El Asesino del Zodíaco
01.09.08 @ 21:48:09. Archivado en Ficción, Relatos
Era un día cualquiera de 1968, de esos que se olvidan por obligación. Es posible que el invierno tratara de anunciarse en la fría brisa, en las hojas desprendidas de los árboles o en la bruma del mar. Estamos en San Francisco, California, ciudad tantas veces vista, admirada y curioseada en la televisión y el cine. Por las calles se despliega una biomasa compacta, veloz, bulliciosa y homogénea. Huelen las calles a humo de contaminación, a lluvia retenida en las nubes, a flores pisoteadas, a cemento húmedo, a metal oxidado... a sangre.
En el Departamento de Policía, el mensajero deja una valija con la correspondencia. La bolsa queda adormecida bajo la blanca luz de los tubos fluorescentes, antes de ser revisada y repartida. Sobres de diversos tamaños reposan en la oscuridad de la valija, tienen la apariencia de frágiles esqueletos de insectos espectrales.
Había uno cuyo destinatario era el director del Departamento. Era de un blanco pulcro, parecía no haber sido tocado por nadie, sin huellas (después se percatarían de este detalle). Hubiese sido una entrega rutinaria de correspondencia, si su atención no hubiera recaído en la letra impresa: una itálica cursiva temblorosa en algunos rasgos y en ciertos giros de las curvas ascendentes; en otras partes se notaba la firmeza del trazo, la dureza de la fuerza del puño, sobre todo cuando rubricaba el nombre del destinatario.
El jefe rasgó el sobre y leyó el único folio. Era una advertencia. “El tiempo ha llegado. La luz de la eternidad descenderá para arrancar la cizaña, para suprimir a los impíos. El ángel de la muerte escogerá a los réprobos para ser aniquilados según los efluvios estelares que presidieron sus nacimientos”.
Imaginó a un hombre a medio afeitar, desgreñado y ojeroso sentado ante una mesa, con una idea fija en la mente, con el pensamiento atenazado por escenas de la infancia, pero falso, estúpido e inofensivo. Cargado de miedos intentaba solazarse a través de la burla, de un despecho irrisorio. No sintió nada especial el jefe, no le sobrecogió premonición alguna. "Otro que se pretende burlar de nosotros".
Pocas horas pasaron, la de las asignaciones, la del intercambio de impresiones, la del café de las diez, cuando se supo del crimen. Una mujer joven de menos de veinte años había sido encontrada muerta entre recipientes de basura en un callejón. Otra mujer, más vieja, más cansada, más triste y menos feliz, había visto el resplandor pálido del rostro sin vida, ensombrecido de forma parcial por una nube de sábanas que flotaban en los tendederos como fantasmas.
El director de Policía retomó el mensaje cuyo nombre se encontraba en el sobre: “este es el zodíaco que habla, Cheri no es la primera y no será la última. Habrá más”. De pronto sintió como si el instinto le hubiese fallado por primera vez en veinte años, como si ese recurso valioso para acercarse a la muerte sin ser destruido, se hubiera desvanecido en la última espiral de humo de su cigarrillo.
Al final la hoja era rematada con una cruz dentro de un círculo a manera de firma. Pensó, no supo por qué, en exhibicionismo, en delirio, en asombro. Varias escenas del pasado volvieron a su pensamiento, la sangre como protagonista, la muerte como anfitrión. Faltaban todavía algunos detalles para alarmarse, pero él ya los intuía. Por lo pronto, no habría más cartas hasta pasado cierto tiempo, no mucho, pero suficiente para dar inicio a un macabro juego de escondidas y persecusión.
Llegado el invierno, el 20 de diciembre de 1968, David Faraday, de 17 años y Betty Lou Jensen de 16 fueron encontrados en un camino destartalado por el uso, con anchos canales ocasionados por las ruedas de vehículos pesados y peñascos sueltos por todas partes. Los dos habían sido ultimados a tiros.
Es posible que los dos adolescentes se hubieran aislado para algún íntimo encuentro, cuando fueron encontrados por el pistolero que les descargó varios disparos en la cabeza y el resto del cuerpo. El crujido de los huesos quebrantados por los proyectiles le sonó al asesino como una nota musical, como una armonía producida por un violín o un piano. Un sonido como de caída de agua podía escucharse al fondo cerca de una colina donde el verdor de la hierba tardaba todavía en cubrirse de sombras.
No hubo más pistas que unas pisadas sobre el barro, borradas en parte por la lluvia. Pero sobre la corteza de uno de los árboles que conformaban el escenario se encontró grabada la cruz dentro del círculo. La policía recordó la carta con el mismo símbolo.
Pasaron el invierno y la primavera, los vientos fríos se disiparon y dieron paso a los colores de la floresta y al canto de las aves y a la aparición de las mariposas, al reverdecimiento de las hojas de los árboles y a la fiebre del heno y los estornudos. Después llegó el calor, el vapor maléfico y agobiante del verano, los alacranes del calor hincaban sus tenazas sobre la piel sin piedad. El 4 de julio de 1969 fueron encontrados otros dos cuerpos.
Michael Mageau de 19 años y Darlene Ferrin de 22 fueron masacrados. Alguien con una pistola de 9 milímetros les disparó cuatro veces. Mageau logró sobrevivir, pero su amiga murió camino del hospital. Afortunado el muchacho por salvarse no pudo dar pistas importantes, tan solo describió a un motociclista cerrado de negro, de pies a cabeza, que se les acercó mientras viajaban por la carretera y que luego disparó contra ellos.
No mucho tiempo después una llamada fue contestada en el recinto de la policía: “Yo les disparé a esos dos y también maté a esos cabritos del año pasado”. Durante las investigaciones alguien recordó que Darlene recibió varias llamadas acosadoras y sustrajo de su memoria el hombre de Paul, aunque nadie con este nombre pudo ser ligado a los hechos.
Al finalizar ese mes de julio, hervido en una cacerola de nubes bajas y vapores, el asesino envió cartas a tres diarios de circulación local. Cada una de las cartas contenía la mitad de una cifra secreta. El mensaje decía lo siguiente: “Es un placer matar a la gente, es más, me divierte”.
Agregaba que para matar a una persona hacía falta realizar un gran esfuerzo, “es algo como recoger esclavos que han de servir para una vida posterior. Quitarle la vida a alguien requiere de precisión, pero también de sentido artístico, cósmico y de maldad. No se puede ser filósofo ni artista sin ser malvado”.
En otra nota enviada el día 7 de agosto, una semana después de la anterior, el asesino introdujo varias veces la palabra “zodíaco” en sus mensajes, pero con un matiz menos cercano a lo moral y más próximo a lo esotérico. Evocaba una rueda, un círculo, la perfección, el eterno retorno de las cosas y los sucesos. Como complemento dio detalles específicos del último asesinato. CONTINUARÁ...
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Roderick Guzmán Meza


