Violencia entre jóvenes
05.09.08 @ 22:04:57. Archivado en Cultura, Panamá
La violencia se ha entronizado en nuestras sociedades, ya no acampa con sus huestes del otro lado de las murallas de la ciudad ha roto los portones y se cuela entre nosotros con el mismo rostro del amigo al que saludamos o del transeúnte que camina por las calles.
El demonio de la sangre y la muerte se ha logrado introducir por los grietas de las paredes. Duro y despiadado levanta su tridente y lo incrusta con fruición. Tiene afán de hostilidad, de dar golpes y lanzar alaridos. Para ello utiliza muchos recursos, algunos imprecisos porque surgen de su propio interior.
Antaño se utilizaban todos los recursos energéticos del organismo para buscar alimentos y sobrevivir a las fieras. Poco o nada quedaba para la risa o para la psicosis. Ahora sobra un tanto de fuerzas y no sabemos qué hacer con él.
Hubo formas de protesta contra formas de gobierno que terminaban en duros enfrentamientos, en derramamiento de sangre y muerte. Al parecer, el tiempo nos logró domesticas, al menos eso pensábamos antes porque de pronto, sin previo aviso, se introdujo una sombra ávida de maldad, el crimen.
Ya no es raro que los noticiarios sean una ventana por donde podamos asomarnos a los dominios de la muerte. Cada día, alguien cae, cada momento algo desaparece, cada instante es impredecible para la preservación de la integridad física.
Decíamos hace dos párrafos que antes, no mucho, digamos que en los setentas, ochentas y noventas, las rebeliones se organizaban para intentar cambios en aquellas formas de gobierno incapaces y abusivas, pero en los tiempos actuales, parece ser que las fuerzas se han dirigido hacia nosotros mismos.
Ahora, esa fuerza se ha revertido y amenaza a la sociedad y a cada uno de sus integrantes. Las revueltas contra el poder tiránico han disminuido, al menos en mi país y el cuadrante negativo aviva la llama de la agresividad, el crimen y la violencia. En los grupos humanos se ha inoculado un virus de autodestrucción.
Dentro de los conglomerados humanos se atiza un fuego nada sacro, nada purificador. Crecen sus llamas y amenazan con reducir todo a escombros. En los barrios pobres, llamados ahora “ghettos”, se alimenta el germen del mal, el tiempo le otorga fuerza, pero también los desajustes, las injusticias y los desenfrenos.
Todos los días alguien muere. Destruido por un acto de violencia, se convierte en una cifra más. Los censos se incrementan con los disparos y la muerte se enseñorea por los callejones, las callejuelas, las casas de madera, zinc y cartón. Camina con la delicadeza de la bailarina o con el estruendo de los aguaceros.
Hace unas semanas, un cantante del género raggae fue abatido a tiros. Quedó tendido en la calle de un barrio de la periferia de la ciudad capital de Panamá. En la alta noche, los disparos sonaron como truenos, mientras los verdugos escapaban sin mucho apremio, caminando entre las sombras como si regresaran de una diligencia común y corriente.
Se dice que el mencionado intérprete andaba en dudosos pasos, nada de eso nos consta. Lo cierto es que la letra de sus canciones evocaba un sórdido universo de maldad, de competencia dolorosa por un espacio en el mundo, de intolerancia y de pesadillas. Esta es la modalidad de protesta, la autodestrucción.
Situados a la sombra de las colosales torres de concreto, acero y cristal, los barrios del ghetto hierven en una ira mal canalizada. El encono atormenta a sus pobladores, pero hace explosión en su interior, no se lanza contra los pabellones pintados de rosa donde los personeros se solazan.
¿Se ha manipulado la conciencia de las masas para generar un movimiento de autodestrucción? ¿Se ha torcido el pensamiento reflexivo para corroer el frágil tejido de su entorno? ¿Será acaso un género de música, como el raggae, la hipodérmica que lava los cerebros de sus jóvenes seguidores, como en su momento se dijo del rock? ¿Han encontrado los oscuros personajes que controlan el sistema, la fórmula para destruir sin crear?
No nos atrevemos a respondernos esta pregunta. Las evidencias son apabullantes. Entre estos grupos de “artistas” no es extraña la injustificada violencia entre sus integrantes. Letras que injurian y ofenden son corrientes, respuestas que demuestran la belicosidad y el encono.
La juventud se consume a si misma mientras alguien se llena de dinero.
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Roderick Guzmán Meza


