El Encuentro o acaso la pesadilla.
24.07.08 @ 22:20:16. Archivado en Ficción, Relatos
Cierto día llegó a mi puerta un hombre muy viejo. Su edad era incalculable. Tenía el pelo revuelto y entrecano, lo mismo que la poblada barba que sobre su pecho se derramaba.
Vestía una camisa que antaño debió ostentar una tonalidad del verde, sin bolsillos, raída sobre la pechera y en algunos puntos donde el cuello había sido remendado sin mucho cuidado ni éxito. El pantalón pudo haber sido negro y ahora gris parduzco. Calzaba unas alpargatas desvencijadas de material sintético. Pese a su apariencia paupérrima y a los desajustes de su rostro, extrañamente sin arrugas, observaba un atisbo de innegable dignidad en su postura.
Su voz era bastante grave y potente a pesar de los años que debían haberla acometido. En sus ojos brillaba un punto de entusiasmo y cada gesto que hacía levantaba invisibles criaturas de polvo y aire que revoloteaban por la estancia.
Traía en sus manos un cartapacio. Lo desastrado de la carpeta me hizo recordar cierto clóset que no había puesto en orden la semana anterior, a pesar de haber tenido toda la intención. Le hice pasar y después le guíe hasta la sala.
“Tengo que decirle algo, mi buen amigo”, me dijo mientras se sentaba en el sofá. “Usted ha sido el único que me ha atendido y me ha permitido pasar a la sala de su casa. Soy un viejo y algunos piensan que mis palabras son meras necedades”.
Sintió comezón en la parte posterior de una de sus orejas y se rascó. Me pareció ver un halo de electricidad estática circuir su cabeza y parpadear en algunas variantes del ámbar en la punta de sus cabellos. Después se inclinó hacia delante para decirme casi en susurro que había descubierto el secreto y terrible nombre de Dios.
Me incomodé ante esta salida y por haber permitido al anciano que entrara a mi casa con semejante patraña. "Sería una descortesía ahora, lanzarle a la calle, deshacerme de él", pensé. Eran las cuatro y treinta de la tarde y todavía quedaba mucho, para que el día fuera desaprovechado escuchando los desvaríos de un sujeto presa de demencia senil, refunfuñé.
“Fue fácil, me dijo, le hemos otorgado a Dios tantos nombres como se nos han ocurrido, pero hemos ignorado el hecho de que el Creador se conoce a si mismo por el que ha elegido Él mismo. No tenía interés en que lo supiéramos porque después lo controlaríamos y nada se hubiera conocido sino fuera por su servidor. Ahora puedo decir que casi soy como Dios”.
Acto seguido enumeró todos los sustantivos y nombres por los cuales, recuerdo, he conocido a Dios. La lista fue larga y en un punto llegó a rozar ciertas voces un tanto desfachatadas en idiomas desconocidos y secretos.
“Si usted supiera, amigo mío, que la eternidad puede ser conocida por una delicada aspiración del aire, combinada con la conjunción de determinados burbujeos producidos por el encuentro del aire y el silencio cósmico convertido en sílaba átona. Le digo que una burbuja de saliva en su boca, al ser reventada por el aire pronunciaría el terrible secreto. También puede hacerlo el crepitar de una célula hepática agobiada por la impiedad del licor o el canto de la oquedad más íntima y remota del músculo cardíaco cuando le estimule el deseo o la rabia”.
Después de esto, comprenderán bien que comencé a deplorarme a mi mismo por haber cedido a mis buenas costumbres, a mi civismo, al respeto, a la solidaridad y la empatía, a las virtudes, al respeto y la consideración para con el provecto personaje.
Le pedí que me permitiera continuar con mis asuntos, pero no me prestó atención. Traté de hacerle callar con una voz algo más alta que aquella con la que le recibí, pero continuó con una ininteligible perorata, como si ya no fuera yo más que una traslúcida figura sin sustancia ni peso ni gravitación.
Intenté despojarme del horror sagrado que me produce la idea de la muerte e imaginar al anciano en un féretro, como un pedazo inútil de sapiencia mal utilizada, como si fuera un animal enfermo que no tiene conciencia de su ser más allá de la satisfacción de sus necesidades básicas.
Habló de historia. Rebuscó en el archivo de su memoria situaciones, en las que destacaban la existencia de fuerzas hostiles al descubrimiento del espantoso nombre de Dios. Ni la cruz, ni la corona, ni el cáliz, ni las nubes, ni las estrellas, Dios no está en ningún lugar porque está hecho de nada y de vacíos. En este instante, ya no le comprendía. Comenzó a balbucear como vencido por una especie de ataque.
Entonces, comenzó a llover. No hacía frío, pero el viento golpeaba el cristal de la ventana con una fuerza un tanto peculiar. “Escuchas ese aullido”, me añadió mientras miraba hacia la ventana cruzada por el reflejo de un relámpago. “Esa es una voz, pero no es la voz de Dios, es la de todos los muertos, la de todos los que se han ido ya y ahora reclaman la presencia de Aquel a quien tanto esperaron y no ha aparecido por ninguna parte.
Habló de réprobos, de impíos, también de santos, de discretos, de bondadosos y de indiferentes, de feroces y dementes. Todos, a su manera, reclamaban la presencia de Quien no había sido jamás.
De pronto, se levantó, me miró como si no comprendiera mi presencia y dio dos pasos hacia la puerta, antes de entregarme una hoja que se encontraba dentro del portafolio. Me pidió no verla hasta que se hubiese marchado. Mientras esto hacía, pude observar que se desprendía de su desordenada cabellera una incoherencia de chispas oscuras.
Cuando traspasó la puerta, cerré tras él. Después miré la página que tenía en la mano. No había nada escrito en ella, ni un solo signo, nada de símbolos ni siquiera garabatos o huellas. Era una superficie inmaculadamente blanca y supremamente lisa. No era de esas hojas que han pasado de mano en mano o que se han ensuciado con humedad o el tiempo.
Absolutamente nada había escrito, dibujado o marcado en ella. La coloqué sobre la mesa y me asomé a la ventana. Pude ver al viejo a varios metros conversando animadamente con un árbol. Sin duda un loco, pensé, pero entonces, la hoja cayó sobre el piso y sin quererlo posé sobre ella una amplia pisada.
Cuando levanté el pie, el rostro del viejo se había dibujado sobre la yerma blancura. Sonreía y detrás de su cabeza, se levantaba una especie de ave oscura con una mirada helada y amarilla.
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Roderick Guzmán Meza








