Henry Miller o Maese Príapo
07.08.08 @ 21:25:27. Archivado en Literatura
Henry Miller no tuvo ataduras al momento de decir sus internos desasosiegos y sus estrafalarias inquietudes libidinales. Su fuego arrasó los pastizales de la sobria sociedad norteamericana de la primera mitad del siglo pasado. Fue rebelde desde los tiempos de la academia. Hijo de padres de origen alemán, humildes y pertenecientes a la clase trabajadora, el futuro escritor era ajeno a los convencionalismos y a los recorridos lineales de la existencia.
Su visión falocrática del universo fue objeto de severas críticas por parte de los movimientos feministas de su época y debió enfrentarse a la censura en su país hasta bien entrados los años sesenta, época en que surgen los movimientos de protesta contra el sistema y pueden ver la luz los Trópicos de Cáncer y Capricornio, sus dos principales novelas.
Expone su visión erótica particular en obras de corte semiautobiográfico y en ocasiones logramos percibir un toque particular de nihilismo, sostenido por una rica prosa casi poética, con libertades de estilo y llenas de vitalidad como estímulo al flujo y reflujo de la conciencia.
Su fuerza narrativa estaba nutrida por elementos existenciales poderosos, emparentados con un eros eterno, volitivo y transitaba por senderos percibidos con recelo y hasta con furia por una sociedad puritana, surgida de los estruendos de dos guerras mundiales (¿europeas?), apocados por el revolcón financiero de los años veinte y estremecidos por corrientes de soberbia en medio de una tolvanera de desafíos por mantener una hegemonía ecuménica recién conquistada desde el punto de vista político, económico y militar.
Miller fue un huracán, su vida el epicentro de un terremoto. No pocas veces saludado como entidad pornográfica por una crítica histérica, comunicó una verdad subyacente, desveló una dimensión ignota que ocasionaba ardores y pruritos al convencionalismo.
En París, hacia donde viajó para escapar del peso gravitatorio de la llamada Gran Depresión, Miller encontró puntos de confluencia que le permitieron delinear con minuciosidad su obra irreverente y expresionista.
Como resultado del ejemplo ofrecido por su vida y su obra, Miller se convirtió, no sé sin quererlo, en un defensor de la libertad individual y literaria, de la emancipación del pensamiento y la conducta. No estar aherrojado con grilletes de puritanismo, no vegetar en una cárcel de hipocresía, esto fue lo que dejó como legado el escritor de la urbe y de las tabernas.
Buscó la salvación a través de todo tipo de intensas experiencias. La lírica de su prosa, a medio camino entre la más densa dimensión carnal y los sublimes esplendores de los arcángeles, ha sido un faro en medio de la tormenta para todos los espíritus extraviados en medio de la niebla del pudor y el rígido conservadurismo.
Miller es obsceno y espiritual, es terrestre y lunar, llega a tocar los fondos más abismales, tan solo para sacudir las alas y empinarse sobre los toscos peñascos de la zafiedad de los grotescos críticos que enfilaron sus estiletes de hiel en su contra.
No dejó de ser atacado Miller por los movimientos reivindicativos femeninos por evidenciar (en su opinión) cierta condición masoquista de las damas ante la fuerza y la potencia fálica del hombre. Enfrentó el músculo y la fuerza de un cuerpo cavernoso contra la curvatura sutil de la arquitectura femenina.
Éter y arena, viento y rocas, Miller trasciende las barreras, salta por encima de los vados enfangados para iluminar el poder creador de la materia en su relación, en ocasiones antagónica, con el aleteo del espíritu.
Miller lideró una revolución materialista, fue un sedicioso contra ciertos fundamentos del status. Agredió el lineal influjo de la certidumbre, de la comodidad ciudadana. Incendió los recovecos de las recámaras, de las mentes, de los organismos más contenidos por la tradición y la cultura. Fue amante de la escritora cubana Anäis Ninn, quien de su mano se introdujo en los oscuros laberintos de la sexualidad, de la sensualidad, donde no había más que miel y ámbar, donde los resplandores provenían de sus ojos estimulados por la droga del erotismo.
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Roderick Guzmán Meza


