Adiós a David Foster Wallace.
15.09.08 @ 21:54:26. Archivado en Literatura, Noticias
David Foster Wallace, al describir la vida en los Estados Unidos, decía que “hay algo muy triste en ello”. Esto lo argumentó cuando el siglo cambió y muchos hacían relucir sus esperanzas. “Es más bien como una tristeza en el estómago”, agregaba.
El viernes pasado, su mujer, Karen Green, le dejó ante el ordenador, hilvanando ideas para su próxima obra. Tenía atado a la cabeza su proverbial pañuelo y los ojos incrustados en la pantalla. Sumergido en quien sabe qué dimensión, acompañado por las hadas y los elfos de la inspiración, casi no reparó en la domesticidad de la presencia.
No se atrevió a interrumpirle. Tan solo le estampó en la mejilla un beso y acarició su revuelto cabello. Caminó hasta la puerta y vio la mano del escritor aletear sobre el monitor en un gesto de despedida. No sabía que este sería una acción de consumación, de un adiós con un carácter de mayor permanencia.
“Escribir sirve para superar una sensación de perdición”. Con su voz pausada y alegre, a veces deslizaba este tipo de advertencias sobre lo que se desvanecía en su interior. Un agotamiento creciente, un cansancio multiplicado por la sensibilidad.
Al regresar, su mujer presintió algo aciago. El silencio no era el habitual. Era como un cristal hecho trizas por la tempestad, como un caudal reseco por la ira estival.
Fue hasta la cocina y dejó los paquetes. Los acomodaba con cierta cautela, como si sintiera que los sonidos deberían encogerse hasta convertirse en minúsculos corpúsculos de algodón. Pero algo le llamó desde el estudio de David.
Llegó hasta la puerta y tomó la perilla entre sus dedos. Estaba muy fría. La hizo girar y no se atrevió a empujar la lámina de madera labrada con curvas figuras y ángulos rectos. Sintió el peso de algo que se elevaba, rozarle las manos, algo que se convertía en pájaro o en nube.
Entró de un solo impulso. Miró hacia el escritorio, hizo deslizar su mirada por el anaquel de los libros, sobre el piso donde yacían desordenados pliegos. Elevó el rostro hacia la escalera que conducía al desván y allí le vio colgado por el cuello, con el pelo largo y revuelto sobre el rostro pálido y apagado.
Quienes escucharon esta noticia recordaron que había pedido a sus allegados que le internaran en una unidad de vigilancia hospitalaria porque no podía controlar su inclinación al suicidio. Atravesaría ese umbral cuando todos se encontraban desprevenidos.
David Foster Wallace, había nacido en Itaca, Nueva York, el 21 de febrero de 1962 (46 años cumplidos. Impartía clases en la Universidad de Pomona de California donde era muy respetado y querido por sus estudiantes y colegas, para quienes siempre tuvo tiempo y frases de aliento, una palmada en el hombro. Lamentablemente, los demás no percibían las sombras que le envolvían.
Lo más paradójico de su personalidad era el afecto que le profesaban quienes le trataron de cerca y su tendencia a hundirse en sombríos estados de ánimo.
Ensayista, cuentista, novelista, David Foster se había convertido en uno de los principales representantes de la nueva generación (la llamada “next generation”) de narradores de un país donde no han escaseado los talentos literarios.
Su obra cumbre fue “La Broma Infinita”, una monumental basílica de más de mil páginas, en la que presagiaba un futuro donde las grandes corporaciones se apropiaban hasta del tiempo, colgándole a los años los nombres que las identificaban.
Convertido en un icono de la postmodernidad, Foster Wallace ha sido comparado con el fantasmagórico Thomas Pynchon y con el también renombrado Don De Lillo.
La Broma Infinita fue aplaudida por la crítica y la revista Time le consideró como una de las mejores cien novelas publicadas en los últimos ochenta y cinco años en idioma inglés.
La densa fórmula literaria de Foster Wallace se desarrolla en un centro de rehabilitación para adictos a las drogas y en una academia de tenis de grupos elitistas y mostraba sus especulaciones sobre la las muy diversas adhesiones de la vida, entre ellas el arte, el entretenimiento, la vida y el tenis.
El talentoso David Foster Wallace era un escritor con mucha fuerza, sus palabras eran filosas, como si desde dentro de su corazón se abrieran camino cortando sus arterias para ser teñidas con sangre antes de ser pulsadas por sus dedos.
El mundo literario estadounidense ha reclinado la cabeza para verter lágrimas de tristeza. La noticia ha consternado a todos. Su amigo Jonathan Franzen dijo de Foster Wallace: “Tenía un enorme talento y su retórica era la más poderosa. Era la persona más amable que he conocido… pero también la más torturada”.
Comentarios:
A veces escribir no da suficiente para desprendernos, para exorcizar ese mal que nos acecha, esa tristeza que se nos viene encima, esa melancolía que nos ahoga.
Hay personas para las que abandonar este mundo es una necesidad, una urgencia que no pueden eludir.
¿Cobardía?, ¿desgana?, ¿desesperación?, ¿impotencia?; ¿no podría ser que cierto tipo de personas, llegadas a un punto, supieran reconocer algún gran fallo, algún fallo irreversible, sin cuenta atrás y llegaran a gestar la certeza de que les urge morir para tener de nuevo a la mayor brevedad posible, una nueva oportunidad de enfrentarse con la vida, en esta ocasión, con conocimiento de causa?...
Dejo esta pregunta en el aire, sugerida por el estupendo artículo de Roderick.
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Roderick Guzmán Meza


