Federico García Lorca a 72 años de su asesinato
19.08.08 @ 21:54:48. Archivado en Biografías
Un hecho inédito me impidió escribir esta nota el día de ayer, fecha real de los acontecimientos que se recuerdan en este texto. Vuelto a la realidad debo retomar la fecha del 18 de agosto para evocar el ruin asesinato del poeta español más traducido, interpretado, estudiado y editado del último siglo: Federico García Lorca.
Bajo la tierra oscura, se dice, yacen los restos del poeta. Allí en las sombras de la abismal patria, han de haberse vuelto polvo sus huesos, triturados por el peso del mundo y por el corrosivo ácido del tiempo.
Impedidos de recibir homenaje postrero, los restos de Lorca se han convertido en una nación de minerales, en un territorio de filtraciones, en una dimensión de calcio con manchas pardas como reminiscencia de que alguna vez la carne y la sangre vistieron ese esqueleto.
Durante 72 años sus descendientes se han negado a exhumar lo que queda de la magia, lo que resta de la fantasía, pero también del dolor y de la melancolía. El hombre que cantó a Granada, a la arena, a los toros y los matadores, a la gitana y a la muerte reflejada en la punta de un cuchillo, fue enmudecido por las balas y lanzado junto a un maestro de escuela y dos ciudadanos más a una cárcava donde se dice, han permanecido en tétrica relación sin esperanzas.
Los familiares hablan del mito, de la leyenda de Lorca. Mantenerlo bajo tierra, según ellos, engrandece la figura del genio, le concede inmortalidad porque su cuerpo no importa tanto como su imaginación y sus versos. No escatiman esfuerzos por hacer creer que el autor de Bodas de Sangre, Yerma y La Casa de Bernarda Alba, debe permanecer en esa fosa infame para preservar el lado mítico del hombre, la parte luminosa de su legado.
Ahora, los descendientes de los dos ciudadanos que acompañaron a Lorca al sendero de tinieblas, han reclamado sus derechos. Requieren a sus ancestros de vuelta, necesitan de sus despojos para cumplir con una deuda moral y afectiva. Dejarles permanecer debajo del campo, en conjunción caótica, preservados por la pulsación magnética de la tierra, no es un aliciente y no ofrece descanso a sus almas confundidas.
Se dice que la llamada Ley de Memoria Histórica concede todos los derechos de rescatar, tal vez un par de costillas, unos cráneos rotos, algún esternón o fémur, alguna articulación vencida por el peso de la tierra y las rocas convertida en gastados ángulos recostados de una veta de raíces por donde han transitado los bichos más elementales.
Aquellos individuos fueron sometidos al oprobio de una ejecución, en una época de transición violenta. Condenados a una eternidad en la mazmorra de tierra claman desde el abismo por su desagravio.
Las causas de la muerte de Lorca no son claras. Si era comunista, si era homosexual, si era un amante descubierto por el marido engañado, no eran motivos suficientes para asesinar a tan grande hacedor de belleza. No es posible dejarle entre minúsculos puntos opacos, tejidos alrededor de sus vértebras, tan solo por mantener un mito.
Llevarle flores a los muertos siempre disminuye un poco el peso de una culpa inconsciente. De rodillas ante una tumba, las lágrimas podrán ser menos amargas. Ver grabado un nombre en la lápida permite a la memoria recordar los detalles desvanecidos de un rostro, sentir el acento de su voz, reconquistar en una mirada el fuego o el hielo del alma.
Sin embargo, podría ser que ni Federico ni el maestro ni los anarquistas se encuentren ya en ese agujero de ignominia. Tal vez han sido recuperados y conducidos a un lugar secreto donde las peregrinaciones no son posibles y los relicarios sobran.
Esa negativa de exhumar los restos de quienes fueron víctimas de un enfrentamiento fratricida ha de ser consecuencia de movimientos ya realizados. En algún nicho funerario íntimo, tal vez en una capilla rural o en un tabernáculo familiar, las cenizas de Lorca yacen en una paz doméstica, alejadas ya del misterio y de la especulación.
"Yo quiero que se identifiquen los restos de mi abuelo, saber a ciencia cierta que están ahí. Y no quiero que se muevan, sólo poder poner un pequeño letrero....", ha dicho la nieta de Dióscoro Galindo, quien según la historia oficial, yace en perpetua contemplación de la triste mirada del poeta, acribillado a los treinta y ocho años.
Por su parte, Laura García Lorca De los Ríos, sobrina y portavoz de la familia ha dicho que a pesar de la llamada Ley de Memoria Histórica, no abrirán la fosa donde fue lanzado el cadáver de su tío. “Si es abierta la tierra, también se abrirá una puerta hacia el olvido”, ha remarcado la descendiente del también dramaturgo.
Pero ya no es asunto de que Federico García Lorca tiene unos familiares que se niegan a desenterrar sus huesos. Este poeta granadino pertenece a la humanidad, es propiedad del patrimonio cultural de la civilización occidental y a ella debe ser consagrada la verdad sobre su muerte.
Se hace necesario conocer la verdad. Tal vez Lorca fue torturado antes de ser ejecutado. En un libro del hispanista y estudioso de la vida y obra del autor español, Ian Gibson, se recoge el testimonio escalofriante de uno de los verdugos que le ajusticiaron: “Le he dado dos tiros en el culo, por maricón”. El nombre de este esbirro no merece ser recordado y mucho menos mencionado. Lorca sí pertenece a la gloria y al Olimpo.
“La vida no es buena, ni noble, ni sagrada”… FEDERICO GARCÍA LORCA.
Comentarios:
Espero que ese día también escriba algo en su memoria, a pesar de haber cometido el horrible delito de haberse dejado asesinar por la izquierda.
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Roderick Guzmán Meza


