El Miedo
16.09.08 @ 21:53:28. Archivado en Personal
De acuerdo a los académicos del idioma, el miedo es una “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo real o imaginario”. La palabra nos la hereda el latín “metus”, con idéntico significado.
El miedo puede tener escalas, grados e intensidad y se puede percibir en diversas formas, desde una leve premonición, desde el roce de un susurro hasta la certeza de la extinción de la vida. Las dimensiones de las que procede le hacen convertirse en medusa o esfinge, le otorga el color de las sombras y le concede la voz de la tormenta. Es la flor o la herida abierta, es la contundencia y la fragilidad.
Cuando es apenas perceptible le consideramos temor. Aprensión por equivocarnos, de fracasar en una prueba o de ser engañados. Nos estremece el repentino celaje en la sala mientras leemos o cuando estamos preparados para dedicarnos a actividades contemplativas. No estamos en estado de alarma y por eso el fantasma salta desde el ángulo oscuro de la habitación, se asoma en los espejos, roza los cristales de las ventanas con sus dedos congelados y remece las flores en los jarrones. Por eso el espectro sopla sobra la llama de la vela o distorsiona las emisiones de energía que iluminan la sala desde el tubo de mercurio.
Para los espíritus sensibles puede ser la prueba de que algo ignoto aguarda, obviado por la vigilia, pero creciente como un tornado cuando por la noche cuando vemos una sombra en la ventana.
Pero el miedo tiende a crecer, se agiganta como una cerrazón cuando declina la tarde. Es un monstruo antediluviano, unas fauces abiertas y ensangrentadas, unas garras que rasgan la carne. Pánico y terror son hermanos gemelos que se abalanzan sobre los desprevenidos para morder sus yugulares, para escribir sobre sus pieles insultos en idiomas secretos.
Engalanado de irracionalidad se convierte en fobia. La presencia del bicho deforme, veloz, irreverente que surge de los escondrijos, la rápida carrera hacia los espacios inabordables, lanzan bocanadas de fobia, chorros de repulsión y asco.
Estar en lugares incómodos, reducidos, pequeños y agobiantes, también producen ese estallido conocido como fobia. La sensación de ser inexpugnablemente comprimidos, triturados, asfixiados hacen caer en un frenesí de pavor.
Sentir miedo es estar en contacto con atávicas situaciones, cuando apenas éramos criaturas frágiles con un rudimento de conciencia, a merced de las fuerzas de la naturaleza y sin ninguna posibilidad de enfrentarlas.
La presencia de una sombra en la calle oscura, el alarido en lo alto de la noche, el fulgor luciferino de los ojos de los gatos, siempre zarandea el recipiente donde la adrenalina humea en silencio.
Esta primaria emoción también se abalanza sobre los animales. Ellos perciben con antelación los exabruptos del clima, los temblores de una tierra inestable, a veces imperceptibles. Antes que destelle el relámpago sobre el lienzo de la tenebrosa eternidad, el perro se inquieta y se echa en un rincón, el gato se confunde entre la ropa sucia del tiesto, los caballos cocean y relinchan.
El miedo es una estructura de supervivencia. El peligro pone en alerta a todo el organismo. Los organismos de defensa son activados para enfrentar el riesgo o escapar de él, estimulando la veloz carrera, la habilidad para trepar, saltar o colgarse.
El miedo a la soledad te convierte en personaje afable y popular. Quien sienta que en el aislamiento podría aparecer la mano transgresora, la criatura frenética y dueña de la sangre vertida, buscará la luz y la multitud, apreciará la bullanga y el movimiento.
Para quien la muchedumbre sea una sangrienta hidra lo desierto, lo yermo y despoblado sería el paraíso. Los monstruos amenazadores proceden de los miles de gestos, de las miradas salvajes, de las manos que saltan y describen en un idioma secreto, amenazas e intimidaciones.
Tener miedo no es ofensivo ni indigno. Es el resultado de la inseguridad, de lo incierto. Vinimos a un mundo con este legado y nos marcharemos con él en la mochila hacia la eternidad. Tener miedo es sentirse extranjero en un universo donde todas las formas son peligrosas y amenazantes.
La creación debió extraernos de algún delicioso rincón donde la materia de la cual estamos hechos no era amenazada. El espíritu no teme porque no puede ser dañado. La pobre carne teme ser ingerida.
De lo que tengo miedo es de tu miedo... William Shakespeare
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Sin embargo, me deja algo desconcertada el último párrafo... Me resulta incomprensible o contradictorio: "La creación debió extraernos de algún delicioso rincón donde la materia de la cual estamos hechos no era amenazada. El espíritu no teme porque no puede ser dañado. La pobre carne teme ser ingerida".
Roderick, ¿podría aclarar un poco esta idea?
En cuanto a Shakespeare, creo que tenía mucha razón.
Un saludo cordial.
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Roderick Guzmán Meza








