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El Padre que subió al cielo para hablar con Dios

Permalink 30.07.08 @ 22:17:38. Archivado en Historia, Relatos

Hubo una vez un sacerdote en Brasil que subió al cielo para ver a Dios. Quiso ver de cerca de los ángeles, jugar sobre las nubes con los querubines y las potestades. Imaginó la mansión divina escondida tras círculos siderales donde alumbraban los luceros.

De noche, miraba el cielo tachonado de luminarias, surcado por bólidos de fuego y de día, se embelesaba en la contemplación de las curiosas figuras formadas por las nubes, en los ribetes azules del enigma. Imaginaba ciudades de gas y agua donde habitaban los santos.

Seguía con detenimiento el vuelo de las aves. Describía con la mirada la curva de sus carreras aéreas, percibía el ligero batir de sus alas y después de entregarse a profundas meditaciones, la luz de la imaginación le permitió descubrir la forma en que él también ascendería hacia esos espacios destinados a los orbes celestes.

El padre Adeliz Antonio de Carli construyó una canasta y ató a ella unas cuerdas, en cuyo extremo mil globos inflados con helio levantarían toda la estructura para al menos ver de perfil el rostro del Creador.

Pero semejante acto de temeridad no sería visto con un sentido práctico por los feligreses de la ciudad brasileña de Paranagua, así que con un espíritu deportivo como fundamento y excusa, dijo que recaudaría fondos para ayudar a construir un parador de descanso y un lugar de oración para los camioneros de la localidad.

Las personas demostraron entusiasmo y apoyaron la noble causa del religioso. Pronto estaban disponibles los materiales y la construcción del ingenio fue cosa de poco tiempo con la ayuda de los más entusiastas. Los mil globos con helio fueron incorporados a la estructura y probados un par de veces con otra carga hasta satisfacer las expectativas de seguridad.

Ante los medios de comunicación, el padre dijo que intentaría romper un viejo registro de 19 horas de vuelo en un globo, los camioneros lo necesitaban y la fe lo ameritaba. Cierta mañana comenzó su travesía elevándose desde un campo descubierto donde se habían congregado decenas de personas.

Subió el globo hacia el cielo. El padre De Carli sintió primero una especie de vértigo al dejar la tierra. Quebrantada la ley de la gravedad, no quedaba más que reconocer que Dios le abriría los portones de su mansión celeste.
El sacerdote no era un neófito en estos menesteres. Había sido piloto y llevaba consigo un paracaídas para enfrentar cualquier contingencia. También utilizaba ropa térmica, un teléfono y un localizador satelital GPS.

Subido en un potro de brisa, en un cóndor de luz, el padre Adalir logró establecer contacto telefónico para solicitar apoyo en una situación inesperada. Era necesario entrar en contacto con la tripulación en tierra para que le enseñaran a utilizar un dispositivo rastreador GPS.

Pero un par de horas después, el hombre ya no estaba a la vista. Entre corrientes enfurecidas, golpes de frío y nubes convertidas en murallas de gas, había desaparecido. Arrastrado por la fuerza del viento, el padre había sido lanzado a la deriva y se había extraviado.

Y se precipitó al mar. No acudieron ni Dios ni los ángeles a salvarlo. Oró con fuerza mientras caía, grito con todo el poder que sus pulmones le permitieron hasta ver su rostro reflejado sobre la superficie oscura del mar.

Su pecho dio contra la cresta de una ola que avanzaba hacia una playa aún remota. Bajo la superficie, los peces miraban con asombro a una criatura entregada al proceso de extinción, con los ojos desorbitados y el gesto de la muerte configurado entre los ojos y la boca.

El golpe contra el mar fue brutal, rompió los huesos del esternón, las costillas, descoyuntó uno de los hombros, dislocó la mandíbula y rasgó la piel sobre la frente y los pómulos. La contundencia de la colisión le hizo exhalar de manera incontenible el aire que aún quedaba en sus pulmones, rasgados por los huesos rotos.

No se hundió porque muchos de los globos todavía le retenían entre los rizos de agua que surgían del fondo del mar. Las esferas multicolores contrastaban con el oscuro piélago.

Pasaron las semanas y el inmenso mar no devolvía los restos del padre De Carli. Jugueteaba con su cuerpo, le mecía, le sumergía y lo volvía a llevar a la superficie. Picoteado por peces y aves marinas estaba cuando un barco divisó la multicromática tumba.

Los exámenes de ADN confirmaron que el cuerpo encontrado por los marinos de un remolcador pertenecía al sacerdote que había subido hasta los 6 mil metros para ver de cerca de Dios pero encontró nada, más que la flagelación del frío, la oscuridad y el vacío. Miró una estrella convertida en ceniza y un cometa devorado por la oscuridad. No, no estaba Dios. A esa altura no vive la divinidad.


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