Breves Escenas de un Asalto
06.08.08 @ 22:08:13. Archivado en Personal
Cierta tarde, varios amigos acudimos a un centro de diversión a tomarnos unos tragos. El local tenía una sobria decoración. Adornos alusivos a actividades del mar colgaban de las paredes tapizadas con madera barnizada. Un ancla, algunas muestras de nudos marinos, anzuelos, timones daban un aire de trasatlántico al sitio.
Las luces de colores parpadeaban como luciérnagas en la oscuridad. Un largo espejo rectangular reflejaba los rostros atolondrados de los consumidores, además de ofrecer la ilusión de mayor profundidad al bar.
Logramos hacernos de una mesa casi al fondo. Alrededor se había instalado un grupo de individuos con la apariencia de trabajadores de la construcción. Su conversación era altisonante y en no pocas ocasiones soez. Sentados alrededor de una mesa redonda, las manos aprisionaban constantemente la botella de ron.
Un poco más allá, cerca del traganíquel, una pareja se susurraba palabras de terciopelo e intercambiaba besos sutiles. Las lánguidas miradas presagiaban una no muy prolongada jornada en la penumbra de aquel lugar. No nos dimos por enterado cuando se marcharon dejando tras de sí algunos filamentos de su pasión.
Por una pequeña ventana lateral, se asomaba de vez en cuando una mujer con redecilla en la cabeza y un delantal blanco. Era el nexo con un restaurante. Su rostro aparecía después de un gong de una campana de bronce.
Podía ver platos surcar el espacio en manos de las meseras y el olor a fritangas, embutidos y otros bocadillos se deslizaba en forma de anillos traslúcidos que accedían a las oquedades de la nariz.
No era muy tarde así que la tertulia podría dilatarse un par de horas y luego cada cual volverá a su sitio de origen. Se conversó de deportes, de boxeo sobre todo, también de política, la criolla y la internacional. Relevancia tuvo el proceso electoral estadounidense y la reciente escogencia de un candidato presidencial local.
Alguien dijo que era raro que en conversaciones de hombres en un bar, poco espacio ocuparan las mujeres. Imaginé que era por pudor, por preservación de la imagen, por consumir el machismo en otro tipo de relevancias, para nada exigentes, de empirismo.
En ese intercambio estábamos cuando de repente la puerta principal se abrió y, como un aluvión, delante de la luz de la calle, entraron varios jóvenes con armas de fuego. Serían unos cinco, no recuerdo bien. En la puerta se instalaron dos que vigilaban y los otros tres recorrieron el local despojándonos de las pertenencias. Mi teléfono móvil se salvó de la expropiación por haberlo colocado entre mis piernas.
Es en momentos como ese en que el significado de eternidad adquiere un sentido inespecífico. A pesar del movimiento ágil de los asaltantes, todo transcurría con lentitud. Sus rostros deformados por la oscuridad, se transformaban en lienzos multicolores cuando se aproximaban a las bombillas. De perfil parecían animales extraños, con mandíbulas huidizas y narices poderosas.
En un momento alguien gritó. Fueron palabras que sonaron a cristales rotos, a olas contra la orilla. Revolotearon por toda la estructura del lugar e hirieron los cuadros colgantes de las paredes con una fuerza de pedernal.
La bala salió rauda del cilindro del revólver y se alojó en el pecho del que protestaba. Cayó sobre unas servilletas y un mordisqueado plátano frito acorralado por un vestigio de embutido cubierto por una burbuja.
Desde el suelo donde fuimos a lanzarnos para proteger la integridad pudimos ver al último de los facinerosos cuando volteó a mirar el sitio de su hazaña. Era apenas un crío que no superaría los quince años. La cara trabajada por el terror parecía tener más edad.
El disparo que lo mató llegó desde la última mesa, a un lado de la nuestra. Le entró por el lado derecho de la espalda y debió introducirse en el pulmón porque enseguida se ahogó en su sangre y allí quedó como una cosa que nunca tuvo vida, como una mancha de aceite en un papel.
Las luces fueron encendidas y todos éramos diferentes a lo que imaginábamos. La homogeneidad se difuminaba al ser invadidos por el fulgor eléctrico. Rasgos definidos que todavía dejaban ver los rastros del temor fueron dibujándose casi de golpe con un pincel de cerdas muy delgadas.
Nos acercamos al muerto. Su actitud era sombría, pero altanera. Todavía tenía el arma en la mano. La figura de un diablillo que hacía un berrinche y lanzaba humo por la nariz, le había sido tatuada sobre lo alto de la espalda por donde la muerte había entrado al cuerpo.
Cuando llegó la policía fuimos todos revisados. Quien hizo el disparo debió salir de manera furtiva. No se pudo encontrar el revólver tan sol podía verse aún, flotando a cierta altura desde el piso, la ráfaga fluorescente del trayecto de la bala.
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Roderick Guzmán Meza


