El Asesino del Zodíaco (Final)
08.09.08 @ 21:33:31. Archivado en Biografías, Relatos
Continuamos con la historia del Asesino del Zodíaco… El 27 de septiembre de 1969, Bryan Hartnell y Cecilia, dos jóvenes de 20 años se encontraban disfrutando de su mutua compañía en uno de los parajes del campo. El sol descendía con cierta delicadeza, dejando algunos rayos de luz sobre la cresta de los cerros, cuando la noche ya se adivinaba en el arrabal de sombras que se formaba en la ribera del lago Berrvesa.
Algo gracioso ha de haberle dicho Bryan a Cecilia que su sonrisa llenó de luz el atardecer. Tan entretenidos por la ocurrencia del joven que no se enteraron de la presencia de un hombre que con capucha emergía detrás de unos arbustos.
Oculto tras el capuz, el hombre dijo ser un presidiario en fuga que pretendía ir hacia México. Tal vez sí porque el acento parecía identificarlo como de ese país. Dijo necesitar un vehículo para dirigirse a su destino latinoamericano. Bryan se negó e intentó hacerse de una piedra adormecida entre su sombra y la del prófugo.
El desconocido lo apuñaló cinco veces y a Cecilia que había tratado de huir hacia el camino, la alcanzó y derribó sobre un manchón de tierra y le introdujo 14 veces el cuchillo. La piel se abrió sin resistencia como si fuera una barra de mantequilla sometida al calor de una hoja tibia de metal.
Sobre la puerta del lado del conductor, el asesino escribió con la punta del cuchillo dos fechas: 20-12-1968 y 7-4-1969. Estos números fueron un enigma para los investigadores que no encontraban sentido a la relación de fechas.
Poco después, el 11 de octubre, el taxista Paul Stine recogió un pasajero en una de las ruidosas calles de San Francisco. Era un hombre poco comunicativo, sin apremios por el diálogo ni el intercambio de ideas.
Al doblar la esquina de una calle que les conducía hacia las afueras, cercanos a un paraje donde a veces acampaban los carros casa, Stine recibió un disparo en la parte posterior de la cabeza. El proyectil de 9 mm., atravesó la tapia ósea y de alojó en el cerebro, mientras el conductor convulsionaba primero y después exhalaba de manera ruidosa su último suspiro.
El asesino escribió algunas palabras en la camisa del taxista, pero resultaron ininteligibles porque el sudor humedecía la tela y la sangre chorreaba. Después hizo algunas llamadas a la policía de Oakland amenazando con subirse a un autobús escolar y matar a tiros a todos los chicos.
Dijo con suavidad que cambiaría de método. Evocó su inteligencia, su relación con el universo infinito, con el vasto cosmos y la eternidad. Ya no recogería las almas de los réprobos como había hecho hasta ese momento. Ahora no podrían identificar un robo de una matanza o un suicidio.
En 1970, una mujer llamada Kathleen Jones conducía su auto cerca de California, cuando un motorista le advirtió que uno de sus neumáticos se estaba desinflando. Se detuvo y recibió ayuda del hombre de la moto, pero cuando reemprendió la marcha, la llanta se salió y el sujeto desconocido le ofreció llevarlas hasta un taller.
Las subió a su vehículo y las introdujo en un paraje solitario y boscoso. Amenazó a la mujer con matar a la niña si daba alguna señal a los conductores o a cualquiera. Condujo por un camino de tierra que llegaba hasta una especie de vertedero. Allí las acuchilló a las dos y las cubrió de desperdicios.
El monstruo encontró un elemento de diversión en enviarle cartas a la policía y a los diarios locales. Las firmaba como el Asesino del Zodíaco. Las misivas llegaban con cierta constancia y no se podía conocer a quien las llevaba porque aparecían de improvisto en un escritorio, sobre un portafolio, en el piso del pasillo o en el baño del recinto policial.
Posiblemente, la madre y su hija hayan sido los últimos crímenes conocidos del Asesino del Zodíaco. No se puede precisar esto con certeza porque dejaron de llegar las cartas. La especulación se apoderó de los expertos y nadie supo cómo dar con el depredador, al cual se le adjudicaron siete homicidios.
Algunos casos han tenido similitud con el estilo del Asesino del Zodíaco, pero nada ha podido comprobarse. En este caso participaron el FBI, el Ministerio de Justicia de California y el Servicio Postal de los Estados Unidos, pero no se pudo nunca tener una sola pista, ni una evidencia, ni un solo indicio que permitiera capturar al maligno sujeto.
La única constante de las misivas de este astrólogo del mal era la frase: “este es el zodíaco que habla”. A un lado de la rúbrica, sobre los párrafos o al final de la nota se dibujaba un cruz dentro de un círculo.
Desde el mes de abril de 1971 no se volvieron a recibir más cartas. No llegó ni un solo papel con la curiosa rúbrica del diabólico criminal. La policía agotó recursos y no pudo más que conformarse con la posibilidad de que el Asesino del Zodíaco haya terminado por suicidarse o tal vez fuese asesinado. El caso continúa abierto.
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Roderick Guzmán Meza


