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El Asesino Imposible William G. Borden (Final)

Permalink 04.08.08 @ 21:16:07. Archivado en Biografías, Relatos

Después de este primer asesinato no hubo mucho revuelo en aquella comunidad. Los vecinos estimularon la posibilidad de que en realidad un animal salvaje acabó con la vida de Vaughn. El oso en primer lugar y un desubicado puma le seguía en la lista de sospechosos.

Borden, mientras tanto, asistía a misa todos los domingos, tal como sus padres le habían inculcado. De rodillas ante el altar, este imposible criminal oraba por su prójimo y de verdad deseaba paz, prosperidad y salud a todos. En el fondo de su corazón, una llamita azul avivaba cierta simpatía por sus vecinos.

Una tarde el corazón le dio un vuelvo. Algo se remeció dentro de si. Si se puede describir de alguna forma, diríamos que debió ser la misma sensación producida por un descenso inesperado de la glucosa en la sangre. La fría sudoración, el temblor de las manos, la angustia y cierto nivel de taquicardia aprisionaron a Borden y le obligaron a encerrarse en su habitación.

Durmió, o al menos eso consta en el libro de Litgow, durante un par de hora. Llegada la noche bajó al comedor y cenó frugalmente. Saludó con una reverencia a sus padres y a alguien que estaba de visita. Dejó tras de sí el holograma de una edulcorada sonrisa.

Más allá del camino que conducía a su casa y desde donde también se podía ir a la ciudad, Borden podía desvanecerse entre matorrales. Más allá de un conglomerado de acacias pudo ver un hilo de humo ascender como un reptil, sinuoso y gris.

Caminó hasta el sitio. Colgado de su cinturón el ya consabido cuchillo de un pie de largo. Sus pasos eran tan leves como los de un conejo, así que el hombre que se encontraba ante una escudilla, de cuclillas, con las manos y la mirada entretenidas en la cocción de unas lentejas y algo de guiso, no se percató cuando Borden se aproximó y le incrustó el puñal en los pulmones.

Cayó de boca sobre el recipiente y el fogón de tres piedras. El rostro quedó algo chamuscado y el párpado incinerado por las pavesas. Mientras la faz del joven individuo era desfigurada por las favilas, Borden removía en el interior de su tórax la hoja de metal y vaciaba de aire los pulmones.

Cuando el hombre murió, Borden lo volteó boca arriba y vertió dentro de su boca, el guiso de lentejas. Después tomó un pedazo de carbón todavía encendido, abrió uno de los ojos y lo vació con la punta incandescente. Finalmente, el cuchillo entró limpiamente en la garganta y se pudo escuchar el crac de los pequeños huesos de la tráquea.

Esa sería una noche productiva para Borden. A unos dos kilómetros del sitio de este primer despanzurramiento, se encontró con dos muchachas que caminaban por un sendero subsidiario del paseo principal que conducía al poblado.

Entendió este malévolo maestro de la simulación que su aspecto le evidenciaría. Manchas de sangre en su camisa y en sus manos delatarían el acto de violencia, la masacre que acababa de cometer. Cuando estuvo ya en el ámbito visual de las chicas, tomó la precaución de parecer perseguido y se derrumbó sobre la hierba. Boca abajo, jadeaba de forma ruidosa lo que atrajo la atención de las viandantes que se apresuraron a socorrerlo.

Dijo haber sido atacado por unos bandidos, que su amigo había sido muerto y yacía sobre las cenizas de una fogata. Trastabilló al incorporarse y se apoyó en los frágiles hombros de las muchachas que gemían y trataban de consolarle. Sugirió buscar ayuda y una de ellas se apresuró a lanzarse como una ráfaga sobre el camino.

Borden sacó el puñal como una relámpago y lo introdujo en el oscuro vientre donde algún día debía retoñar un vástago. La mujer cayó exánime. Entonces, el réprobo corrió tras la otra que a la sazón se había tropezado y mientras se levantaba para reemprender la marcha, el oscuro demonio se abalanzó sobre ella y enterrándole la filosa lámina en los riñones una y otra vez.

Después, procedió a arrastrar el cadáver donde yacía la compañera. Tasajeó a las dos y esparció sus vísceras sobre unas pequeñas plantas silvestres cuyas florecillas blancas fueron reducidas a puntos escarlatas, como lágrimas que flotaran sobre avisperos.

Hora y media transcurrió desde el ritual de sangre hasta que Borden volvió a su casa, absolutamente limpio, sin manchas de sangre, sin señales de haber estado involucrado en algún estropicio. No se sabe cómo, ha dicho Litgow en su obra, se aseó y cambió de indumentaria, lo cierto es que ni siquiera su ánimo había sido conmovido como para evidenciar algún vestigio de nerviosismo o de angustia por los crímenes cometidos.

Durmió hasta el día siguiente cerca de las once. En la casa había silencio. Los ayudantes se encontraban entretenidos en la reparación de una cerca. La madre había salido al mercado con el padre. En lo alto, el sol expandía una luz ambarina, casi exenta de calor, como una energía algo fría.

Borden volvió a sentir el vahído del día anterior. Una gota de sudor resbalaba por la sien derecha y se lanzó al abismo del hombro, desde donde cayó al piso para explayarse en minúsculas partículas sobre una anfractuosidad parecida a un rostro labrado en cemento.

Buscó el cuchillo debajo de la cama y no lo pudo encontrar. También lo hizo en el estante y nada. Detrás de unos libros percibió un delicado brillo y se aproximó con celeridad. Apartó los tomos y se enfureció al ver que era un pedazo de cristal. No pudo encontrar a su inseparable compañero. Se sentó sobre la cama a rebobinar las últimas acciones, los últimos hechos, pero no recordaba dónde podía estar el arma, hasta que vino a su memoria el golpe del metal contra una roca en el sitio donde había ultimado a las muchachas.

Precisamente en ese momento, los policías rastreaban unas huellas que se detenían y se enfrascaban en sólida lucha con otras y conformaban un remolino en el preciso lugar donde la víspera dos muchachas habían sido muertas a cuchilladas. Uno de los agentes reparó en el instrumento fatal que yacía sobre una mancha de hierba a un costado del sendero.

Las investigaciones no pudieron determinar la existencia de huellas dactilares, porque el mango del objeto estaba cubierto de lodo y la hoja había sido pisoteada. Se realizaron las pesquisas pertinentes, pero nadie vio nada. A pesar de todo, un joven retardado mental dijo haber visto a un señor bien vestido que corría entre los arbustos. No hubo más testimonios porque nadie pudo ver nada.

No hubo otros asesinatos. Se detuvo por estos a un hombre de color, llamado Joseph Henry, que vagaba por los campos en busca de trabajo. No tuvo nada que ver pero fue encarcelado. Al parecer, la imposibilidad de defenderse ni de evidenciar alguna coartada hizo que le encarcelaran. Durante el juicio fue acometido por falsas acusaciones de algunos grupos de racistas y condenado a morir en la horca. Fue ejecutado el 4 de abril de 1937.

William G. Borden cayó en coma diabética algunos meses después y murió en diciembre de ese mismo año. Nunca se pudo probar nada en su contra. Arthur Litgow en su libro La Sombra sobre la Nieve dice haber encontrado evidencias en fragmentos de unos apuntes del propio asesino. La marca de su letra quedó sobre el papel de apoyo.


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