El Asesino Imposible William G. Borden
28.07.08 @ 21:31:34. Archivado en Biografías, Relatos
Retomamos el rastro de sangre dejado por los más feroces criminales de la historia documentada. Imaginamos que después de tan larga lista de nombres relacionados con la muerte, se había agotado la veta de malignidad que estimulaba la efusión de sangre y de dolor, pero no, había todavía más.
Acudimos cierta tarde a la biblioteca municipal para consultar algunos textos sobre la historia de las migraciones a Panamá desde la época colonial. En los estantes se alineaban cientos de textos, volúmenes de cenicientas tapas. Viejos cronicones cubiertos de polvo y de tiempo se formaban en filas interminables, bajo una luz mortecina y entre el murmullo del aire acondicionado.
La lista a la que hemos acudido para destacar a cada uno de estos depredadores, ha sido larga y prolífica. Imposible será saber hasta cuándo y hasta dónde se extenderá. Por accidente, y distrayéndonos del objetivo original, descubrimos otro de los apocalípticos espíritus que se han posado sobre el planeta para matar, para infligir dolor.
El libro era una edición del año 1917. Conservaba todavía su esbelta apariencia de documento literario. Sobre una dura tapa de color rojo, no tan vivo ni tan opaco, se anunciaba en caracteres itálicos el título: El hombre que viajó desde la nada.
La tradición popular preserva el recuerdo de la presencia de entidades malignas, encarnadas en insípidos sujetos, proclives a la demencia y a la estulticia, pero este no era el caso. De esta transmisión del miedo rescatamos la vida de uno de los más diabólicos engendros que haya estado vivo en algún lugar en alguna época.
Nos referimos a William G. Borden. Nacido en la parte más septentrional de los Estados Unidos, allá por Montana, donde las nieves cubren la cima de las montañas con un tocado resplandeciente cuando la primavera despunta y con un lienzo de viento y hielo cuando el invierno se desprende entre torbellinos y violentas tempestades.
Fue un pequeño de sonrisa silenciosa, azucarada y de modales suaves. Su voz era una especie de susurro de hojas nuevas en la callada quietud de la madrugada, sus ojos acuosos parecían cisternas en las que se reflejaba el viaje de los estorninos. Caminaba con delicadeza pero sin afectación y siempre se mostraba atento a las necesidades de los demás.
Sus padres eran solícitos con su educación y le proporcionaron una de las más esmeradas y sólidas. No asistió a colegios por considerarse como elemento de distracción el compartir con otros niños. Tenía tutores para las diversas disciplinas del saber. Pronto fue un prolífico conversador en varios idiomas, exquisito poeta y fantástico pensador. Las ciencias exactas eran también dominadas por este intelecto ávido.
Debió ser feliz porque, contrario a otros progenitores acaudalados, los suyos nunca descuidaron un segundo su formación. Detrás de sus maestros, siempre la mirada atenta del padre y la madre, tras las palabras, siempre el decodificador que sometía al más riguroso escrutinio, la posibilidad de influencias negativas.
Al crecer se tornó en un apuesto caballero, sus modales no cambiaron, sus palabras jamás fueron altisonantes, siempre amable con los demás, derramaba calidez y delicadeza. John M. Chester, en sus libro sobre personalidades disfuncionales y criminales en serie, en el capítulo cuarto, dedicado a los delirios escribió: “Algunos de estos perversos individuos no tenían motivos para cometer sus crímenes. Simplemente, eran monstruos ocultos tras apariencias excelsas”.
Simplemente, Borden fue posesionado por alguna entidad maligna, dijeron algunos, otros afirmaban que su conducta errática había sido el resultado de un golpe recibido en la cabeza cuando era niño y que le había ocasionado un tumor maligno; también se especuló con la posibilidad de que hubiese sido contagiado por alguna enfermedad venérea durante su concepción.
Sin duda no se pudo conocer a ciencia cierta cuál fue la causa de su tribulación, de su encerramiento durante varias semanas en su alcoba. Allí dentro, comenzó a descomponerse aquel espíritu diáfano que prometía otro destino. Simplemente, se desmoronó. Interiormente recibió la visita de su propio sentido de la extinción.
El primer crimen ocurrió una noche de octubre de 1935. En las afueras de la ciudad (entonces llamada Arrow City). Un hombre conducía hacia el pueblo, proveniente del condado vecino. Las luces de su vehículo enfocaron un bulto a un lado de la carretera. El hombre se apeó del automóvil y pudo a alguien huir entre la espesura.
Era un sujeto que trasteaba el cuerpo inerte de otro individuo. El primero escapó tan pronto sintió la presencia y se internó en el bosque. Había vísceras por todas partes, el cuerpo había sido desmembrado y en la parte superior de la cabeza, un agujero mostraba la masa encefálica.
Arthur Litgow, en su obra, La Sombra en la Nieve, afirma que Borden había caminado de manera delirante durante gran parte de la noche. Vencido por una incontenible necesidad de violencia, se lanzó a las andanzas por ciertos sitios rurales. Allí encontró a Mortimer Vaughn , un muchacho con problemas de retardo que jugaba con unos soldados de hule.
Siempre según Litgow, esta primera víctima fue abordada por Borden casi en un estado de éxtasis, sin mediar palabra, sin siquiera reparar en la apariencia de aquel que estaba ante él en ese momento. Incrustó un cuchillo de más de doce pulgadas en el vientre de Vaughn y lo deslizó con todas sus fuerzas en varias direcciones. A un lado del camino oscuro, cayó el cuerpo ensangrentado, expuestas las entrañas, a un borde de la carretera. Allí mismo, tomó Borden una enorme roca y le aplastó la cabeza.
No se pudo identificar a Borden. No hubo señas ni rastros sobre la identidad de este cruento homicida. El testigo, finalmente, dudó de lo que hubo visto y declaró que pudo haber sido un animal. “Estaba muy oscuro y… creo… eso sí… debió ser un oso”.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.
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Roderick Guzmán Meza


