delgadas pajillas de hierba, seguirlo con la mirada antes de los pasos, antes de la realidad y de los hechos.

Cuando la selva abrió un cuadrante a la luz del cielo, percibió a Rostro de Agua entregado a la contemplación de una roca de jade, de innumerables resplandores. Allí se acercó Macuilxochitl con el corazón en la garganta. Respiró profundamente y se dejó tomar de la mano. Siguió al hombre con los ojos cerrados hasta que llegaron a una gruta, abierta en la ladera de un cerro coronado por el nido del águila.

Todo ocurrió con rapidez. Primero el roce de los cuerpos, el beso, la caricia, la posesión. El macho hacía sucumbir a la hembra al furor de su voluptuosidad y la contagiaba con su virus.

El golpe surgió de la nada, no pudo ser visto por ojo humano. Acaso el temeroso ratón o el halcón pudieron ver el celaje. El hacha de piedra era aferrada por la mano del hombre y se precipitó en vertiginosa carrera hasta la parte superior del cráneo de la damisela, que cayó muerta sobre su sangre todavía humeante por el deseo.

Nadie escuchó el gemido último de la doncella, ni siquiera los papagayos que se habían quedado mudos ante la escena de sangre. La culebra se enroscó en su nido y el mono es escondió tras las hojas de los platanares.

Se acercaba por allí Chimalcatl (Escudo de Serpientes) henchido de orgullo con su nuevo tocado de plumas, confeccionado para participar en el festival de la cosecha. Cantaba una tonada: “Son tus ojos como luceros, tus manos como nubes que cubren mi rostro y mis lágrimas de alegría resbalan como riachuelos sobre los guijarros. Tu aliento es como la hoja del tamal todavía húmeda por el rocío de la primera mañana de la primavera…”.

Antes de terminar de paladear la última tonada de su canto, Chimalcatl tropezó con el cadáver de Macuilxochitl que yacía sobre un manto de verde hierba con el cráneo despedazado. Apenas pudo ver entre las espigas de los hierbajos la mata de cabellos oscuros resplandor bajo el sol declinante.

Gimió como un perro herido y corrió hacia el mercado donde el jefe de los ejércitos, Ceyaotl (El Guerrero) despachaba un batallón hacia el norte donde habían sido vistos intrusos, cazando en tierras del Emperador.

Relató lo ocurrido. Su paseo, su canto, el cuerpo sobre la hierba, la sangre, la exposición de la masa encefálica, los ojos abiertos en último gesto de terror, la boca crispada por la angustia de Macuilxochitl al sentir el primer golpe sobre su cabeza… CONTINUARÁ…


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