La Depresión en el hombre
28.08.08 @ 21:52:19. Archivado en Ciencia, Medicina, Tecnología
El señor Fausto había llevado una vida productiva, era inteligente, culto y laborioso. Su empleo le producía suficientes recursos para vivir con comodidad. Su esposa era hermosa, lista y le amaba. Tenían dos hijos magníficos y cada una de sus aspiraciones se habían cumplido sin tantos tropiezos.
Fausto había viajado, conocía otros países, otras culturas y se desenvolvía eficientemente en los ámbitos personal, social y profesional. Era un vecino apreciado, digno de respeto y si se puede calificar de esta manera, intachable.
En su oficina era eficiente y responsable, creativo y original. No pocas habían sido las ocasiones en que su consejo era casi una ley y sus palabras casi un dogma.
Era creyente y su relación con la divinidad estaba construida tomando como base la fe y la gratitud. Solidario y misericordioso su mano derecha no delataba a su izquierda. Leía la Palabra, no solo en la búsqueda de sosiego, sino también como referencia cultural.
Pero en cierta ocasión, asomada a la ventana de su habitación, la noche trajo consigo un indeseable compañero. Una figura amorfa, traslúcida y enervante. Se introdujo en casa mientras algunos recuerdos le asaltaban.
Le embargó la tristeza, la melancolía le susurró algunas frases oscuras al oído, el rasgado manto de la desolación cubrió su rostro de sombras. De pronto, nada le pareció agradable ni correcto; el mundo se había transformado en un pavoroso desierto y el jardín florido de su familia comenzó a dejar de ser objeto de su atención.
Se encerraba en su habitación a mirar el techo. No le distraía el rumor del viento ni el ruido de la calle. Su esposa entraba al cuarto con una sonrisa hecha de luz y a Fausto le parecía tan solo un muñeco vacío, una paleta salpicada de pálidos colores.
Los hijos, ya adultos jóvenes, no alcanzaban a entender la conducta de su padre. Les parecía una especie de hastío, así lo sentían sin poder expresarlo con palabras, como si “el viejo” hubiese caído en un agujero por cuyas paredes emergían raíces y peñascos filosos.
La situación se tornó cada vez más difícil. La esposa llevó a Fausto al médico. No era un mal del cuerpo, su organismo era fuerte, pero era sacudido por los estremecimientos del alma. Fue remitido a un especialista quien dictaminó que el hombre había sido asaltado por los demonios de la depresión.
Al principio, las frases eran repetitivas por parte de sus familiares: “tienes que poner de tu parte”, “puedes hacerlo”, “tú eres más fuerte que esto”. Pero, después de un levísimo movimiento del espíritu hacia terrenos más luminosos, Fausto volvía a caer golpeado por el mal.
No era un asunto de elevar el ánimo desde los barrizales del abandono, sino de comprender que Fausto había sido atacado de manera inmisericorde por fuerzas hostiles cuyos elementos estaban compuestos por agentes genéticos, biológicos y psicosociales.
Cierta madrugada, Fausto se levantó de la cama y caminó como sonámbulo hacia la cocina. La esposa lo veía desde el fondo de la cama, deformada por las sábanas y la oscuridad salpicada por gotas de luz provenientes de los aparatos electrónicos encendidos a esa hora.
No obstante, ese sentido de percepción típico de las mujeres, capaz de encontrar briznas en medio de la lujuria de la floresta, le hizo comprender a la esposa que algo andaba mal con el hombre con quien había compartido su vida.
Se dirigió con sigilo hacia el sitio donde pudo ver a su marido con un cuchillo en la mano, apuntando directamente sobre su vientre desnudo. La desgracia se pudo evitar. No faltó el llanto ni la escena dramática, ni los abrazos prolongados, ni los besos sin deseo.
No fue esta la última vez que ocurrió algo similar. Fausto intentó varias veces exterminarse. Recurrió un par de veces al filo del cuchillo, la cimitarra doméstica con que también tasajeaban las carnes y los alimentos. Píldoras, líquidos tóxicos y otras sustancias conformaron el vademécum de autodestrucción utilizado por Fausto.
Finalmente, debió ser ingresado a un centro de atención especializada. La depresión fue confirmada por los psiquiatras y contrario a lo creído por sus familiares, no era un asunto de “poner de su parte”, sino de alteraciones de los neurotransmisores, las citoquinas y las hormonas.
Fausto superó la parte más difícil de esta crisis, pero la enfermedad tan solo pudo ser controlada bajo una férrea vigilancia de su familia y la consulta médica, además de los medicamentos. Tardó más de dos años para recuperar la esperanza y la salud.
En una época cargada de tribulaciones, no es extraño que la aparición de cuadros depresivos se potencie. Entre los hombres es menos frecuente, pero la tasa de suicidio consumado es cuatro veces mayor que en las mujeres, a pesar de que en las damas son más frecuentes los intentos.
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Roderick Guzmán Meza


