Ejecuciones
10.09.08 @ 21:16:48. Archivado en Relatos, Noticias
La noche parecía un animal salvaje al acecho. Llegó de pronto, a la carrera, surgió detrás de los cerros, todavía manchada de esa sustancia ambarina de la que está hecho el día cuando declina. Se abalanzó sobre el último vestigio de luminosidad de una tarde resignada a la extinción, a dejar de ser.
El termómetro marcaba 34 grados Celsius de calor viscoso y seco. Los vecinos se abanicaban en los portales de sus casas y tomaban cerveza mientras jugaban al dominó o escuchaban alguna de esas estridencias considerada música moderna.
Para liberarse del sofoco y del atontamiento, miraban el vuelo de las lechuzas. El cielo era abrasado por el ardor de la tierra. La rebelión de un resplandor de la tarde ya cristalizada, se debatía en retirada tras la línea del horizonte.
Estamos en un barrio de las afueras de la ciudad de Panamá. Popular, ruidoso y dicharachero como todos los sectores donde habita la clase trabajadora. Puestos de venta de comidas criollas, de fritangas abundan en estos parajes a esta hora durante los fines de semana. Las aceras se llenan de adolescentes que buscan reputación y prestigio iluminados por la luz de un cigarrillo.
Unos hombres en pantalones cortos y camisetas sin mangas, sentados sobre taburetes improvisados con cajas de refrescos y pedazos bloques de cemento, escuchan las carreras de caballos y hacen los gestos del jinete cuando apuran a los caballos a los que han apostado.
Un automóvil circula con lentitud por las calles de la barriada. Es gris como ha de ser la muerte, como ha de ser el vacío antes de las tinieblas. Lleva arriba las ventanas oscuras, cubiertas con papel ahumado. Apenas se percibe el movimiento de las siluetas en su interior. No se definen los perfiles ni las formas. No hay rostros ni cuerpos, solo una sustancia inestable detrás de los cristales.
Las casas se encuentran separadas por bajos tabiques desde donde se puede llamar al vecino para la conversación o para pedir algo prestado. Existe mucha familiaridad entre ellos. Pocas son las cosas que desconocen los unos de los otros, pero siempre existen las excepciones.
Estamos en una esquina donde se encuentra una casa del color del crepúsculo. Una terraza bordeada de verjas la rodea y preserva algo de la intinidad familiar. Dentro de la vivienda algunas personas conversan.
El vehículo antes descrito se acerca con lentitud y se estaciona afuera, en la vereda, donde los niños juegan y unas mujeres conversan. Se escucha el portazo del carro que retumba como un trueno.
Ha salido un individuo de mediana estatura, de color indefinido, de caminar oscilante y postura un tanto inclinada hacia adelante. Abre la puerta de hierro de la entrada y sube una pequeña escalera de cemento; se planta en la terraza en una postura que amenaza.
Algo ocurre, ruidos, gritos, mentadas de madre, insultos e imprecaciones. No es raro en estos lugares que la gente pierda de vez en cuando los estribos y se lance a la ofensa verbal. En algunas ocasiones se enfrascan en una pelea rápida de golpes certeros; pero esta vez no será así.
“Quiero mi mercancía, tú la tienes”, dicen que gritó el verdugo. “´tas loco, no tengo esa aguevazón”, respondió un hombre joven. Nadie pudo ver el rostro del agresor. El miedo vela los ojos, el miedo inmoviliza y entorpece.
Los denuestos se convierten en cenizas y abonan el surgimiento de los golpes. Un puñetazo en la cara del hombre, una patada en el costado cuando ha caído, una costilla se fractura y se curva hacia el interior de la caja toráxica. Alguien corre despavorido y salta la cerca para perderse entre los tendederos y los armatostes tirados en los patios.
Suenan cinco disparos. Dos dan en el pecho de una mujer que cae sobre el embaldosado, emana sangre de su boca como un hilo escarlata. Un proyectil se incrusta en la cabeza de su esposo que no pudo terminar una palabra mientras crecía el dolor del costado, otro atraviesa una nube y el último rompe los huesos de una mano abierta que cubre un rostro casi por instinto.
Otra vez la voz que insulta en la mitad del portal mientras la noche crece. "Quiero que aparezca lo mío, sino ya saben lo que les toca". En la casa de enfrente alguien se asoma a la ventana, oculto de manera parcial por las colgaduras; desaparece en un movimiento descendente, cuando el que ha disparado sale en precipitada carrera hacia el auto que espera con el motor encendido.
Tendidos sobre el piso, que todavía conserva el hervor del día, el hombre y la mujer, esposo y esposa, fantasmas ya, criaturas traslúcidas sin nombre ni personalidad, son atendidos por los paramédicos. La mujer está muerta. Dos orificios en el tórax, son de entrada y de salida, no cuatro como aventuró alguien al principio, solo dos que entraron por el pecho y salieron por la espalda, arrastrando el alma, llevándose los corpúsculos de la vida en un carruaje de azufre.
El hombre, todavía vivo, boquea y jadea, intenta articular la voz, un nombre, una maldición o una queja. La destrucción se apodera de él, le erosiona los órganos vitales, hinca sus filosos dientes en las arterias, roza el borde de los pulmones, mientras una garra arranca el corazón como si fuera un hierbajo seco.
Llega al hospital todavía con vida, pero la vida no es nada, no es ya parte de su patrimonio, es una frágil e inútil rebelión contra la nada que avanza. Ingresa al quirófano convertido en un monstruo con la cara tumefacta y deforme, conectado a aparatos que pitan hasta que cansado de pelear se deja ir. Tal vez escuchó al final la voz del doctor que declaraba la hora de su muerte.
Allá en el barrio se esparce la noticia del atentado, de la masacre, del sacrificio. Dos muertos y un herido. El ajusticiador desapareció sin que se pudiera conocer su rostro.
Esta ha sido, a grandes rasgos, infieles e imprecisos, la descripción de un asesinato por encargo. Alguien se apoderó de una mercancía ilícita y los sicarios aparecieron. La muerte llegó, pero no todo es como se uno se imagina.
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Roderick Guzmán Meza


