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El Ego y el Universo

Permalink 17.09.08 @ 21:21:00. Archivado en Personal

Al mirar el océano en una mañana luminosa, embebidos por sus azulados destellos, con blancos rizos de espuma cruzando su superficie como gaviotas de sal y viento, no podemos evitar pensar en el espacio sombrío que se expande infinito sobre nuestras cabezas.

Bajo nuestros pies, la arena crepita y no sabemos cuántas formas de vida hemos triturado mientras caminamos. ¿Habrá algún invisible universo alrededor de nosotros, alguna estructura anónima con sus leyes inmutables muy diferentes a las de esta cápsula de materia rústica y decadente?

Nuestra huella es barrida por el viento. Los contornos se desvanecen ante el delicado suspiro de la tarde que se evapora sobre una roca humeante, un tronco derrumbado o una mancha de líquenes y hostiles hierbajos.

La arena es una playa de estrellas. Infinitos e incontables, los astros flotan sobre el éter con absoluta indiferencia a los revoltijos y violencias de aquí abajo. No hay ni dolor ni alegría en sus resplandores, no hay misericordia ni piedad. Los brillos de los granos de arena pueden verse desde determinada posición cuando la luz se desliza sobre su superficie.

Han de haber transcurrido innumerables eones, eras inconmensurables desde la grandiosidad del abismo primigenio, desde la oscuridad de un pasado sumido en su propio núcleo impensable hasta llegar al instante en que escribo estas palabras.

Los roces, las erosiones, los colapsos, las erupciones, las expansiones transformaron la tierra, enormes peñascos que rodaron, cimas devastadas por el ciclón, llanuras pulidas por el cepillo de las estaciones, florestas inundadas y océanos deshidratados, edificios de hielo al borde de los precipicios. Fuegos que se encienden y se apagan entre vacíos y nebulosas naciones de polvo.

Toda la materia, en una borrachera de expansión, lanzada por todas partes a velocidades de terror, termina por convertirse en esta imperfecta forma que pulsa las teclas del ordenador, carcomida por virus tan deletéreos como el ego y la vanidad.

El tiempo tiene en sus manos un cincel y un mazo. Con su mirada salpicada por las chispas del martilleo ha creado formas a partir de un ígneo desorden convertido en flema y secreciones.

Si posamos las rodillas sobre el manto de arena y tomamos un puñado en nuestras manos, con facilidad habremos aferrado en la palma unos diez mil o cien mil o varios millones de granos, tantos como estrellas podemos ver en la oscuridad de la noche, como un roto cristal donde el rostro se fragmenta.

Sin embargo, en el firmamento titilan muchos más astros de los que podemos observar. En apenas una mirada, las estrellas nos sorprenden suspendidas en urdimbres de fuego y gas. Apenas se insinúa toda la vastedad del universo en esa mirada. Nuestros ojos son incapaces de percibir toda la majestuosidad de un orbe magnífico, pero indiferente e inhumano.

Los antiguos sabios dieron nombre a esas constelaciones. Zonas infinitas fueron bautizadas con nombres de héroes o de animales fabulosos. Sobre esa extensión de sombras, un lenguaje de titilante alfabeto proclamaba sus secretos.

Cada uno de nosotros, en cualquier parte del mundo, se encuentra a la misma distancia de la primera y la última estrella que asoma su rostro de luz entre sombríos cortinajes.

La tierra nos aprisiona en coordenadas de insobornable dureza. Por eso nos es imposible percibir en tres dimensiones los grandes cúmulos estelares, el rostro de los dioses olvidados. Sin embargo, estamos aquí, ni abajo ni arriba, especulando sobre nuestra presencia en este peñasco que gira en torno a una inextinguible lámpara de destellos amarillos.

Desde el emplazamiento en que nos encontremos, el universo visible ha de ser siempre el mismo. Todas las preseas han de tener el mismo semblante cincelado, sus brillos nos extasiarán antes de que tengamos una idea de lo que estamos viendo.

Nos imaginamos viajes a distancias colosales, impulsados por una impensable fuerza todavía desconocida. Detrás de los pabellones ignotos donde se esconden las trinidades y los escándalos del silencio ha de haberse formado un orbe de magnificencias muy próximas a la idea de la divinidad.

Nuestra tecnología para tales viajes es aún rudimentaria. No existe diferencia entre los habitantes de las cavernas y nosotros, cuando aventuramos el magín calenturiento de nuestra condición humana y pensamos en aberraciones espacio temporales capaces de, en teoría, fusionar pasado y futuro.

Incapaces aún de lanzarnos a esta inimaginable conquista del tiempo y el espacio, soñamos con despejar la bruma para entonces alcanzar cierto brillo empíreo que nos permita entender la majestuosa soledad de esta especie emparentada con los primates, las medusas y los arcángeles.

Hemos logrado prefigurar una antítesis de la realidad, bajo la apariencia de síntesis al momento de intentar comprender nuestra presencia en este emplazamiento material. Todo lo que ahora pensamos o somos, podría dejar de tener sentido a medida que logremos descubrir mayores porciones de la verdad.

La decadencia de la materia, del organismo anfitrión de la esquiva alma, es la poderosa demostración de que nuestra identidad, nuestro ego y vanidad, no representan absolutamente nada en la pavorosa grandiosidad del universo.

En cúmulos incandescentes han de viajar las estrellas hacia sus remotos destinos. Su rastro de sustancias estelares también, algún día, se ha de disipar como una mancha de humedad sobre el pavimento.

Mientras tanto, nos dedicamos a explorar nuestro vecindario sideral. El sol ocupa el plano principal de su arquitectura. No obstante, apenas es un crío ante los imponentes y cataclísmicos monstruos que acechan en la noche eterna.

Somos algo efímero y banal. Apenas criaturas fugitivas de la eternidad incomprensible. Tal vez el insecto cuya vida apenas dura unas horas, nos perciba como criaturas inmóviles, incapaces de estremecimientos. Las estructuras construidas por el esfuerzo humano, serían para él un espejismo, como si hubiesen sido formadas todas de una sola vez.

Empero, si una estrella adquiriera conciencia y fuera testigo de nuestra presencia, cavilaría sobre la insignificancia de este enclenque organismo plagado de desinencias fatales, como si un fuego fatuo hubiera surcado el horizonte.

Nuestras vidas apenas son un breve aleteo de mariposa para los titánicos círculos de fuego. Empeñados en imponer voluntad, nos desgastamos ante la indiferencia de la naturaleza.

Habrá otros mundos, no sé si habitados por criaturas conscientes, aterrados como nosotros por el tiempo y la muerte. Tal vez sean hostiles, tal vez fríos y despiadados, surcados por guirnaldas de lava y quebrantados por fusiones de gases y polvos.

Es posible que en esos mundos, más de dos soles asciendan sobre el horizonte al compás de una sinfonía de silencios o de hecatombes. No sería extraño que varias lunas caminaran entre nubes de nitrógeno o de sulfuros y alumbraran con indefinidos destellos rojizos y azulados una playa desnuda.

Lo cierto es que cada uno de nosotros terminará su ciclo existencial en el mayor de los anonimatos. Fuera de un ínfimo círculo de conocidos, no habremos sido nada y antes de deshacernos en medio de una tolvanera de átomos y moléculas, continuaremos creyéndonos el centro de una creación indiferente a nuestro destino.

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Ufffff!! Me he quedado sin aliento..., mareada y confusa después de este amplio y vertiginoso viaje espacial.

Después de este lírico viaje hasta las profundidades del átomo o hasta la más lejana de las estrellas, queda suficientemente demostrado que el ego del hombre (el de la mujer no tanto...) es una insignificancia en medio de toda esa inmensidad, un ente invisible y sin apenas consistencia, una nada en comparación con el todo.

Estupenda reflexión y amena lectura.
Saludos!
Enlace permanente Comentario por solariana 19.09.08 @ 02:20

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